Las monjas escolapias me miran escondidas detrás de sus cofias de papel crepé un poco arrugadas y un poco grises. Estoy sentada al borde del mástil de la bandera. Al lado hay una imagen de la virgen, especie de humilde santuario en la esquina del patio de ladrillos rojos. No llevo uniforme y tampoco llevo ropa. Me levanto y camino erguida sobre mis dos piernas, despacio me voy acercando hacia el grupo que forman. Levanto un poco la cabeza, apenas lo suficiente para mirarlas. Las miro, una por una, reconociendo sus oficios. Las miro mientras se quiebran algunas enseñanzas fútiles. “-Estoy un poco vieja”, les digo, un poco vieja y todavía no aprendí a querer lo suficiente. Tanta misa y tanta catequesis. Miro de nuevo y veo un cordero muerto y las entrañas removidas. Y mi tarea ha fracasado, que no he aprendido a amar y sigo queriendo saber cosas que no se saben. Me siento un missing, un outlier en la gran base de datos de la humanidad, un caso perdido hasta para mi misma. Las monjas me miran, aparentemente, sin recelo. El mástil, arriba, sigue indefenso.
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