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miércoles, 17 de abril de 2013

Odas de mayo


Esperé toda la tarde,
ese martes frío de mayo.
Tenía una campera gris y un cigarrillo
ocupando la mano.

Estaba sentada en una cubierta
a medias deshilachada
Tenía una cámara y un cuaderno,
lista para enmascarar el fracaso cotidiano:

El paisaje humalo que se repite a sí mismo,
como si en la pegajosa ilusión acústica
del propio eco 
se pudiera desenterrar alguna fósil-respuesta

<<las mismas calles, los mismos barrios, las mismas casas>>*

Esperé que algo,
por una vez, algo
pasara.

Faltó el punto, la musiquita, la palabra...
Aunque yo tenía miles envueltas en papel de diario
en papel celofán, en papel crepé:
ninguna era de nadie.

Así y todo, quedaba rezagado
ahí llegando, ese capricho moderno
que alguien me había vendido
y que yo -faltaba más- había comprado.

Así y todo, quedaban todavía mis derechos
de <<consumidor final>>**,
de último eslabón
de la cadena alimentaria.

Quedaban, mis ganas
de chillar hasta el hartazgo:
¡Aquí estoy yo, tengo un nombre, una piel, un deseo!
<<¡quiero una oportunidad, un destino para mí exclusivamente!>>***,

Vi mi sombra tan cautiva como mis pies
llevándola a cuestas,
a la rastra, se lleva a la sombra brava
a veces más sísífa, otras más gollumiana.

¡Aquí estoy yo, tengo un nombre, una piel, un deseo!
Yo, aquí.
Esa predilección absurda por precipitarme hacia lo irrevocable,
¿de dónde vendrá?

Pasó la tarde,
sin chistar siquiera.

Por fin, el sol se puso
y la sombra se transformó en noche
y el silencio se transformó en una parva
de ladridos bien domésticos, 
bien silvestres

En medio de la oscuridad
un escarabajo se acomodó en mi rodilla
Miré su manso temblor
y al cabo de un rato,
como para darnos un poco de ánimo,
le dije:
Gregor, seremos dos
chillando la noche entera
hasta que alguien nos abra la puerta,
hasta que el sol salga
y nos tome por sorpresa
nos tome, al menos, como un minúsculo punto
de irreferencia.


Notas.
*Cavafis La Ciudad
** Mairal Consumidor Final
*** Giannuzzi Ensayo de lamento individual

jueves, 15 de mayo de 2008

Soldadito de plomo

El barquito de papel de diario
con muchas letras desparejas,
de arriba abajo, de abajo a arriba
de cursiva a negrita,
a borrosa, a inquieta entre los charcos.

Tiraste el barquito, mientras yo miraba
desde la otra orilla
Dijiste: “- que te garúe finito”,
te diste media vuelta
y me diste tu espalda
encorvada.

Yo, en cuclillas, esperaba,
la algarabía de palabras estallara
para después hundirse
en el verde chaparrón de una calle
cualquiera.