domingo, 1 de septiembre de 2013

La supervivencia individual

Las noches de luna creciente, en el pueblo de la Santa Kímera (o de la Falsa Esperanza como la llaman los vecinos de localidades cercanas) algunos marineros se sientan en el muelle a entonar canciones olvidadas en idiomas ya en desuso. Se dice que cantan para despertar a las sirenas, para comprobar que todavía existen aunque desde hace añares nadie las ha visto.

Las lenguas bífidas del pueblo, un grupo de esposas y de viudas malqueridas, aseguran que las sirenas se han intoxicado por culpa de los marinos: “-El mar en lo profundo se ha vuelto de hierro colorado y los barcos hundidos han aplastado cualquier sueño de escamas con forma de mujer”. Lo dicen por todo lo alto y por todo lo bajo. En las cocinas y en los almacenes. Según las malqueridas, los hombres deberían olvidarse de ir en busca de cantos con aletas y aventuras imposibles: “-Ya el océano está oxidado de tantos siglos de tanta historia de piratas, conquistas y jóvenes ingenuos que se dejan llevar de las narices por la astucia de capitanes, reyes y fábulas improbables”, sisean de aquí para allá y de allá para aquí contorneándose entre sus pieles y trapos.

Otras mujeres murmuran bien por lo bajo, sin saber qué partido tomar, temerosas de ser castigadas por unos o por otras. Igual son pocas las que quedan en Falsa Esperanza. Las muchachas de ahora son las que se van primero. No a mar abierto. Se van a tierra firme en búsqueda de un lugar donde guardar sus raíces y esparcir sus semillas. Ni bien nacen les llenan la cabeza con los reclamos de unas y las ilusiones de otros. El laberinto de la desidia, recorrido de ida y vuelta, todos los días de cada año. Así que cuando llegan a los quince y pueden caminar por cuenta propia, se prenden del único hilito con aires de promesa. Agarran lo poco que tienen y se van a buscar trabajo u hombres, lo que primero se dé. Eso sí, lejos de la Falsa Esperanza.

En cambio, siempre quedan bien anclados en la Santa Kímera los marinos jubilados, esos que han perdido cualquier tipo de recuerdo de viejas fábulas. Hombres que ya no creen en ninguna voz, ni del más acá ni del más allá y pasean como sonámbulos en las calles del pueblo ostentando la precariedad más absoluta en la que se es capaz de vivir. Cada tanto se hinchan un poco de orgullo o de desvarío, y como gran acto de vandalismo y rebeldía, rompen alguna imagen de la Santa Kímera, imágenes que subsisten todavía en algunos rincones de las plazas y esquinas del pueblo. Hay disturbios y peleas en los bares del puerto pero al tiempo todo vuelve a lo de siempre.

Los marineros que insisten en frecuentar el muelle en las noches de luna creciente, no pueden resignarse a creer que esas voces del más allá ya no existen, y allí vuelven cada noche, a contarse historias, leyendas y fábulas, siempre renovadas por la pura ilusión de creer que algún día las sirenas, aunque fuera vestidas de puro rojo vivo, volverán a cantar. 

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