martes, 24 de septiembre de 2013

Pescado rabioso

Desde que le habían diagnosticado esa extraña enfermedad, Freddy nadaba todas las mañanas. A veces una hora, otras dos, otras por las mañanas y por las noches. Decía que no podía concebir otra manera de vivir feliz, más que teniendo una vida acuática. Los más cercanos sabíamos que en realidad eso era solo una parte del cuento. Lo cierto era que desde que tengo memoria Freddy tenía una extraña debilidad por el agua. Y de grande, el asunto de nadar se había vuelto su única forma de sentirse vivo.
Me acuerdo cuando iba a jugar a su casa. Nuestras madres eran hermanas, y como teníamos la misma edad e íbamos al mismo colegio, pasábamos mucho tiempo juntos. Para todos, en la familia y en el barrio, Freddy era un chico raro. A veces, yo veía sus rarezas, su forma de ser tan hermético por momentos y tan charlatán por otros, sus preguntas extrañas, su modo de reaccionar ante lo que decían sus padres o la maestra. Pero la mayoría del tiempo lo único que veía era, ni más ni menos, que a mi querido primo Freddy. El gran Freddy.
A pesar de que solo me llevaba unos meses él siempre parecía un par de años mayor. Básicamente porque además de ser de contextura física más grande, él nunca tenía miedo de nada. De nada. En todo iba adelante. Yo, en cambio, era introvertido, medio tímido, medio callado y para nada arriesgado. En el barrio, me tenían como su sombra. El maricón, así me decían. A Freddy no le importaba y si era necesario, me defendía. Claro que yo era el único que lo seguía en todas sus ocurrencias. No porque siempre quisiera. Más bien se trataba de un sentimiento de lealtad inexplicable que teníamos entre los dos.
Desde chico su obsesión por el agua no lo dejaba dormir tranquilo. Así que dormía con una botella de agua al lado. A veces se levantaba en la mitad de la noche, se tomaba varios tragos y luego se quedaba mirándola. Como si estuviese hipnotizado. Mamá me decía que era porque tenía un problema en la respiración. Que por eso se despertaba. Pero yo creía que en realidad era por el agua. Me acuerdo que las primeras veces que me había quedado a dormir en su casa me daba terror que se levantara. Hacía un chillido como si se asfixiara y se quedaba quieto unos minutos. Luego tomaba agua y se quedaba ahí como embobado mirando dentro de la botella vaya a saber uno qué.

Freddy tenía tres peceras y más de veinte peces. Pero nunca hacía drama si alguno se le moría. Era una más de sus rarezas. Que no llorara y que tuviera peces como mascotas. No porque un niño no pudiese tener peces. Más bien porque a simple vista Freddy no daba con el tipo de niño con peces como mascotas. Aunque claro, visto más de cerca en realidad Freddy  no encajaba en ningún tipo.
Un día, tendríamos 12 o 13 años, me dijo que teníamos que ir a recorrer un lugar. Vivíamos en una ciudad que daba al río, y cerca habían construido una represa. Su padre era ingeniero y trabajaba en las obras, así que muy a menudo Freddy escuchaba los cuentos de cómo iba todo eso. La represa estaba a unos de 10 kilómetros de la ciudad donde vivíamos. Se decía, o eso era lo que Freddy había escuchado a su padre, que para construirla habían tenido que dejar bajo agua a una ciudad entera y que en la inundación habían muerto millones de animales de la zona, especialmente millones de peces. Así que ese día, Freddy me dijo que teníamos que ir a ver eso. Dijo que había escuchado que cerca de la zona de los sauces encorvados, habían encontrado miles y miles de peces muertos, como un gran cementerio de pescados rabiosos. Aunque el plan no me atraía ni un poco, no tenía alternativa. Agarramos las bicis, los tíos no estaban así que ni siquiera tuvimos que pedir ni avisar nada. Peor para mí.
Era un día de invierno, frío y estaba medio nublado. Freddy conocía el camino como la palma de su mano y enseguida se colocó adelante mío. Salimos de la ciudad a la ruta. Era una ruta bastante transitada por colectivos de larga distancia y camiones de carga, así que íbamos por la banquina. Mientras andábamos Freddy me contaba de la represa y de los nuevos experimentos que estaba haciendo con sus peces. Yo trataba de prestarle atención pero el viento en contra me dificultaba bastante seguirle el ritmo y al rato me di por vencido limitándome a asentir y seguir andado. No fue mucho más.
Cuando llegamos el lugar estaba muy húmedo y el olor a podrido era nauseabundo. El agua estancada estaba llena de peces muertos, había montículos de escamas, huesos, mandíbulas, piedras y sangre amontonada. “-Dejemos las bicis acá y vamos caminando”, ni esperó que le contestara y marchó. Mientras trataba de controlar mis espasmos de arcadas, lo miraba cómo iba avanzando. Me tapé la nariz e intente respirar por la boca. Igual me daba asco pero qué iba a hacer. Lo seguí por detrás, caminando despacio bordeando la orilla con cuidado de no tropezar con nada. 
El lugar era desolador. Parecía que habían vaciado toneladas de desperdicios de una planta procesadora de pescados o algo así. Todos estaban triturados en mil formas diferentes. Freddy avanzaba rápidamente esperando encontrar no sabía bien qué. Pero era muy típico suyo, avanzar no importaba bien qué. Había traído una cámara de fotos que el abuelo le había regalado y se agachaba para capturar algunos detalles. Yo lo miraba incrédulo pero deseoso de que el rollo se le acabara cuanto antes. Estaba poniéndose tarde y no tenía ganas de seguir en ese lugar. “-Esto es terrible”, dijo en un momento. No sabía si se trataba de algo bueno o malo, con Freddy nunca se podía estar seguro. Usaba ese tipo de expresiones que bien podían significar lo sublime como lo deplorable, y hasta quizá estaba queriendo decir las dos cosas al mismo tiempo. “-Volvamos, ya se está haciendo tarde, la tía va a estar preocupada”, le grité. Sabía que la tía iba a ser la última en preocuparse. Probablemente estuviera en el club, fumando y jugando a las cartas con las esposas de los otros ingenieros. Eso era lo que siempre le escuchaba decir a mamá. “-Isabel, cada día está más loca. Desde que se volvieron a vivir a esta ciudad no hace más que fumar y tomar todas las noches”. Pero bueno, al momento resultaba la única excusa. Y Freddy, en esos momentos, siempre comprendía. Comprendía que no iba a decirle que ya estaba demasiado cansado o asustado. Solo dejaba de avanzar. “-Bueno me dijo, volvamos. Pero vamos a lo del abuelo. Seguro que le va a gustar ver estas fotos”.
Recuerdo especialmente ese día porque cuando llegamos a lo del abuelo nos enteramos que la tía Mimi estaba internada en el hospital. Freddy no dijo nada. Creo que no le importó. Más bien parecía molesto que una impertinencia de aquel tipo le arruinara sus exploraciones. Así que le preguntó al abuelo si podía irse al cuarto oscuro a revelar las fotos que habíamos sacado. El abuelo quedo mirándolo unos segundos. “-¿Seguro no querés ir a ver a mamá?”, Freddy asintió y salió disparado para el fondo de la casa. Como era el consentido del abuelo, nadie le hizo caso. Qué pasó con Isabel esa noche nunca lo supimos o nunca lo supimos explícitamente. Los grandes dijeron que había sido una descompostura a causa de un medicamento que estaba tomando pero nosotros dos sabíamos muy bien que la descompostura tenía que ver con las botellas que encontramos vacías en el lavadero de Freddy al día siguiente.
Cuando la obra de la represa terminó, el padre de Freddy se fue a trabajar a otra ciudad. Su madre y él se quedaron en lo del abuelo. Todos decían que era lo mejor. Lo mejor para quién eso no se decía. Pero Freddy no hizo mucho caso tampoco. Algunos fines de semana el padre venía de visita y lo invitaba a pescar o a ir a la represa. Otras veces íbamos a nadar al río o a navegar con los amigos del club. Freddy parecía concentrarse cada vez más en los peces y en el agua. Compraba libros, sacaba enciclopedias de lo del abuelo, dibujaba y estudiaba. Al colegio iba cuando quería y para el resto siempre estaba yo bien dispuesto para ayudarlo. Se escapaba de las clases y más de una vez lo amonestaron por encontrarlo nadando en la pileta del colegio fuera del horario de natación. Pero para ese entonces ya estábamos en los últimos años de la secundaria.
A veces cuándo lo veía tan ensimismado con en sus investigaciones le preguntaba qué era lo que estaba buscando. El me miraba, largo rato. Y después me soltaba “- Estoy buscando mis ancestros”, o bien “-Todo empieza por el agua” o peor “- Soy un pez que tiene patas”. Nunca sabía si me hablaba en serio o en broma porque enseguida empezaba a reírse quitándole importancia a lo absurdo de sus palabras y me invitaba a tomar una cerveza. Íbamos a algún bar, él pagaba y seguíamos hablando de otras cosas. Yo creía que en el fondo, lo decía de verdad. Pero me daba miedo darme cuenta de mi primo estaba tan loco. Así que prefería seguirle la corriente, y ahí íbamos en la corriente. Siempre nadando.
Llegó el momento de irse a estudiar y Freddy a pesar de su idea de trabajar en la represa y de tener contactos como para poder entrar allí, fue llamado a hacer el servicio militar. Yo tenía un defecto en el corazón y mi madre hizo todo lo posible por exagerar ese defecto al tamaño de una cardiopatía severa y me fui a estudiar afuera. A los años volví. Para ese entonces Freddy ya estaba trabajando en la represa. Lo habían dado de baja en el servicio por una extraña enfermedad llamada Síndrome de Gill, probablemente porque el descubridor de esta enfermedad fuera un tal Gill. 
La enfermedad en sí era la cosa más rara que yo jamás hubiese escuchado. Aparentemente, la piel se le resecaba con una rapidez extraordinaria y necesitaba estar constantemente humectándola. Al principio había probado con distintas cremas pero lo que mejor le resultaba era estar en el agua. Así que se la pasaba nadando todas las mañanas. Ya desde su obsesión con los peces Freddy tenía una debilidad por el agua y nadaba mucho, pero esto era ya el colmo. En el trabajo, le habían dado un régimen de horarios especial por el que entraba más tarde y salía más temprano, además de recurrir continuamente a licencias por enfermedad. Ya le había dicho a mi madre que ni bien yo llegase a la ciudad lo fuera a visitar. Así que el mismo día que llegué fui a su casa y lo encontré nadando en una pileta que tenía más de 20 metros de largo. Salió exultante a saludarme, frenético y lleno de energía. Pero a pesar de que había estado más de una hora en el agua pude ver las grietas en la piel. Literalmente eran grietas de sequía.
Nos fuimos adentro a tomar algo. Y mientras nos poníamos al tanto yo iba viendo como minuto a minuto la piel se le iba volviendo escamada. Por momentos tenía la impresión de que si me ponía a rascársela se le iba a desprender capa tras capa hasta quedar en carne viva. Me contó que al principio había pensando que la enfermedad no era más que la mutación que él siempre había estado buscando. Una mutación que lo llevaría a ser un pez. Uno real. Esperaba que con el paso del tiempo su piel se convirtiera en branquias, verdaderas branquias para poder respirar bajo el agua. Mientras hablaba lo notaba ansioso como nunca antes lo había visto. Hacía pausas y le costaba retomar el hilo de la conversación. Como si no quisiera confesarse del todo. Yo lo miraba tratando de que la cara no se me transformase ante cada una de las locuras que iba soltando. Al fin y al cabo era mi primo, casi mi hermano. Continuo así varias horas, contándome todo lo que había pasado en esos años desde que habían empezado a hacerle las pruebas para ver qué era lo que tenía. “-Finalmente, me doy cuenta que esa mutación es inviable. Que si bien tengo dos naturalezas, la enfermedad, no es más que una enfermedad humana. Me la paso en el agua esperando que en algún momento suceda el milagro y no tenga que salir a la superficie a respirar. Eso no sucede. Mi vida es un infierno acuático. Así que quiero que hagamos algo, por eso le pedí a la tía que me llames ni bien llegaras”. Eso me dijo. Quería construir un traje especial. En realidad, quería que yo diseñe un traje que fuese capaz de conducir e irradiar agua a través de pequeños filamentos que se fijaran en la piel. Una idea descabellada para alguien que no tenía idea de lo que Freddy estaba hablando. Pero yo sí sabía de lo que hablaba. Había pasado varios años estudiando ingeniería textil y me dedicaba a diseñar telas que incluyeran tecnología de avanzada. Y conocía a mi primo. No podía negarme. Así que le dije que haríamos el intento.
Durante meses estuve trabajando en ese traje, haciendo pruebas y reajustes para que funcionara. Freddy se mostraba entusiasmado cada vez que nos veíamos pero su enfermedad avanzaba con rapidez. Su diagnóstico era delicado aunque no se creía que pudiera tener complicaciones graves. En otras palabras, los médicos continuamente repetían que su vida no estaba en riesgo pero las condiciones en que tenía que vivir eran cada vez más limitantes y los controles y tratamientos a los que se tenía que someter eran cada vez más exhaustivos.
El seguía nadando pero su mirada se había vuelto opaca. Los que no lo conocían no podían verlo. Pero yo sí. Podía ver su rabia. Su vida transformada en una pecera. Un día llegué a su casa, era una de las últimas pruebas del traje y lo encontré con la mirada perdida. Tenía las fotos de aquel día en los sauces encorvados. Le pregunté que qué estaba haciendo. “-Nada, nada nada nada, como siempre, nada” y una vez más se echó a reír. Pero era una risa vacía, llena de tajos y grietas en la boca y en la cara. Verlo así me destrozaba los nervios y aún aunque quisiera no podía trabajar más rápido en aquel proyecto. “-Vamos a probar el traje”, me dijo y agarró la bolsa que había traído. Esa fue la última vez que lo vi.
El día antes de que el traje estuviese listo hablamos por teléfono. Cuando le dije que al iría al día siguiente a llevárselo, lo escuché más distraído de lo común y con un tono forzado de euforia. Me dijo que tenía el agua de la bañadera corriendo y que tenía que colgar. Esa misma madrugada llamaron del hospital para avisarme que mi primo había fallecido por una apnea crónica que le había causado una insuficiencia pulmonar. Lo encontraron dormido en la bañadera.
El velatorio se lleno de gente que conocía a Freddy desde chico. Todos recordaban su fascinación por el agua aunque nadie entendía por qué había muerto tan joven por una causa tan pueril. Aún así, todos repetían que al fin y al cabo él había vivido sus últimos años como pez en el agua, tal como siempre había querido. 

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