Y ojalá pueda obligarme a ser un cazador de lo bello y que nunca se me escape nada | Thoreau
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lunes, 29 de junio de 2015
lunes, 17 de noviembre de 2014
Umbilical
A mi novio le gustaba escarbarme el ombligo. No
sé de dónde había sacado esa manía, si de la pérdida misteriosa de su cordón
umbilical o de la mala cicatrización que hizo que él tuviera un colgajo de piel
alrededor del nudo. A mí me parecía simpático pero él se ponía huraño cada vez
que yo se lo tocaba. En cambio, podía pasarse horas sumergido en mi panza.
Decía que los ombligos, en general, encerraban todos los misterios de nuestra
vida pasada y futura. Y el mío, en particular, me auguraba una vida prodigiosa,
llena de curvas y de arrugas. Para él, la quiromancia era un arte primitivo.
Inútil. Ni que hablar de la lectura de las borras del café. “No saben nada”,
solía exclamar indignado cuando recibíamos algún folletín de propaganda.
“El ombligo, el ombligo es nuestro principio y
nuestro final. Igual que nuestra cara, que no hay una cara igual a la otra, así
el ombligo”. Los días antes de que termináramos recuerdo que se quedaba
hipnotizado, mirando mi centro con furia, como si algo ahí le estuviera hablando,
increpándole reproches, que yo nunca le hacía. Una mañana, ya celosa de todo lo
que sucedía sin yo saberlo ni tener ningún tipo de participación, entre mi novio
y mi ombligo, agarré mis cosas y me fui de su casa, no sin antes dejarle varias
fotos de mis manos acariciando mi panza.
jueves, 30 de octubre de 2014
domingo, 8 de junio de 2014
Las formas perfectas
Nunca me gustó vivir o lo que la gente llama vivir. Sí, así en cursiva refleja mejor
ese lirismo tan patético que la gente le imprime cuando te dice: “a la vida hay
que vivirla”. Cada vez que escucho a las personas replegarse como ejércitos a
sus listas en esa cancioncita me da como calambre y los oídos se me ponen mal,
como si escuchara el ruido que producen los cubiertos al rayar un plato.
En sentido estricto, desde que entré en la
adolescencia odié la vida. La odié porque nunca funciona como se supone que
tiene que funcionar. Como uno espera que funcione, lógicamente hablando. Por
eso me dediqué a diseñar cubículos perfectos en mi mente. Verán, uno arma ideas
de la vida o de cómo quiere que se desarrolle una secuencia de eventos, pero en
sí, la vida, esa cosa que pasa a través y a pesar de nosotros, siempre hace lo
quiere. ¿Qué es la vida sino la absurda suposición de eventos fortuitos en los
que uno pretende tener un poco de protagonismo?
Cuando era chico siempre me fascinaron los
juegos de ingenio. Del mismo modo que adoraba la lógica, despreciaba cualquier
juego de azar. Esas partidas de cartas o de dados que nada tienen que ver con
el ejercicio, con la disciplina mental, con el sutil equilibrio que emplea, por
ejemplo, un ajedrecista al contemplar las infinitas posibilidades de una
jugada en su sola mente hasta decidirse por un movimiento. Un auténtico gesto
de la voluntad individual, expresado en un único desplazamiento de la mano en
el espacio. Jaque. Esa era mi especialidad. Ganaba todas las olimpíadas y
campeonatos de ajedrez, era el mejor del barrio, y el mejor de la ciudad para
mi edad.
sábado, 2 de noviembre de 2013
La invención del principio
Colgar los botines
para empezar otra vez
descalza
desde el hueco
de mi arco,
respiro clorofila.
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