domingo, 6 de octubre de 2013

Madreselva

El último año en que la vi, Teresa estaba tan ciega que no podría haber distinguido un elefante de un globo gris gigante. Siempre la encontraba sentada en su silla mecedora frente al balcón que daba al jardín. Solía estar en la misma posición: las manos cruzadas y el ceño fruncido, como si alguien la hubiese dejado ahí plantada. Ni bien me acercaba a saludarla, me reconocía por mis pasos y enseguida me decía: “-Al fin querida, alguien sensato. Por favor, abrí la ventana”. Lo único que podía ver era un gran verde. El jardín había sido consumido por una gigante enredadera. Una madreselva que crecía sin prisa y sin pausa sobre toda la extensión del patio. “-Ah si Clara pudiera ver cómo ha crecido su planta. Es una gran planta Bernardita. Decime vos que podes ver mejor sino. Yo, con solo oler su perfume, puedo saber que es una gran planta. Todos los meses siento su concentración, su intensidad. Y la extraño. Vos también la debes extrañar”.
 Teresa había sido amiga de la señora Clara desde que nos habíamos mudado a una de las casas vecinas. Vivíamos en la misma cuadra y si bien, Teresa le llevaba 20 años más, siempre habían tenido una gran amistad. Venía de visita a veces hasta dos veces al día, y por más de que estaba yo y tenía tiempo suficiente para limpiar, ella ordenaba, lavaba e incluso, le tomaba la lección a los hijos de la señora y los ayudaba con los deberes de lengua y matemática. Hacía todo lo que a la señora la tenía sin cuidado. Teresa sabía que a Clarita había cosas que era mejor no pedirle. Clara era un espíritu muy afectuoso pero de más volátil. Tenía un gran amor que era el patrón y otros amores más pequeños que eran sus hijos y su música. Y en la casa siempre reinaba el más absoluto y religioso caos. Todo lo contrario a la casa de doña Teresa que tenía 4 hijos ya mayores, uno más correcto que el otro. Y todo mérito suyo porque su marido había muerto de más joven en un accidente.
A Teresa le gustaba tener siempre algo que hacer. No podía estar quieta y no podía dejar que los demás estén quietos. Creo que por eso venía a la casa todos los días. Cuando terminaba de limpiar el último gramo de polvo de su casa, venía a la nuestra donde siempre había ropa para planchar, ruedos que cocer, platos para lavar, y sobretodo, orejas para escuchar y cuentos para chusmear. Secretamente, Teresa era una gran chusma. Aunque nunca iba a reconocerlo. Charlaba horas y horas con la señora. Y si la señora no estaba, se venía a charlar conmigo.
Teresa además de los chismes, tenía otro vicio, los dulces. No fumaba, no tomaba, no comía de más. Era en todo de más meticulosa. Salvo en los dulces. Cuando le descubrieron la diabetes, recuerdo que estuvo una semana en cama sin poder levantarse ni comer nada. La señora Clara iba a visitarla todos los días, llevándoles distintos sustitutos pero no había con qué animarla. Así que un domingo, resuelta a levantarla de la cama cueste lo cueste, la llamó temprano, le dijo que iba a acompañarla a misa y que iba a ir antes a llevarle una madreselva que había comprado para ella. Para los que no saben la madreselva tiene un perfume dulcísimo. Y Teresa siempre había querido evangelizar a la doña, así que eso ya, era un milagro. Yo la acompañé esa tarde y marchamos todas a misa. Teresa era como una madrina para mi. Subvencionaba mi fe con visitas a distintos curas y monjas, rosarios de todos los colores, estampitas de santos y beatos y hasta una cruz de alpaca que tenía colgada en el cuarto. Plantamos la madreselva y ahí quedo. Para ese entonces, a la señora Clara ya le habían diagnosticado cáncer y un cáncer que avanzó aún más rápido que la multiplicación de la madreselva en el jardín de Teresa.
Cuando la señora murió, la tía como le decía yo, quedó destruida. Ni cuando había fallecido su propio esposo Juan Pedro, había estado así la pobre. Los hijos decían que era porque ya estaba grande, que le daba miedo su propia muerte. Pero yo que no estaba nada grande, entendía su dolor. En los años que siguieron nunca dejé de verla. Cada tanto pasaba por la casa del patrón a visitarlo a él y a sus hijos y aprovechaba para seguir quitando el polvo de los estantes. Otras veces yo le tocaba el timbre de su casa, tomábamos un té con un par de galletitas insulsas y charlábamos de los viejos tiempos.
Cada vez que iba, encontraba que la planta crecía más y más, arruinado todo el resto del jardín. Y cada vez que iba, la señora Teresa se iba volviendo más y más ciega. Pero no dejaba que nadie tocara la planta. En el fondo, yo creo que no podía ver esa planta exuberante en su propia casa. Quiero decir: que no podía soportar convivir con el desorden de esa planta. Pero tampoco soportaba cortarla. Creo que por eso se fue volviendo ciega. Para poder tolerar mejor el desborde. La pura culpa. Y la madreselva creció tanto que ya no podía distinguirse donde empezaba ni donde terminaba.
“-Abrí la ventana, dejala que cante”, me decía a veces.
Cuando ya estaba casi del todo ciega, los hijos mandaron a sacar la planta trepadora. Ya no sabían qué hacer para poder entrar al jardín y estaban teniendo problemas con los vecinos de las casas de al lado. Y ni bien lograron sacársela de encima, pintaron todo el patio verde. Total la tía apenas podía ver colores.
Cuando fui a visitarla semanas después, recuerdo que me dijo. “-Hay algo raro en el jardín Bernardita. Hace días que me siento acá, en el mismo lugar, tratando de ver qué es lo que falta pero no puedo recordar. Abro los ojos, abro la boca, abro los oídos y siento que algo falta y no sé qué es. ¿Es posible? Abrí la ventana, decime qué ves. Le dije: “-Un verde puro, hojitas desparramándose sobre el jardín. El naranjo en flor en la esquina, ahí donde estaba antes el gallinero. La soga cubierta de ropa que María Emilia acaba de colgar. Los hijos del vecino están levantando unas paredes”. En ese momento paró las orejas como si fuera un perro. “-¿No oyes? Hay algo que ha dejado de cantar. No escuchó nada, no huelo nada. ¿No había dicho Clara que tenía un regalo para mi? María Emilia cree que la diabetes me ha vuelto loca. Pero yo recuerdo bien que Clara prometió venir a visitarme esta tarde. Seguro que ella va a saber qué es lo que falta. Se debe haber quedado dormida, como siempre. Anda despertarla. Decile que quiero que me traiga esa planta que me prometió. Anda querida, decile que en una hora me tengo que ir a misa. Que la espero. Que no se tarde”.

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