domingo, 24 de junio de 2012

Bailarina

La bailarina cansada de sus pasos
se confunde con su traje,
se enreda en el tutú de gasa blanca,
tropieza y cae

con las manos sobre el piso,
con las rodillas sobre el piso,
se asoma al error del abismo
o al abismo del error

recién abierta en el medio del parqué:
una grieta negra

mantiene los ojos bien cerrados,
los puños bien cerrados,
la boca hecha una tumba,
la cabeza gacha,
dejando ver un rodete altivo

mientras, el espejo se derrumba
en sus pedazos, hacia dentro

Volver a levantarse,
a pegar el espejo,
como todas la tardes,
soldando los tropiezos, las caídas,
a una imagen en movimiento
que en el reflejo se escapa.

Atrapar el error, remendarlo de ser posible,
como si se tratara de coser una pálida sombra
por demás irreverente,
a la planta de los pies.

lunes, 11 de junio de 2012

Casco de cristal

Estaba bajo el agua. No sé cómo respiraba, pero sí sé que estaba bajo el agua. Sentía el ir y venir de la corriente, sentía como me llevaba y me traía, me hamacaba. Poco a poco la luz se fue apagando. Como si entrara en un teatro para ciegos y la puerta se cerrara tras de mí. O como si alguien fuera sustrayendo toda la luz de una habitación con uno de esos desiluminadores mágicos. Sin embargo, a pesar de estar a oscuras y tener los párpados bien cerrados, podía ver mi piel cada vez más blanca, casi transparente; mi pelo cada vez más negro, flotando entre mi nariz, entrelazándose en las axilas, los brazos, la cintura, como si fueran unas cintas de seda envolviéndome suavemente. Podía sentir la piel erizada, los pezones hechos un punto duro en cada pecho: el frío del agua y el calor de mi pelo midiendo sus fuerzas opuestas sobre mi cuerpo.
Mientras flotaba escuchaba un leve rumor de cantos de sirenas extraviadas, allá en el fondo del océano. Pensaba en cómo serían esas sirenas, esas mujeres exóticas, llenas de una fuerza tan maldita como misteriosa. No podía distinguir qué era lo que esas voces cantaban, si era un canto de alegría, de pena, de enojo o de calma abisal. En cambio sí, distinguía una especie de llamado o de convocatoria abierta al mundo submarino, como si esas voces no fuesen actuales sino remotas, como si el tiempo y el espacio se hubiesen detenido en esas voces sisificas, perseverantes y ofuscadas. No decían nada o nada que yo pudiera distinguir a ciencia cierta. Sólo eran una reverberación, un eco, un murmullo que venía desde el abismo y se dirigía hacia otro abismo más desconocido aún, si es que eso era posible.
Yo estaba en el medio, dormida o despierta, estaba en el medio. Mi cuerpo se dejaba guiar por esas voces, yendo cada vez más abajo, más hondo: una pluma liviana gravitando en el agua. En determinado momento, aparecían un conjunto de medusas arrastrándose lánguidamente alrededor mío. Medusas negras y azules y rosas, extendiendo y contrayendo sus tentáculos pegajosos. Eran como ocho, nueve o quizá diez. Y me di cuenta ahí, que había llegado al fondo, un fondo cubierto de algas y corales fluorescentes.
Tuve miedo, miedo de despertar en el fondo del océano y ser yo una masa de materia transparente y gelatinosa. Miedo a haber perdido mis rasgos, mis ojos, mi boca, mi nariz, mis manos. Estaba ahí, suspendida, y esa capacidad o sensación de verme a pesar de tener los párpados bien cerrados, de un momento a otro, había desaparecido. Ahora solo podía ver las medusas: sus tentáculos, sus movimientos, de pronto de lo más siniestros y amenazantes, de pronto de lo más sutiles y encantadores.
Creí que estaba a punto de volverme loca. Sentí mi pequeño cráneo de cristal irradiando una energía ajena. Me sentí ajena, como si una pecera minúscula hubiese naufragado en el fondo del mar y todos los peces contenidos dentro, se hubiesen quedado estampados contra las paredes del vidrio frío, mirando hacia afuera con pavor. Exactamente eso, como si los peces dentro de mi cerebro se hubiesen agolpado contra las barandas de mi cráneo. ¿Qué había fuera del cráneo? No exagero si digo que fuera de mi cráneo estaba el universo. Los peces miraban atónitos el universo, como si no se lo creyeran del todo. Su universo. Como peces en el agua, de verdad.
Una medusa empezó a mutar de color azul a violeta a lila a turquesa, manchas pardas alrededor del cuerpo y así todas, primero una, luego otra, empezaron a mudarse sus colores y sus manchas, acompasando el ritmo de lo que parecía ser una respiración de agua, inhalando y expulsando, de arriba a abajo, al costado; inflando su cuerpo y extendiendo y contrayendo cada uno de sus tentáculos. Las algas también se movían, algunas noctilucas largaban un destello de luz, y los corales tomaban nuevas formas fusionándose con las sombras de las medusas. En medio de aquel espectáculo me pregunté cómo es que podía haber sombras en el océano más profundo y cómo habían llegado hasta allá abajo. Tal vez las sombras siempre estuvieron o tal vez, pensé, esas figuras negras se habían escapado del exterior y habían invadido mi sueño para oscurecer las fluorescencias, las luces y los brillos, para mostrarme que mi cráneo de cristal se estaba partiendo y que los peces, mis queridos pececitos amarillos y naranjas, iban a salir disparados dejando mi cráneo en el medio de un vacío estrepitoso.
Seguí así un tiempo más. Las medusas, cada vez más cercanas, empezaron a enrollarme con sus largos brazos, como si fuera una momia de tentáculos azules. Una momia de mar anestesiada entre tanta belleza. Quería dormir y que el veneno se ocupase de calmar mi mente inquieta. Abandonarme a ese mundo desconocido. Partir mi cráneo en dos y empezar a nadar yo también.
El canto de las sirenas se oía cada vez más fuerte. Ahora, parecían querer devorar la tranquilidad del mar. Anidada dentro de los tentáculos, como metida dentro de una caverna, ya no entendía si las voces provenían de afuera o de adentro, y eso en realidad poco importaba. De algún modo, esas voces eran las voces ancestrales de las mujeres que me precedieron. Las voces sofocadas, incapaces de articular palabras con sentido. Capaces de emitir sonidos sí, rugidos y melodías como si fueran un ovillo desenrollándose a través de las venas y arterias del cuerpo. Y pensé que tal vez el ADN, no era más que una melodía no descifrada. Un ritmo que uno baila pero no habla.
Volví a verme pero ahora yo estaba afuera. Es decir, volví a ver mi cuerpo enroscado en un frío nido azul, los labios morados, las cejas negras y el pelo oscuro flotando. El casco de cristal seguía tan intacto como transparente. Pero los peces ya no estaban. Volví a verme y no verme, como si lo único que hubiese quedado de mí, fuera ese manojo de pelo ondulándose rebelde como la cabellera de medusa aunque sin serpientes. Yo estaba fuera.
Eso fue lo que vi mientras soñaba.