sábado, 24 de junio de 2017

Itaca

Hago la mochila. Pongo lana, remeras de manga larga, pantalones de tela gruesa que tapan el verano del hemisferio sur, que preparan el cuerpo para el invierno del otro lado del océano. Nada sé de lo que me espera. Un viaje laboral de último momento. Oportunamente, puedo tomar unos días de vacaciones. Aprovechar para señalar en el mapa, ciudades desconocidas que evocan poemas conocidos: las mismas calles, las mismas casas[1]. Un eterno retorno donde las diferencias de las lenguas se evaporan.
Hago la mochila. Pongo los primeros días del nuevo año. Esa ilusión de milagro que ocurre cada 365 lunas. Ese bálsamo de inicio que imanta los huesos, el esqueleto, los pies, la boca, las agendas, las horas, inmaculado el año. Puramente concebido.
Será un comienzo distinto.
Será invierno.
Mochila. Una amiga me dice: -No pienses en Homero, olvidate de Esparta, de Troya, de Sófocles, de Eurípides. Los griegos no son los de antes.
La construcción de un mito. La construcción de un Olimpo.
En mi cerebro hay incipientes fulgores. Una luz que tiembla y se apaga.
Entre un aeropuerto y otro y otro y otro, horas donde las partículas se aceleran, colisionan, se enlentecen. Tengo preguntas y sed. Tengo el tiempo que se fue. Tengo.



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En Venizelos apurarse a recoger el equipaje. Evitar Atenas solo por un pálpito. Ninguna premonición de Apolo. Huir de la Acropólis sin prestar ni un pestañeo de ojos al Partenón ni al Teatro de Dionisio. Sólo una corazonada de sábado por la tarde que me dice: pide que el camino sea largo[2]. Tomar un autobús directo al puerto de Pireo, en la orilla del mar Jónico. Lleno de aventuras. Ni a los lestrigones, ni a los cíclopes. Preguntar en mi inglés salvaje, medio indio, medio a traspié, por un pasaje para Creta.
¿Por qué Creta y no Mikonos, no Santorini, no las islas de las Cícladas? El universo de lecturas como única brújula. Intenté imaginar mi vida en Grecia con la mujer que antes se llamaba Creta ¿Qué tipo de vida llevaríamos los dos allí? ¿En qué tipo de casa viviríamos? ¿Qué alimentos comeríamos? Tras levantarnos por la mañana, ¿qué haríamos hasta la noche? ¿De qué hablaríamos? ¿Cuántos meses, cuántos años continuaría aquello?  En mi cabeza no lograba dibujar ni una sola imagen. Pero, de todos modos, podía irme a Creta[3].
Un libro de la juventud, gatos que hablan, personajes exóticos. Podía irme a Creta. Podía irme. Pido un boleto. Me entero por la vendedora que hay dos puertos en la isla: ¿Chania o Heraklión? Los pequeños inconvenientes de la realidad. Ta-Te-Ti. Elegir al tutún. Ni al salvaje Poseidón encontrarás, si no los llevas en tu alma. Que no los llevo, me digo. Y en cambio, me dejo llevar sí, por la selecta emoción que toca el espíritu: -Un boleto para Chania-, respondo sin dar demasiada vuelta. Tomo el pasaje, y me voy por un café y unos dulces de baklava. Los dedos se pegotean y yo pienso que estoy muy lejos de casa aunque muy selecta sea la emoción que toca mi espíritu. La palabra “casa” rebota entre las caras de los refugiados que piden algo de comer, una moneda, lo que sea, en el puerto de Pireo. La palabra “casa” se desmiembra en olores, sí, en comodidades, en ruidos y sonidos, en temperaturas. La palabra “casa”, digo y en cada repetición algo se pierde. Como una luz.
Subo al buque desorientada por sus dimensiones inconmensurables. Evito pensar en los millones de moléculas de agua que tiene el océano. Cifras homéricas que me aplastan.
A las 9 de la noche el agua empieza a moverse. Nueve horas se mueve el ferry en el agua moviéndose en dirección a Chania.
Me acuesto en el amplio sillón. Me dejo mecer.

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 Desembarcar con el peso de una mochila de 16 kilos. Caminar en la madrugada por la ciudad vieja. Desolación. Busco a Creta Kanoo. Encuentro perros y gatos. Y sombras. Nada más.
Un hospedaje cerrado. Dos hospedajes cerrados. Muchos hospedajes cerrados. Me resigno y me siento en un escalón enfrente de lo que parece la iglesia principal. Empieza a gotear el cielo y mi idea de techo adquiere nuevas texturas. Veo la iglesia con cariño. Pienso en bancos (duros pero bancos… cubiertos) de madera. Escucho las campanas. Único sonido de urbanización en todo el terreno. Si no escuchara las campanas diría que Creta duerme anestesiada, clonazepada, inducida en un coma farmacológico preocupante. Pero no. Están las campanas y yo, que miro esa vibración con casi añoranza de calor humano.
Empiezo a sentir algo de la tragedia griega impregnándoseme porosamente en el espíritu. En vez de piedra, pero casi igualita a Sísifo, agarro mi mochila una vez más. La levanto. Me abrocho los 16 kilos y camino.
Encuentro un bar abierto y no dudo, entro y pido un café.
El muchacho que atiende es simpático y habla inglés mejor que yo. Me recuerda que es domingo en Creta. En Creta y en todo el mundo hoy es domingo. Son las 8 de la mañana. Me dice: -Es temporada baja y -una pausa-, no hay mucho movimiento en esta parte de la isla un domingo en temporada baja-. Quiero fumar, y he dejado el tabaco hace meses. Hace dos días que no duermo. Necesito una cama. A los lestrigones ni a los cíclopes/ ni al colérico Poseidón. Miro mi café americano y trato de no compadecerme.
Me aconseja tomármelo con calma. Hasta las 11am, esperar.
Las madrugadas de los domingos son largas en el invierno de Creta.
Pide que el camino sea largo.  Que muchas sean las mañanas de verano en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a puertos nunca vistos antes.
Estimo el verano del otro lado del globo. El muchacho me sigue hablando. ¿De dónde vienes? ¿Vas a ir a Knosos? (No me habla en español. Me habla en inglés. Pero al escribir, naturalmente doblo el lenguaje, a un español extranjerizante). En verdad no lo había pensando. Lo menos que tiene este itinerario es premeditación. Tendrías que ir a Heraklión. Vale la pena. Asiento como si supiera. Para no abundar en mis faltas de geografía griega saco un lápiz y empiezo a teñir mi cuaderno de cornucopias. Puede que en Knosos encuentre un hilo de Ariadna que me recupere. Estupor y temblor.
Puntual, a las 11, me voy a buscar un hotel. De nuevo.
Lo encuentro.

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Admito que no podría vivir en una ciudad sin agua. El río aquí es océano. La mística del agua dulce, del agua amarronada, de la tierra arcillosa, se reemplaza por unos azules turquesas. En la orilla: piedritas, construcciones color arena, muros y faros que alumbran fábulas pretéritas. Atrás, la montaña nevada. Adelante, el mar de ojos abiertos. Los ojos del mar son los barcos[4], dice un personaje de Baricco.
Miro los barcos amarrados.
El reflejo de los colores en el agua.
Sopeso las posibilidades de Chania. Es decir, mis posibilidades de domingo en Chania, y decido sacar un boleto a Heraklión. Tal vez ir a las ruinas de Knosos o al Museo Arqueológico, al Museo de Historia Natural. Las mismas calles, las mismas casas. Entiendo que mi itinerario consiste en llegar a un lugar para irme de él. Lo veo. Y no puedo hacer nada al respecto. Por ahora, resbalo en las calles de la ciudad como cáscaras que se esmeran en no presentar ningún obstáculo. Puertas corredizas: Puertas giratorias. Lo mismo. Me expulso y no me interesa hacer análisis del accionar a lo catapulta.
Durante el viaje, 142km que se traducen en dos horas y media de colectivo lechero -que en territorio argentino evitaría por todos los medios-, oscilo entre el sueño y la vigilia y pienso en términos binarios, en hombres hermosos, en noches de lujuria, en la vejez del futuro. Al llegar a Heraklión, me detengo tímida, como una adolescente, en los almacenes de ágatas que prometen fuentes inagotables de energía, en parejas que fuman, en fotógrafos amateurs, en niños que juegan al fútbol, en niños que juegan y que mañana deberán ir al colegio. Agradezco, sí, agradezco, ser la de mi futuro proxy. Agradezco llevarme sobre mis dos piernas y no tener que sufrir la pereza de los domingos previos al hábito escolar. Me empapo de hermosas mercancías,  nácar y coral, ámbar y ébano y toda suerte de perfumes sensuales, cuantos más puedo, camino entre ruinas bizantinas y romanas, pruebo dulces, pescados y frutos secos, crocantes, que recuerdan que los turcos invadieron Grecia y que el Olimpo ya no tiene doce dioses sino doce apóstoles que custodian el comportamiento de Atenea,  Afrodita y Artemisa.


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Regreso a Chania y vuelvo a cruzar el Jónico. Piso Atenas solo para tomar un tour de cuatro días. Que me lleven, que me traigan, que me pongan y me saquen. Sí. Por primera vez, no me importa. Estoy dispuesta. Peloponeso, Olimpia, Delfos, Meteora. Somos 27. Todos hablamos español.
Al sentarme en el bus, solo alivio. Hablar la propia lengua. No tener que pensar en alojamiento, ni cargar mochila, ni combinar horarios de micros, ni ubicarme en el mapa, ni decidir nada. Solo dejarse llevar. No hay riesgo ni aventura y siento una leve traición a Cavafis pero el pulso no me tiembla cuando entrego el voucher a la guía que nos va a acompañar en el recorrido.
Atravesamos la ciudad. Yo con ilusión cumplida, arrellenada en mi butaca; los demás, un poco dormidos. Según el recuento, hay en la comitiva seis brasileros, diez argentinos, un uruguayo, ocho españoles y dos colombianos.
La primera parada la hacemos en el canal de Corinto. Llevamos una hora de viaje apenas. La gente compra café, yo como pistacho, sacamos fotos. Nos enteramos de los devenires de la construcción y confirmo que ni la ingeniería ni el comercio serán ya mi fuerte.
-Cortar el istmo de Corinto era uno de los objetivos de los griegos desde la antigüedad para acortar los viajes mercantiles de Grecia con sus colonias en Europa, Sicilia, Siracusa, Napoles, Marsella y otras-, anuncia Elena, nuestra guía, como una epopeya. Yo admiro el deseo de conquista de los viejos pueblos, admiro el deseo de poder, admiro el deseo inflamatorio de los hombres y rebota mi deseo entre los muros de roca caliza.
El siguiente stop es en Micenas. Somos los primeros turistas en llegar. El invierno tiene sus ventajas. El paisaje de olivos y mar a lo lejos no cuaja con las historias sangrientas de la dinastía de Atreo. De la boca de Elena, hijos, esposas, madres y padres se violan, decapitan, envenenan, se odian, envidian, codician, se hartan, atosigan, enferman entre sí. Atreo degüella a sus sobrinos y se los sirve de comer a su hermano; Clitemnestra asesina a su esposo, Agamenón, a su regreso de Troya; Orestes apuñala a Clitemnestra para vengarse de su padre, y así sucesivamente.
Si en cada centímetro del Peloponeso hay un mito, en Micenas se duplican, solo por su escándalo. Micenas reino de la dinastía maldita. Me resguardo de la garúa finita en una especie de tumba monumental. Pregunto a mis compañeros turistas por certezas vaporosas. Aquí mito y verdad no se distinguen. Puede que Zeus, puede que Perseo, puede que Hades hayan existido.
Volvemos al bus. De camino a Olimpia paramos en Epidauro, teatro antiguo del siglo VI ac, Un brasilero se pone en el medio con una especie de teléfono celular parlante. Los Guns N' Roses suenan. Refreno asociaciones inoportunas y trato de que no se me caiga la mandíbula. Las ocurrencias de la gente a veces me descomponen. La acústica del lugar falla. O la tecnología ultra moderna no se acopla bien a los templos griegos antiguos porque Paradise City no explota entre las gradas. Muy al contrario, se arrastra bajito. La guía corre al brasilero y nos invita/exhorta a distribuirnos por el koilon, lo más lejos y alto posible. Solo respira. Escuchamos su respiración que se amplía. Para subrayar la acústica y olvidar los Guns, acude a los nombres de Katina Paxinou y Maria Callas. Ellas cantaron acá y en su mueca hay algo de orgullo nacional. No sé. El uruguayo me pone al tanto de la trágica vida de Callas. Googleo. Pena por los males de amores. Agradezco que el brasilero no haya probado la acúsitca con November Rain y me apuro a ir al baño. El conductor está a punto de empezar el recuento para arrancar el motor.


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En Olimpia, imagino pequeños hombres, competiciones de desnudos y descalzos, mujeres siempre apartadas salvo para encender la antorcha, una sacerdotisa y un espejo cóncavo. Del santuario de Zeus queda el nombre y su perímetro. La estatua, considerada una maravilla del mundo antiguo, fue demolida por un terremoto.
La guía del tour indica: -Todos los grandes griegos estuvieron en Olimpia, dicen que Tales de Mileto murió de insolación-, y una vez más insiste en la fortuna y los beneficios de visitar a Grecia en invierno. No sé si se trata de una estrategia de marketing, o de consuelo. Mientras, el cielo vuelve a nublarse y nos preparamos para otra lluvia más, dejando pasar los datos escalofriantes, los picos de presión solar que nos hemos evitado, las colas infinitas de gente, los cielos azules despejados que nadie se atreve a mencionar.
En el museo observamos restos de cascos, pequeños tesoros, amuletos, croquis, maquetas. Las esculturas: perfectas y canónicas. El Hermes con el niño Dioniso de Praxíteles se encuentra solo en una sala. La luz tenue, el blanco del mármol blanco reposa en un  equilibrio anatómico, perfecto. No hay nada egipcio en la escultura, no hay rigidez en los gestos, ni en la pose. Hay una mano que suave amarra, músculos atléticos, sensibilidad interrumpida, o eso me parece.
Elena nos informa: -No hay representaciones defectuosas, no hay feos en la Grecia helénica-. Hay ideales de hombres fuertes, mujeres de proporciones geométricamente calculadas, valores que ordenan las pasiones de la carne, bestias encerradas en laberintos remotos.
Afuera almorzamos, repartimos naranjas, nos apuramos a seguir el recorrido. Cruzamos el puente Rion-Antirion -280.000 metros cúbicos de hormigón, 70.000 toneladas de acero, 23.000 toneladas de construcción metálica y más de 2 kilómetros de largo-, y pisamos Grecia continental. La Batalla de Lepanto, Cervantes, la liga santa y el imperio turco-otomano, todos son evocados en el colectivo. Mis compañeros de viaje se pierden en el paisaje del mar Jónico y los mares de olivos que se extienden al costado de la ruta. Del monte Parnaso, vemos el Oráculo y el Santuario de Apolo. Delfos es un pueblo que apenas contiene 50 viviendas. Nos alojamos en una.
Salgo a correr en la montaña. Sigo la ruta que es el único camino.
Nos sirven sopa de lentejas. Exploto de felicidad por una legumbre y un plato caliente. El hotel tiene las paredes cubiertas de madera. Todo es viejo y parece de la tía abuela. Apago el velador y sueño con mármoles preñados.

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Pido predicciones en el templo de Apolo. Será el momento en que intervendrán los dioses[5]. Las respuestas son tan crípticas como mis preguntas. Una caja de Pandora que se abre, la manzana de Eva que gira sobre su propio eje, mujeres que bailan entre mantos de lino.
Del templo me llevo hojas de olivo y de laurel. Dafne queda oculta entre las ramas doradas. Siempre vienen los dioses. Bajarán. La persecución amorosa y el idilio, todo junto, lo conservo como amuleto en el bolsillo del pantalón. Todo junto concentrado en moléculas de verde opaco y cochinillas. Aún así, aún parasitadas, me digo: -Un hechizo puede suceder, solo hace falta fe. Más vale conservar clorofila autóctona. Nunca se sabe-.
Entre Delfos y Kalambaka, 240 kilómetros rumbo noroeste, la guía nos interna en la batalla de las Termópilas. Siempre vienen los dioses. Bajarán / de sus máquinas y salvarán a unos / y a otros los eliminarán a la fuerza. Luchar por una causa justa pero perdida. 300 espartanos esperando al ejército persa para frenar la invasión. El general Leónidas dirigiendo un pueblo de guerreros. La guía enfatiza: -A los espartanos, la vida no les pertenecía. Su vida pertenecía a Esparta. El espartano no tenía casa. Tenía cuartel-, lo dice todo junto, sin tomar aire, y agrega: -A los siete años, los niños varones eran entregados por sus madres a la ciudad, y la madre en ese tiempo, debía asegurarse de la enseñanza de su hijo. El niño debía: comerlo todo, no tener asco y no tener miedo a la oscuridad-. Yo tiemblo y trato contener la precipitación de empatías absurdas.
Y cuando implanten su orden / se retirarán. Hazañas épicas. Estrategias del deseo y de la guerra. Una malformación: Efialtes de Tesalia que traiciona. Yo que no me canso de escuchar historias de mitos y batallas antiguas. Alguien que cuenta y deja atrás tierras, paisajes, curvas. Los espartanos no tienen casa. Pero sí, un lugar al que volver.
En el medio de los relatos, la noche viene rápido. También la nieve.
Al llegar a Kalambaka el grupo está tenso del frío. En el comedor del hotel, converso con los demás. Fantaseo con la Posada de Almayer o el Sanatorio Internacional Berghof[6]. Luego de tres días de convivencia todos podríamos empezar a tener nuestras curas de reposo en ligeras tumbonas. No digo nada. Pero algo del espíritu anacoreta circula entre los pasillos del lugar. Me refugio en el único lugar que conozco, que es también un lugar al que volver y es una casa.
 -Y luego este o aquel / harán lo que les toca y, con el tiempo, los demás, / lo suyo. Y de nuevo volveremos a empezar.

                *
Meteora significa: suspendido en el cielo, suspendido en el aire.
Rocas inmensas cortadas como con cincel en el medio de la nada. No son montañas por las que uno asciende. Son rocas sobre las que uno, con algo de fortuna, puede pararse.
Encima de algunas rocas, impresionan algunos monasterios cristianos ortodoxos construidos entre el XIV y el XVI. Llegar a los monasterios, no es tarea fácil. Tal vez por ello, fueron utilizados como refugios por muchos que escapan de la guerra.
De los 24 originales, hoy solo quedan seis. Los que sobrevivieron a los bombardeos de la segunda guerra mundial. Los que luego de 1960, volvieron a poblarse.
Al ingresar al Monasterio de Agios Stefanos, o a cualquiera de los monasterios, las mujeres deben vestirse con faldas largas. Si no traés, hay una hilera de polleras para uso de las turistas. Una tela rectangular con una tira sirve de prenda. Al ponérmela encima de mi pantalón, tomo plena conciencia del acto y me sumo en una especie de dimensión vaporosa.
Dos gatos, ambos con pares de ojos de distintos colores, me siguen los pasos al interior del templo. Estoy distraída. Escucho a la guía con pereza. Es mi último día de escucha pasiva, me digo para alentarme. Observamos los techos pintados con profecías del antiguo testamento. Algo de El Bosco tienen: las figuras milimétricamente dibujadas, los monstruos diminutos, la finita pero inabarcable trama que se arma entre los distintos planos del espacio. Incluso más, tres estados diferenciados: El jardín del Edén, El jardín de las Delicias, El Infierno.
Me transporto hacia afuera. Quiero cielo, frío, ese mismo aire que circula. Aprovecho que el grupo se entretiene todavía un rato más y Elena sigue hablando. Me saco la pollera como si cometiera un pecado y para no dar lugar al acto de contrición, apuro el paso. El chofer me ve irme y me grita entre humitos que en 15 minutos nos vamos. Apunto el reloj.
Registro cada curva de las piedras. El descenso de la presión atmosférica. Hoy es 21 de enero de 2017. Respiro. Ahora pasará esto y después aquello; / y más tarde, en un año o dos, según creo, / tales serán los hechos, tales serán las maneras. / No pensemos en lo que aún más lejos nos espera.
Quisiera. Ahora es nunca[7].
Calculo la intensidad de la luz. La apertura del diafragma. La velocidad de obturación.
Registro anacoreta.
Rehabilitación de la contemplación.
Pulso incipiente. Manos que duelen del frío. Agujas del reloj marchando.
Vuelvo a mi asiento. Al mismo de hace tres días.
Pido que el camino, todavía, sea largo.
Que muchas sean las mañanas. Tengo a Itaca en mi mente. Llegar allí.
Regulo la respiración como un animal enjaulado.  No apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla. Un mapa que se hace y deshace en el tiempo. Rico de cuanto te dio el camino / sin esperar nada de Itaca.
   Elena toma el micrófono de nuevo. Habla esta vez del feroz azul, recostándose en la orilla pagana.
Creo que Elena habla. De Itaca no. Habla del azul feroz. Desde lejos, habla. El colectivo avanza. Mañana será domingo. El lunes retomaré el trabajo (por el que me han enviado a Grecia) y mi Itaca volverá a alejarse, como una ilusión de los días largos de verano.






[1] La Ciudad. Cavafis
[2] Itaca. Cavafis
[3] Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Murakami
[4] Océano mar. Baricco
[5] La intervención de los dioses. Cavafis
[6] La montaña mágica. Mann.
[7] Las grandes palabras. PIzarnik.

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