domingo, 11 de diciembre de 2016

Estrategias de un taraxacum officinale


Por ese entonces jugábamos una y otra vez el mismo juego. Lo jugábamos en grupo, durante las siestas de sol húmedo debajo de la sombra del aguaribay; en los días de lluvia y barro, adentro del tinglado; en las noches de mosquitos ávidos de sangre, en la galería que daba al este. Pero más me gustaba cuando lo jugábamos nosotros dos, solos. Más me gustaba porque parecía tener el significado siempre en la punta de la lengua, o al alcance de mis yemas, en la punta de la tuya. Aunque a veces yo deseara que ese significado no estuviera ni en tu lengua ni en la mía, sino justo en el medio. Se desentramara, el significado, en ese espacio vaporoso, vacío y por eso tal vez, omnipresente, entre la punta de tu lengua y la mía.
Se trataba de poca cosa. Como todo lo humano. Tal vez, si hubiésemos sido conejos, la historia hubiese sido distinta. Vos me dijiste que conejear era un verbo, y tu debilidad siempre fueron los verbos, como la mía eran los adjetivos, y conejear era lo que hacían los conejos cuando se enojaban y golpeaban el suelo como tambor con sus patas traseras. Como si lo hubieses visto: que lo hacían siempre exaltados, por enojo, por miedo, o porque las hembras no les dejaban acercarse durante la gestación de las crías. Eso dijiste mientras caminábamos, vos adelante, yo atrás, entre los árboles de araucarias, de eucaliptos, de tipas y lapachos amarillos.
Al principio, eran salidas para fumar a escondidas de papá, de mamá, de los tíos. Vos te ibas y yo iba atrás. Te seguía como sombra que a vos no te asustaba. Qué haces Pupa, me decías sin darte vuelta para mirarme. Te sigo. Estoy aburrida. Te sigo, estoy aburrida, repetías con una voz más gruesa. Y ahí sí me mirabas. Me mirabas con esos ojos negros que me ponían un poco rara, que sentía atravesaban, los míos grises y los dejaban transparentes. Los demás están durmiendo, Pablo está leyendo, Toia está viendo tele, Roma y Hernán jugando al ajedrez, explicaba tratando de seguirte el tranco. Ese fue el principio. Juguemos, le decía mientras sacaba un pastito de la tierra y me lo metía en la boca. ¿A qué? Al diccionario. Y él se reía. Se reía como por hacer algo, prendía un cigarrillo y se sentaba al lado del galpón, en algún cojinillo.
Tuvimos que armar nuevas reglas, reglas diferentes para un juego de a dos, un juego que inherentemente necesitaba de muchos, ahora cambiarlo, transformarlo, en uno de dos. Y ya no se trataba de inventar o acertar en los significados. O no se trataba solo de eso. Se trataba de dejarte hablar. Sobre todo de dejar que me dijeras lo que se te antojara, porque el resto no importaba. Se trataba de dejarse flotar como un panadero.  De dejarse hacer por el viento hasta que una mano cualquiera te agarrara y… Entonces, vos sentado en el cojinillo, decías: Tundra. E inventabas solito varias definiciones, y yo solita, tenía que decidir cuál de todas era la verdadera. Eran palabras gráciles, al principio. Palabras como ínfula, upa, citara, drusa, éter, nenúfar. Palabras trémulas que nunca había escuchado y que a vos te divertía verme arañar en el vacío, desenmarañar en el horizonte llano de la pampa que se extendía finito hasta toparse con una simple línea recta. Casi tan recta como mi pecho en el que apenas se insinuaban unos montoncitos abajo de la remerita de algodón, más abajo de una bikini que recién ese verano había conseguido imponer frente a las sofocantes modas maternas.
Nigromancia, meretriz, lascivo, especular, funámbulo, vinieron en las caminatas hacia al tajamar, en algunos atardeceres todavía verdes de febrero. Esas eran palabras más oscuras, atrevidas, que soltabas al mismo tiempo que tirabas la línea de pescar y esperabas que algo pique. Llegaron las inexistentes como abismología y sus respectivas definiciones: (1) arte de amar en solitario; (2) ciencia que estudia los abismos; (3) dícese de un rama de la física que analiza las propiedades de los agujeros negros. Precipimor, cuorelo, ternuzar, aparecieron más tarde, cuando yo ya había probado de tu cigarrillo y deseaba con urgencia poder aprender esas nuevas formas de decir, sin saber que ahora ya no te dedicabas sólo a inventar significados sino también a inventar las palabras. Para ese entonces llevabas una barba espesa y las arterias en los brazos se te hinchaban verdes y gruesas como las hojas de los campos de avena en los atardeceres de febrero.
Panza arriba o panza abajo, con los codos apoyados en el pasto húmedo o de cara al cielo lechoso, a mi no me importaba acertar, sino solo seguir deshilvanando tus redes semánticas. Me despertaba con hambre de todo lo que no tenía; y al poner una pierna fuera de la cama, la sed chupándome hacia dentro. Como si fuera el desagüe de una bañadera. Una mano que se acerca. Saca el tapón. El agua drenándose. Yo haciéndome de todas y cada una de tus palabras. Áureo, inusitado, alharaca, noúmeno. Sílabas pueriles, combinaciones de sonidos exóticos, hiatos contundentes que vos anunciabas como se anuncia el pecado mientras yo reía, y me cruzaba y me abría de piernas para después desparramarme como borracha sobre tu espalda.
Craquear, chorar y ufanar, las dejaste para el amanecer. Tal vez porque eran verbos y eran tus preferidos. Despepitar, dijiste: (1) saborear frugalmente una semilla de sandía; (2) reacción química de algunos cuerpos al ser rozados por otros; (3) tomar las semillas de algún fruto. Lo dijiste mientras te sacabas los restos de cerveza del bigote. Tomé de tu vaso: solo un sorbo, me dijiste, que después tengo que andar de niñero y te estás pasando corazón. Y sin contestar, te pregunté al oído si en verdad sabías lo que era belladonna. Me miraste con esos ojos tibios que tenías a veces. Creo que te mordí los labios solo por la bronca de que no me dieras tu lengua. Algo sangró y me apresuré cubrir la herida como si no fueran tus labios. Como si no fueran los míos. Como si la palabra deseo no existiera. Como si vos la hubieses inventado en ese espacio vacío, y por vacío omnipresente, entre tu lengua y la mía.
Al final, se trataba de poca cosa. Como todo lo humano.
Después de un tiempo no volvimos a jugar ese juego. Quizá porque se había vuelto un juego solitario en el que yo seguía escuchando todas tus palabras y vos seguías sin saber decirme qué era belladonna. Quizá porque se había vuelto un juego metonímico donde una palabra llevaba a la otra pero ninguna te traía al lado mío, donde yo te quería. O porque yo ya me había hecho de cada una de tus invenciones pero vos nunca habías querido hacerte de mí como si fuese un panadero. Porque para mí, entonces, no ahora, entonces sí, se trataba de otra cosa. Poca cosa. Se trataba de dejarse flotar. De dejarse hacer por el viento hasta que una mano venosa te agarrara y te deshilachara sin pudor ni temblor. De poder ser una belladonna para alguien de ojos negros. Que te agarrase y te despepitara sin pudor ni temblor. Como si fueses una palabra y no un panadero. O como si fueses un panadero y no una palabra. 

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