miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las personas de hueso

Mi madrina le hablaba a Freddie Mercury. Le hablaba de todo, reía, lloraba y puteaba con Freddie al lado. Me acuerdo que cuando uno decía algo que delataba su ignorancia sobre cualquier cosa, pero especialmente sobre Queen, ella ponía los ojos en blanco, miraba al cielo y tiraba un: “-Ay Freddie, Freddie, perdonalos, no saben lo que dicen”. Bien podría yo decir, que heredé esta aptitud, este don, esta extraordinaria facultad, como quieran llamarle, para hablar con seres de espíritu. Aunque, en mi caso, ya no hablo sólo con amigos invisibles; hablo con la computadora, el teléfono, el microondas, el diccionario, los libros, las canciones, también, claro cómo no, con los cantantes, con los autores, con gente que no conozco pero que me gustaría conocer, con gente que no existe pero estaría bueno que exista. La he superado, sin proponérmelo concientemente.
El punto es que hablo tanto con tantos que cuando estoy frente a alguien de carne y hueso me desconcierto y no sé como empezar a entablar comunicación. Siempre es de lo más sencillo, yo hablo, lloro, me río y mis interlocutores fantásticos entienden absolutamente todo, hasta incluso mis tácitos puntos suspensivos. No es así cuando hay personas de hueso. Las personas de hueso tienen poca actividad mágica. Toda conversación se reduce a un paréntesis dentro de otro paréntesis. Todo hay que aclararlo. Continuamente. Perezosamente. Infructuosamente. Por más que me ejercite en ser una delicada contorsionista de gestos faciales, aún así, nunca acaba de entenderse por completo la idea. Como si el mensaje fuese interceptado por una especie de ruidos-ladrones que secuestran parte del discurso (sea este facial, textual y/u oral). Me esmero, juro poner sudor y lágrimas con los huesos. Cambio el tono de voz, subo el volumen, ajusto la precisión de la mirada, les pongo botox a los acentos, levanto cejas como pesas de 5 kilos, tuerzo la boca como un trapo de piso, agito las manos como si estuviese a punto de padecer un ataque epiléptico y, nada. Sigo ahí. Otra vez, a lo mismo. Que pareciera que cuanto más claro, más oscuro. La sola idea de pensar en hablar y esforzarse una y otra vez por ser entendida por los huesos, me agota.
Así que, en el día a día, lo único que me anima es saber que no estoy sólo con los huesos. A veces los huesos tienen réplicas. Es decir, a algunos huesos les corresponde un clon fantástico con el que hablo desbocadamente, sin parar, toda una hora de corrido. Los clones fantásticos son de lo más útiles sobre todo cuando uno putea a su jefe, por ejemplo. El único problema resultante es la impresión que a menudo se tiene: cuando Hueso Flora aparece, por ponerle un nombre, ya no puedo hablar tan bien como cuando estoy con Clon Flora. La espontaneidad y fluidez de ideas se atora. Hay un cambio y ese cambio se percibe, uno se desilusiona bastante porque sabe de lo que Clon Flora es capaz.
Hoy es el cumpleaños de mi madrina, vieja librana socarrona. Hace mucho que no hablo con Ana, así que me da un poco de fiaca levantar el tubo y ponerme al tanto de todas las peripecias de su existencia. En cambio, hablo con Freddie, con David Bowie, con Michael Jackson más de lo que incluso yo, desearía. Le dije a Freddie que era el cumple de Ana, pero no sé si Freddie va a acordarse de decírselo. Curiosamente (muy curiosamente), a veces los clones se comportan de manera silenciosa, como cautivos. Conmigo jamás. Al contrario, lo más frecuente, es que tenga que pintar toda mi cabeza a rayas multicolores (al mejor estilo película en VHS a punto de comenzar) para callarlos.

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