lunes, 16 de febrero de 2015

Santos Vega

Nunca vi su cadáver pero me dijeron que murió y como no lo vi morir, y como me lo contaron, me imaginé un final rojo, un final negro, un final terrible, sangriento, lleno de dientes y colmillos atravesando su pelaje fino y pardo, su poca carne, sus vistosas costillas. Se llamaba Santos Vega aunque todos le decíamos solo Santos. Era un galgo con unos ojos negros y mansos que le ocupaban casi toda la cara. El cuerpo alargado, las patas ligeras. Le gustaba salir al campo: cazar zorrinos, cazar liebres, correr perdices. Pero siempre en un radio de frecuencias bajas, de espíritu liviano, como quien sabe que tiene la velocidad ganada. Los otros perros lo ignoraban. No le gruñían ni se le acercaban.
Santos era el preferido del abuelo. El que lo seguía de acá para allá, él que se quedaba quieto en la puerta del escritorio esperando que el abuelo salga, al único que llamaba cuando se iba a recorrer subido al lomo del zaino. Quizá por su temperamento, tan distinto del mío, también era mi preferido. Al que primero le daba de comer, si sobraban huesos o algún pedazo de asado, lo escondía en una servilleta adentro de un bolsillo y se lo daba cuando nadie nos veía. Las noches de verano, en las que las chicharras y los grillos invadían el jardín, nos quedábamos los dos tirados en el pasto, y con él lado, no tenía miedo. En las noches de invierno, lo dejaba entrar a la casa porque tenía la impresión de que con tan poca piel no tenía manera de escaparle a la helada, así que me acomodaba cerca de la estufa a leña y él, al lado mío. A veces también, por pura lástima y para no sentirme mal, lo entraba también a Indio. Solo que Indio era muy ruidoso y en seguida nos dejaba en evidencia no más cruzar la puerta de la cocina. Santos en cambio, no era un perro excesivamente inteligente, en verdad no lo era, pero sí sabía escuchar, y quedarse quieto y no hacer bulla.

 Un día, me acuerdo, el molino enfrente a la casa no paraba de girar y girar y bombear y bombear, el sol picaba la cara, el rocío del pasto mojaba los pies y las sábanas recién lavadas se sacudían en la soga. Estaba sentada en la hamaca paraguaya haciendo fiaca cuando llegó Mingo, el capataz, hecho una trompa, directo al escritorio del abuelo como si lo llevara el diablo. Ni se acordó de golpear, no más entró y desembuchó:
-   don Jorge, don Jorge, y un silencio y enseguida, estuve con uno de los peones de “La rinconada”, y me dijo, no se enoje, pero me dijo que ayer lo mataron al Santos.
-  ¿Cómo que lo mataron al Santos?
-  Sí, ayer a la tarde. Parece que el Santos iba siguiendo a la pequinesa esa, la de los campos del vecino que estuvo ayer por acá y se ve que el Santos la siguió y que cuando llegó a las casas, los otros perros se le abalanzaron.
Y otro silencio, un poco más largo. Y yo, con los dientes apretados. No queriendo escuchar pero parando la oreja, que el Mingo seguía:
-  Que intentaron separarlos pero que no había modo. Vio que cuando se ensañan, vio lo feo que se pone, y eran como cinco y el Santos solo.
Y el Santos solo, pensé, pobrecito. Enseguida escuché un golpe, un golpe duro contra algo que parecía una mesa, y muchas palabras bravas llenas de rabia y de enojo.
-  Perra de mierda. ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta Mingo porque no quiero que se acerquen los perros de por ahí?
-  Sí, sí decía el Mingo que estaba tan nervioso porque cuando el abuelo se enojaba todos temblábamos, yo incluida. Y el abuelo enojado, que no es buena cosa.
-  Hay que cagarlos a tiros no más, que ni se acerquen, que después pasan estas cosas. Yo sabía, sabía que esa perra no podía traer nada bueno.
Y ahí me di cuenta, me di cuenta que Santos no iba a volver. Que lo habrían dejado sin sus rápidas patas sin sus ojos grandotes. Y el abuelo salió del escritorio, y me vio en la hamaca y le pregunté que cómo que cómo que el Santos se había muerto, que cómo iban a matarlo, que porqué, que mala esa pequinesa, que por qué, que Santos no necesitaba novia, que por qué, pero ya no estaba. Ya no iba a volver. Y el abuelo, el abuelo estaba tan mal también. Se le aflojaba la voz, y rabioso repetía:
-  Perra de mierda
-  Sí, seguía yo, maldita pequinesa, pobre Santos, tan bueno, tan ligero, porqué no corrió abuelo, porqué no corrió
-  Porque corre para cazar, me dijo, solo para cazar.
No recuerdo el nombre de la pequinesa. Recuerdo que fue una tarde larga, de seguir buscando a Santos. De caminar hasta el guardaganado, de caminar al tajamar, de buscarlo atrás de la chancha de gas y no, tampoco. Por una pequinesa, no podía creerlo. Y mientras lloraba, me indignaba, por la pequinesa, por los otros perros, porque Santos no estaba más conmigo. Después busqué flores y le hice un entierro sin su cuerpo pero me pareció mejor. Tan destrozado habría estado.
El abuelo seguía rabioso, lo veía ir y venir apurado, yendo de los galpones, a la manga, a la herrería, al escritorio, a la casa de los peones. Perra de mierda, había dicho y los ojos bordo. Ahora pienso que a veces la muerte llega así, de manera tan estúpida como los celos.
El abuelo esperó y mandó a decir que le avisaran cuando volviera la pequinesa. Y la pequinesa volvió. Apareció moviéndose de acá para allá con sus pelos largos y renegridos, su hociquito pequeño, sus ojos brillantes. Sé que cuando el abuelo se la llevó al bosque tenía una escopeta en una de sus manos. Se escucharon unos tiros bajitos y lejanos seguidos por el cotorreo de los loros espantados.
Nunca lo vi tan triste ni tan enojado. Nunca supe tampoco si fue antes o a partir de ese momento que odié los perros pequineses. Los juzgo antipáticos y altivos pero sobretodo faltos de escrúpulos. Sí supe que a partir de ahí le tuve miedo a los celos, a las hormonas y a la furia que desprenden. 

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