jueves, 10 de abril de 2008

A la gorra.

me pediste
(prestado solamente)
el gorrito de cascabeles
recién traído de la tintorería.

argumentaste que tenías una
imponente fiesta
a la cual debías (taxativo) asistir
con un igual de imponente sombrero
(esto, supongo, vendría a ser
un halago que, por supuesto,
quedo a mitad de camino).

te miré, me miraste
y entendiste, al margen,
que el gorro no iba a salir
de casa sin su dueña.

te invito a la fiesta
si querés
perra, perra, rápida.

miré el suelo, la ventana,
el potus recién trasplantado,
el perchero: la boina, la visera,
la gorra camuflada, la galera,
el sombrero de paja, el de pirata,
el chambergo, el bombín…
la vi a mi madre con el dedo
levantado

cedí. Te vestiste de arlequina
(ridícula) y a mitad de la noche
el gorro ya estaba juntando propinas,
los cascabeles oxidados,
y vos tirada en el único charco
de alcohol que había en una alfombra
que no era colorada.

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