martes, 22 de septiembre de 2009

El origen del anillo del Capitán Beto

"Porque si bien la Belleza puede ofrecerse a cualquiera,
ella no pertenece a nadie".
Yukio Mishima


No hay que ser un gran estadista ni gran observador para constatar que, en las grandes metrópolis contemporáneas, muchas criaturas humanas van al supermercado los días sábados. Este comportamiento fácilmente detectable que, quizá en una primera instancia llamaría la atención, se debe a múltiples factores de los cuales no sabría dar cuenta, pero hay dos de ellos popularmente conocidos. Uno es que se dispone de más tiempo para ocuparse de los quehaceres domésticos, aunque rara vez uno tenga ganas de encerrarse en un tumulto de gente luchando por carritos, colapsando el tránsito entre las góndolas y de perder, por lo general, aproximadamente unos veinte minutos preciosos de su día libre, haciendo cola para pagar los productos que desea adquirir. Además de disponer de mayor tiempo, los sábados, hay promociones y descuentos para nada desdeñables en varios supermercados. En un país donde las crisis económicas son el pan de cada día se deduce que la gente hará uso de este beneficio.


En mi barrio particular hay un solo supermercado que hace envíos a domicilio. Tengo una sola tarjeta de débito y esa tarjeta tiene descuentos los días sábados. Por lo que yo me encuentro en ese conjunto de seres que “eligen” ir los sábados al supermercado. He logrado reducir el número de visitas a dos por mes, es decir, una aproximadamente cada 15 o 20 días para las compras “grandes”. Las compras del día a día, las hago en el puesto de unos bolivianos abajo de casa o en el mercadito de los chinos a la vuelta. Esto aumenta las posibilidades de ahorrar tiempo y gastar menos plata. Porque otro de los problemas de ir al supermercado es la tendencia a comprar productos que no son estrictamente necesarios. En general, el común de la gente, piensa que este es un comportamiento típicamente femenino. Lo cual es cierto. Pero también es bastante acertado en el caso masculino. Al menos, en lo que refiere a productos tales como comidas rápidas, desodorantes, afeitadoras, carne y quesos. Quizá no se encuentre esta predisposición en la naturaleza del sexo masculino pero el marketing ha logrado imponerla.
Hace algunos meses atrás, un sábado como cualquier otro, me tocaba hacer el ORTOD nombre que ha adoptado esta codiciada aventura sabatina. ORTOD es un sigla puntillosamente sugerida por un gran amigo que compartió el piso conmigo en mis años estudiantiles, la cual esconde el siguiente significado: Organización Regularmente Tortuosa de Objetos [de Consumo] Diarios. Bien, todo iba sobre ruedas, como cualquier sábado había empezado el inicio de mi itinerario gondolero por las bebidas no alcohólicas, seguido por elementos de higiene personal, alimentos congelados, lácteos, etc. Llegado el momento indeseado de la caja me apresuré a ponerme los auriculares y aguantar estoicamente los ya habituales 20 minutos de espera inoportuna. Había dos personas adelante mío con seudos carritos hiperllenos y una que estaba terminando de pagar. Mientras esperaba había adquirido el hábito de observar los productos de consumo ajenos. Así me entrenaba en deducir qué clases de productos consumía determinado grupo de personas. Una tipología básica digamos y bastante salvaje. El dato empírico estaba a mi mano, el campo de acción que cualquier publicista, empresario o marketinero, añoraría tener, yo lo hubiese intercambiado en cuestión de minutos con tal de ahorrarme este sufrimiento impostergable. Otras veces, me inventaba excusas y salía en busca del algún producto supuestamente olvidado para dar una vuelta en vez de esperar recostado sobre el carrito el lento paso de mis antecesores. Este sábado tampoco había nada nuevo en eso.
Le llegó el turno a la que me llevaba la delantera. Y empezó a colocar los objetos sobre la cinta negra deslizable de la caja. Quedé impactado. Tenía unas manos mágicas. Nunca había visto alguien con esa parsimonia desplazándose de un objeto a otro. Parecía agarrar cada producto como si fuera un ejemplar al borde de la extinción, único en su especie. Créanme o no, pero en un solo movimiento de las agujas de mi reloj de mano, volví a creer en el amor a primera vista. Yo, un empleado contable, como cualquier otro, aburrido de los números, desesperado por encontrar una evasión a los impuestos diarios, estaba contemplado un espectáculo extraordinario. No es que las manos hicieran magia, o sí, ¿cómo explicarlo? Eran manos con dedos largos y delicados, había cinco en cada una y se destacaba la presencia de un imponente anillo con una piedra rara de color negro. Al principio creí que el anillo era el culpable del caudal emotivo que sentía brotar en cantidades nunca antes conocidas desde lo más profundo de mi minúsculo ser encarnado. Debía de tener algún poder o mecanismo secreto capaz de hipnotizar y hacer emerger sentimientos descontrolados en la víctima, así que opte por mirar la mano desnuda, sin que se opere ningún cambio. Seguía contemplando unas manos que se paseaban placenteras y seguras de sí mismas sobre cada uno de los elementos dispersos en el changuito. Los dedos parecían flotar de un lado a otro articulando movimientos precisos pero volátiles y suaves a la par. Casi desmayo al observar cuando las dos manos sujetaron una bolsa de jabón en polvo de cinco kilos como si fuera no más que unas plumas algo rebeldes cediendo lentamente ante el minué perfectamente ejecutado por las ruborizadas extremidades. A todo le conferían un aura de lo más particular y yo, queridos druguitos míos, no deseaba ser otra cosa que un sachet de leche resbalándome entre sus dedos, un frasco de mermelada de frutilla entornándome hacia ese cálido tacto, un chocolate de almendras aireado crujiendo entre los pliegues de esas manos… si ustedes hubiesen estado ahí, en esos preciosos momentos, quizá me entenderían. Hubo un pequeño intersticio donde tomé conciencia de mi mismo, de que yo era Sergio Rodolfo García, y que tenía un cuerpo y un carrito entre las manos, pero fue tan breve. En ese breve instante, me detuve a observar si a los demás les sucedía lo mismo que a mi, pero aparentemente el resto de los desdichados no percibían lo que yo. Cada cual estaba en su pequeño mundo desaprovechando la dócil manipulación, casi imperceptible, que en ese momento realizaban las manos de mi heroína, sobre un pack de botellas de agua mineral. Tenía que hacer algo para interceptar esas manos, lograr que su dirección sea afectada. Pero eran unas manos tan voluntariosas y de tanta personalidad que me sentí totalmente inhibido para llevar a cabo cualquier maniobra de obstrucción. Lo único que atine a hacer con lo que era mi cuerpo fue acercarme lo suficiente para observar como sus manos sostenían la birome de pulcra tinta azul y trazaban, primero, su firma y luego la aclaración: Amalia Gutiérrez. Amalia. No pude hacer más. Cuando llego mi turno ya habían desaparecido de escena. Esas manos. Esas pulcras uñas sin pintar y sin morder. Esas finas muñecas. Me apresure a poner torpemente todos mis objetos. Y salir lo más rápido posible para seguirla. Debería haber abandonado ahí mismo la compra. Abortar el operativo. ¿Qué significaba para mi perder una tarde de sábado más en comparación de lograr obtener el reconocimientos de esas manos? Pero en mi pequeña y reducida caja cerebral de alternativas esa opción no relució en el instante en que debía brillar. No se me ocurrió. El paso siguiente al paseo por las góndolas era hacer la cola y el siguiente el pagar y hacer el envío. Simple. Había una secuencia y no se me ocurrió que esa secuencia pudiera ser alterada. Pero después, cuando era tarde, cuando apareció el arrepentimiento, ahí sí se me ocurrió. Ahí cuando ya no podía hacer más nada. Cuando lo único que podía hacer era recordar esa piel desnuda y la otra piel ornamentada posándose de aquí a allá, soberanas de todo objeto. Dí vueltas en círculos cada vez más amplios por las manzanas del barrio pero ese sábado no la volví a ver. Volví a mi casa porque, a pesar de todo, no quería que los chicos del envío llegaran, no encontraran a nadie y los congelados se echaran a perder. Sí, cuestiones demasiado triviales para un alma enamorada pero el deber era el deber. Y ya había perdido mi oportunidad.
Cociné unos fideos pasados con crema y les tire un poco de salsa y otro poco de queso rallado. Pensaba que quizá Amalia podría estar cocinando, tirando los tallarines por los azulejos y se me hacía un nudo en el estomago y otro en la garganta. Así estuve toda la noche del sábado. El domingo decidí que a partir de la próxima semana, todos los sábados iría al supermercado. Las iba a volver a encontrar, no importaba qué.
Pasaron varias semanas desde nuestro inicial encuentro. Pero las cosas en el supermercado no variaban. Resultaba bastante dificultoso hallar a alguien a quien apenas se había visto. Porque, para ser precisos, yo no había visto a Amalia. Había quedado absorto en los etéreos viajes de las manos de Amalia. Cómo era Amalia en sí, la persona de Amalia, el cuerpo de Amalia, no tenía la más remota idea. La imagen grabada en la retina eran sus manos y el anillo. El anillo y sus manos. Luego tenía una especie de brumoso recuerdo de un pelo rubio, más blanco que rubio y eso sólo debido a que el impertinente se había colado en el medio al momento de la firma impidiéndome ser testigo de tan maravilloso acontecimiento. No había nada más. Tenía que estar atento a todas las cajas y no hacer sospechar al sujeto de seguridad que, pasadas ciertas horas, comenzaba a mirarme con recelo. Por suerte, había turnos y no siempre estaba el mismo hombre. Lograba cambiarme de posiciones y esconderme un poco en ciertas ocasiones, pero no siempre porque corría el riesgo de no tener un buen ángulo de observación para todas las cajas. Lo que además complicaba más la cuestión era el hecho de que el supermercado tenía dos salidas a calles diferentes y, por lo tanto, dos líneas de cajas distintas, ubicadas en cada extremo. Los primeros sábados no me había percatado de la impertinencia del detalle, sólo iba a la hilera de cajas con salida a la calle 3 de febrero porque era mi costumbre. No era una costumbre arbitraria. Esa hilera de cajas tenía envíos a domicilio y la otra con salida a Av. Cabildo no. Casi colapso al darme cuenta de mi falta de juicio. Los sábados siguientes corría de un lado a otro pero era devastador. No sólo por el ejercicio físico sino porque debía prestar atención a demasiados estímulos simultáneos y los nervios de saber que podía perder mi única oportunidad de volver a ver esas manos me acosaban entre caja y caja dejándome al borde de un estado catatónico desolador.
Al final, después de varios meses desistí. No volví a pisar ese supermercado. Guardo recuerdos de mis sábados rutinarios antes de conocer las manos de Amalia, luego el antes y el después: las manos de Amalia, y mi delirio por volver a contemplar esa conquista del espacio inanimado. Tuve una muy mala temporada, mi obsesión llegó a abarcar también los domingos y las horas libres de mis días semanales. Había perdido peso, estaba ojeroso, irritable, despertaba varias veces en la noche con el mismo sueño y el mismo sentimiento pavoroso, en una palabra: desesperado.


Un día iba en el subte, el subte que todos conocemos de nuestra querida metrópolis. Bajaba en estación Catedral. Iba pensando en una chica que había conocido hacía un par de días atrás y vi el anillo. Vi esas manos, esas que podría haber reconocido en cualquier lugar del planeta, sostenían un libro. El título del libro decía algo así como “El amor es un juego solitario”. Me sonreí un poco. Sus manos no sabían nada de mi tierna complicidad y autoindulgencia. Llegando a 9 de julio vi que cerraba el libro y me miraba como quien mira a un mosquito en pleno invierno. Tenía anteojos y el pelo rubio recogido. Era linda. No una belleza de esas que te saquean el espíritu, pero modestamente linda. No quise volver a ver sus manos por algo que se da en llamar principio de autoconservación. Nos bajamos en Catedral. Había una secuencia. No estaba en mis planes torcer el destino de la voluntad ajena ni la mía propia. Después de todo, había conseguido el anillo. Uno casi igual, le faltaban todavía sus manos desnudas.

1 comentario:

maría aranguren dijo...

Como anfitriona del espacio virtual me toca darle la bienvenida a nuestro ya archi-conocido Bruno Díaz (estratégico nombre si los hay), en su pseudónimo de Chico Ostra.
Esperemos que esta asociación deje sus agri-dulces narrativas. Sin más, mis saludos y un discreto aplauso