lunes, 2 de noviembre de 2009

La extinción del juego.

Que hoy te levantaste y, apenitas despierta, te viniste con otro de tus planteos desorientados. Que si no existe el derecho a la vida en el reino animal porqué los humanos insisten en tal cosa. Que perejiles, dijiste. Tienen cabeza nada más que para inventarse cuentos, las personas. Y se creen tan distintos. Sólo por algo que se llama autoconciencia o mente o conciencia de sí mismo. Una tostada olía a quemada mientras vos, preguntabas en voz alta quién había formulado tanta cháchara alrededor de los derechos humanos. Los derechos son un lindo invento de los hombres. Otro más, sentenciaste con un cuchillo levantado. En realidad, en la vida, nadie tiene derecho a nada. La vida no tiene derechos tampoco. La vida es y se acaba el asunto. Pero de dónde salió eso de que la vida es un derecho, no me lo explico, dijiste, lanzando la primera mirada hacia mi, el engendro que era un ser (no sabe si persona, animal, humano o androide caído del techo de tejas). Esperabas que reaccione, otra vez, las disputas encubiertas. Y yo no quería morder el anzuelo, por conocerlo, por aprendizaje social, vicario, condicionado u operante, vaya uno a saber. Te quede mirando, a lo estatua o a lo presa, que ni ni, que ni nada. Mirando como masticabas la tostada con manteca recién preparada. Mirando como quien espera el próximo ataque. Ibas a seguir. Y seguiste, achacando que el derecho a la vida estaba basado en un ideal, un inexistente: la justicia. Como si la justicia existiera, como si tal cosa fuera real. Perejiles, de nuevo. Que puras ideas, la gente no ve. Que enseguida nos remontamos a la pena de muerte, como si fuese una cosa a estrenar y tiene más años que cualquier civilización. Que el derecho a la vida y la justicia, son pura fantasía. ¿Dónde está la justicia?, me preguntaste, a punto de revolearme toda la industria del desayuno, la cultura absorbida en saquitos de té. Me callé, me tapone la boca de un bocado de tostada y miel, con otro trago de café que por callarme casi me atraganto. Tomaste aire mientras yo tosía. Tosía por impotente, por conocimiento y por pena.
Te tomaste todo el aire que yo no tenía, miraste afuera como quien mira el resultado de una cirugía estética. De eso se trataba después de todo. El eterno cambiar de los enfoques no es más que un entretenimiento formal, como si no te conociera. El juego exprimido de la culpa. Que te levanta y te acuesta. Pero no te toma. Ni lo tomas del todo. Así que miré la pulpa hecha a un lado y, el jugo chorreando en las manos. Te miré a vos y a tu olvido. Quería decir, quería señalar, que la cirugía no es ni aséptica ni estética. Eso también es un ideal. En la realidad, las cirugías son pura carne cortada, por donde se lo mire y, la justicia no es más que un paliativo, un anestésico que trata de dar a cada quien lo suyo, sin saber qué es suyo ni quién es quién. Pero seguía tosiendo y vos ya te levantabas, a lavarte las manos, a lavar el juego y los recuerdos, las memorias de animalitos vencidos en plena selva matutina.

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