miércoles, 4 de noviembre de 2009

Crimenes imperfectos.

A mandril azul
Le quería decir que todo era una mentira. Una mentira que veníamos construyendo hacía más de diez años. Diez años de pura piedad. Más de una por día, sin ningún muerto en el ropero. Porque la mentira como la curiosidad, no nos mata. A nosotros, los de esta especie, una mentira nos salva. No cualquiera. Y esa es la clave, porque algunos días, uno necesita salvarse. Prenderse como garrapata a la piel del otro, hacerse ovillo entre los sonidos de las palabras cercanas. Algunos días uno necesita de alguien al lado que te diga cosas como cariño, mi vida, chiquilla, te conozco como un tatuaje mental, eres mi super heroína postmoderna, soy tu eterna hinchada, te quiero, adorable, criatura. Cursilerías tiernas de las que se vive. Dibujos simples que se van trazando entre los dedos de las caricias, en la mano, en el cuello, entre los pies. Silencios que se repiten al oído, en las muñecas y en los tobillos. Que se repiten.
Así que me salvaste infinitas mañanas, tardes y noches. Te salve, eso quiero creer, yo también, algún par de otras veces. Pero ahí estaba, la mentira reconocible para quien quisiera verla. La presencia virtual de un intruso. Una distancia que se conoce por vieja, por años de recorrerla, vos allá y yo acá. La mentira de creer tenerte al lado, de creer en la teletransportanción, la telepatía, los fenómenos paranormales y toda la sarta de ilusiones que uno se obliga a tragar para disfrazar los kilómetros, para mentirle a los mapas, a la geografía y a los dialectos, también.
Te quería decir, esta vez, que era mentira. Que era otra bonita promesa para el tintero. Que llevábamos años metidos en el estanque, que era hora de salir y, esta vez, en serio. Que era hora de sacarnos ya, los trajes de baño y quedar desnudos o vestirnos de una buena vez. Quería decir que se estaba haciendo tarde, que tenia los pies y las manos con muchas arrugas de tanta agua de tanto tiempo.
Te miraba una y otra vez buscando alguna señal, algún gesto que me dijera sí sí, yo también estoy esperando la denuncia. Y nada. Los ojos intactos. Esa forma de articular palabras como si fueran a llevarme bien lejos, algún día.
¿Cómo quebrar lo que lleva años? La seducción sin caza. La caza sin presa. La mentira a medias. Como los viejos matrimonios que uno a veces ve y siente escalofríos. La mentira a medias. Me acordé entonces de una frase, una de esas frases que te dejan regulando. Una que no habías pronunciado vos ni la había dicho yo. Hacía un tiempo había comprado un libro sólo por su nombre. Son las compras que hago, a veces. Me las permito por impulsiva, por amor a primera vista, por crédula y por infantil. También me las permito por querer creer que soy todas esas cosas, a veces. El libro se llamaba Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Y le quería decir todo esto. (Pero) Le quería.

2 comentarios:

Tirabuzón dijo...

Propongo que sigamos esperando la teletransportación...
Permitiria AHORRARNOS de muchas cosas...

maría aranguren dijo...

Oie picarona, qué es eso de andar escondiéndose detras de pseudónimos tu también? Menos mal que vos si te denunciaste... igual iendo al comentario, no te entusiasmes, no creo que la teletransportación funcione a modo de reemplazar desapariciones, más bien, todo lo contrario. ja
beso