Tengo mi torre
conquistada desde hace mucho
y, todavía me duele el marfil
de tus colmillos
en las manos del teclado.
Y ojalá pueda obligarme a ser un cazador de lo bello y que nunca se me escape nada | Thoreau
jueves, 2 de junio de 2011
viernes, 22 de abril de 2011
sábado, 9 de abril de 2011
Pirómana
Inauguré una pequeña fiesta íntima
hoy por la tarde.
Mientras esperaba que el ritual se imponga
sobre la mesa patas arriba
bajé las persianas y golpeteé
con ritmo canino los tambores.
En mi fiesta no había globos ni maracas ni matracas.
Había, en cambio, un fanal color naranja incandescente
y una discreta vela incorporada.
No había un centro de la fiesta
ni un afuera. Es más, hasta podría decir que nunca existió tal fiesta.
Inauguré un incipiente crematorio de ideas,
hoy por la tarde.
Les puse una moneda sobre los ojos,
tal como a vos te hubiese gustado.
Se te veía bien en el fuego
caliente. Podía sentir tu olor
de carne al rojo vivo y pelo rostizado,
la digestión del semen acuoso entre las llamitas azuladas.
Tiré otro par de recuerdos con más monedas,
monedas de cobre y de plata.
Quería decir algo, el momento parecía exigir que diga algo,
pero nada salió de mi boca retorcida, de mi lengua media anestisiada y retardada. Esperé. Creí que valía la pena esperar
¿qué otra cosa podía hacer?
Era temprano, siempre es temprano para acabar
con lo que se quiere.
Miré hacia un lado y hacia otro,
como si tuviera a alguien a quien engañar
son hábitos que conservo hasta estando sola.
Disimulo para unos cuantos ojos
que tengo en mi nuca.
Tiré esos ojos también.
Les puse un par de monedas y antes de soplar,
me froté las manos un rato
mientras me acordaba de mis deseos,
los tiré encima -sin monedas
para no causar ambivalencia entre los rituales-.
Sentí mucha pena cuando me levanté
para abrir la ventana. La vela se apagó sola.
Yo me quedé de negro,
pensando en si todo eso sería real
en su eficacia.
Después sentí miedo.
hoy por la tarde.
Mientras esperaba que el ritual se imponga
sobre la mesa patas arriba
bajé las persianas y golpeteé
con ritmo canino los tambores.
En mi fiesta no había globos ni maracas ni matracas.
Había, en cambio, un fanal color naranja incandescente
y una discreta vela incorporada.
No había un centro de la fiesta
ni un afuera. Es más, hasta podría decir que nunca existió tal fiesta.
Inauguré un incipiente crematorio de ideas,
hoy por la tarde.
Les puse una moneda sobre los ojos,
tal como a vos te hubiese gustado.
Se te veía bien en el fuego
caliente. Podía sentir tu olor
de carne al rojo vivo y pelo rostizado,
la digestión del semen acuoso entre las llamitas azuladas.
Tiré otro par de recuerdos con más monedas,
monedas de cobre y de plata.
Quería decir algo, el momento parecía exigir que diga algo,
pero nada salió de mi boca retorcida, de mi lengua media anestisiada y retardada. Esperé. Creí que valía la pena esperar
¿qué otra cosa podía hacer?
Era temprano, siempre es temprano para acabar
con lo que se quiere.
Miré hacia un lado y hacia otro,
como si tuviera a alguien a quien engañar
son hábitos que conservo hasta estando sola.
Disimulo para unos cuantos ojos
que tengo en mi nuca.
Tiré esos ojos también.
Les puse un par de monedas y antes de soplar,
me froté las manos un rato
mientras me acordaba de mis deseos,
los tiré encima -sin monedas
para no causar ambivalencia entre los rituales-.
Sentí mucha pena cuando me levanté
para abrir la ventana. La vela se apagó sola.
Yo me quedé de negro,
pensando en si todo eso sería real
en su eficacia.
Después sentí miedo.
miércoles, 23 de marzo de 2011
El mundo abajo
Nunca te conté lo mucho que me
gustan las tormentas. No te conté muchas cosas pero esa, creo, es algo
memorable. El gusto por las tormentas. Capaz que si te lo hubiese
contado ahora te estarías acordando de mi primera persona del singular.
Capaz. Al menos, podría pensar que capaz, con la excusa de la tormenta
interviniendo a mi favor, te estarías acordando. Yo me acuerdo de vos,
sin necesitar la mediación de ninguna excusa. Así de simple. No es que
sea una elección libre. No lo es. El filtro mental está agujerado, eso
sí es. Todo se ha vuelto muy explícito en mi cabeza y ninguna idea se
ruboriza al colarse sin golpear la puerta. Simbólica puerta, claro está.
martes, 8 de marzo de 2011
domingo, 27 de febrero de 2011
sábado, 26 de febrero de 2011
Güerita
1.
Aterricé un jueves a la madrugada en Buenos Aires. Después de andar viajando más de un mes con la mochila a cuestas, adentro mío, sabía que poco me esperaba. Algunas amigas, una familia, un trabajo y un par de entretenimientos informales. Recordé las palabras que varios de mis viajeros conocidos, incluyéndome a mí misma, habían leído en el transcurso de esos días: Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón, decía don Juan en el libro de Castaneda.
2.
Abrí el libro en mis últimos días en Buenos Aires. Lo cerré, ya a mitad del viaje, en la playa de Mazunte, sobre el Pacífico. Esa noche, había fiesta en el pueblo. Como en todos los pueblos de México hay fiestas por cualquier motivo en cualquier momento. Esa noche, estaba sola en una fiesta ajena a la que sí había sido invitada.
3.
Me acordé de la primera parte de un poema de Juarroz: A veces parece que estamos en el centro de la fiesta. Sin embargo en el centro de la fiesta no hay nadie. En el centro de la fiesta está el vacío. No me acordé de la parte que seguía y que era también la última parte: Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.
4.
Ese día y esa noche estuve sola. Kilómetros y más kilómetros me separaban de lo más o menos conocido o, más o menos cotidiano. Y aún así, la memoria venía conmigo, mi querido caracol enroscado. Atento, con antenas despiertas, para señalarme ese cálculo de distancia, para reconocer el acento argentino en la primera palabra que escuchara, para recordarme (sólo de vez en cuando) que yo era un gusano con vivienda rodante inalámbrica.
5.
En Mazunte, a diferencia de todos los pueblos y ciudades en los que había estado, no me relacioné con nadie. Quiero decir, no me entretuve con nadie, no conocí a nadie, apenas sí intercambie un par de palabras con el dueño de un bar que simpáticamente me obsequió con un café mientras dibujaba y otro par de ingleses que me rescataron de la Punta cometa donde infructuosamente buscaba un hostel en plena madrugada.
6.
Así que esa noche había una fiesta y para mí en el centro de la fiesta sólo había lugar para un vacío y no para otra fiesta. Fue un vacío tranquilo, de olas bajas, de mar estrellado y arena entre los pies. De escribir y espantar picaduras de mosquitos, alternativamente y por partes iguales. De terminar el libro de Castaneda y empezar a leer a Don Octavio y su laberinto de la soledad.
7.
Antes de Mazunte, hubo otras playas y otros lugares. Uno más lindo que el otro. Alguien me dijo que la naturaleza humana en Méjico era hostil, puede que sea así, pero no fue así mi experiencia. La naturaleza humana de Méjico cambia en cada región, no es lo mismo Oaxaca que Yucatán que Veracruz que el Distrito o que Guanajuato ni menos que menos que Chiapas.
8.
Recorrí mucho. Había días donde ante la simple pregunta de "-¿de dónde venís?" empezaba a tartamudear, media mareada, intentando ubicarme en el mapa. Recorrí con amigos viejos y con amigos nuevos. Acompañada casi siempre.
9.
Viajar sola fue toda una experiencia, porque en verdad salvo en Mazunte, no estuve en otro momento sola. Y la naturaleza humana sí que me sorprendió. Amable, abierta, confiada, dispuesta, macanuda. El 99% de las personas que conocí así se comportaron. Y eso fue algo maravilloso. Además de la grandeza de las ruinas de Teotihuacán, las iglesias de Puebla, los locales abarrotados de plata en Taxco, las playas de Tulúm, los corales de Cozumel, el turismo de Chichen Itzá, las callecitas cosmopolitas de San Cristobal de las Casas, los petardos de San Juan Chamula y su iglesia vestida de santos y velas, desnuda de sacerdotes, además del inmenso verde en la selva de Palenque, además de Méjico mismo, la naturaleza humana me maravilló.
10.
Charlé con argentinos, uruguayos, españoles, chilenos, alemanes, australianos, canadienses, franceses, ingleses, coreanos, por supuesto, mejicanos.
11.
Tuve dificultades para entenderme con los guías, a veces tenía la impresión que hablarles en inglés, francés o español era exactamente lo mismo. Las dificultades del lenguaje barroco. Ahorita, ahorita, la mayoría de la veces significaba nunca o el olvido. Tratar de verificar algún tipo de verdad histórica del pueblo maya o del pueblo azteca no llevaba más que descréditos continuos de la información, a confusiones, a malentendidos, a disgregaciones. Total que daba lo mismo enunciar que los mayas creían en la muerte y la resurrección del sol que decir que creían en los ovnis, todo dependía de con quién hablaras.
12.
Mientras duró el viaje pensé en varias cuestiones sin llegar a ningún punto en claro. Como siempre que pienso en abstracto sobre cuestiones generales del qué quiero y qué me gustaría y qué macana me mande y qué macana se mandaron los otros y qué del trabajo y qué de la vida. Esa cosa que cuanto más la pensamos más extraña y lejana se vuelve.
13.
Por muchos momentos me olvide de mí, de quién era o qué hacía o qué quería. Estaba. Camuflada en el medio del paisaje en el que estaba. Como las iguanas de la Isla Holbox, al sol con mi sangre fría. Percatarme de este olvido fue algo grato. Ni siquiera yo estoy siempre conmigo.
14.
Admiré el maguey: su pulpa y su carne desinhibida. Aunque, por supuesto, tuve mucho cuidado de no probar el pulque ni el mezcal por más ofrecimientos gentiles que tuve. Si tome un vasito de tequila fue sólo por cierto sentimiento de despecho al que enseguida se le sumo una cuota de miedo hipotalámico y otro interés de culpa estomacal. Desde los 22 y luego de una borrachera infernal, había jurado no volver a probar el tequila.
15.
Me enamoré de Polanco, de sus callecitas o, más precisamente, del nombre de sus callecitas. Llegar a Méjico y decir, estoy parando en Petrarca y Horacio es un lujo que le debo a una de mis mejores amigas. Nos encontramos en Homero y Arquímedes o pedir referencia de un lugar y que te respondan "- Cruzando Aristóteles a la izquierda", era como estar metida en un cuento surrealista plagado de nombres conocidos. Newton, Poe, Galileo, Moliére, Platón, Calderón de la Barca, Hegel, Schiller, Cicerón, Virgilio, Lope de Vega y por ahí seguía la lista.
16.
A la gente en Méjico le gusta el bochinche, el ruido, los sonidos, los gritos y las mezclas exóticas y algo bizarras que no dejaron de anonadarme en mis treinta y pico días de visitante. Ni bien pisé el zócalo del distrito, instalada en el medio del zócalo, una inmensa pista de patinaje invitaba a los autóctonos a conocer el hielo que nunca verían. Entre la catedral hundida, la arquitectura colonial, los restos del templo mayor de origen mexica, los adornos navideños llenos de colores colgando de los balcones, un mejicano disfrazado de indígena bailando algo así como un danza tradicional que no lo era, la imitación de Michael Jackson en la otra esquina, los olores, los olores penetrantes de cocina picante, y la pista de patinaje más el plus de un improvisado rincón para armar muñecos de hielo, no podían pasar desapercibidos para ningún turista que pisara el centro histórico. La mezcla. El hibrido.
17.
En cada zócalo de cada pueblo había música en alguna hora del día. Marimbas, mariachis, orquestas del lugar o bandas de extranjeros, baladas, acordeones. Y en donde, por mera casualidad circunstancial, uno no encontraba música encontraba ruidos, petardos a toda velocidad que te hacían dar un respingo y dar vuelta la cabeza.
En el desierto o en la montaña había silencio.
18.
La fotografía más colorida de todo Méjico estaba en los mercados, repletos de gente y de mercancía, de olores a carne, a pescado, a frutas y verduras, a cuero marrón y a cuero negro, a dulces y cocadas. A frituras, a sandalias, a mimbre.
19.
Por más que aclarara y aclarara que no quería frijoles en las comidas los mejicanos insistían tanto en frijol como en el picante. Aprendí también que el picante no es un sabor sino una sensación que excita o anula el gusto, según el paladar de cada quien.
20.
Nunca aprendí a distinguir muy bien cuál era la diferencia entre los tacos, las tlayudas, las enchiladas, las quesadillas salvo la forma y nunca entendí tampoco porqué decían que la gastronomía de Méjico era supervariada, diversa, heterogénea. Volví convencida de que sin tortillas de maíz no habría gastronomía méxica, sin que esto le quite crédito a los ricos platos de los que me fui haciendo en el trayecto.
21.
Caminé, caminé mucho. Conocí, comí, saboree, bailé, recorrí, nade, snorkee, corrí, dormí. Extrañe poco.
22.
Volví a mi ciudad, la que es "mía" por ahora. Me conecté con las novedades del ambiente. Celebré la salida de la revista de Orsai con el cuento de Villoro trayéndome a Méjico de vuelta, pero ahora entre las manos, impreso en otras hojas distintas a las de Castaneda o las de Paz. Desarmé la mochila, y mientras sacaba todas las pertenencias dispersas, sucias, los regalos, los libros, pensé en esa frase de Don Juan, en esos caminos y en los inconvenientes y convenientes de perseguir esos caminos.
23.
Bajé al mercadito desesperada por conseguir un aguacate, el vicio recientemente adquirido. Mientras masticaba una galletita con guacamole, masticaba mi viaje, masticaba letras y palabras y fotografías capturadas, masticaba también mi oxígeno limpio. Dejé de lado las postales de la Catrina de José Posada y me puse hacer esta radiografía, así salió, y este bien podría ser el principio y no el final, tal como parece.
sábado, 19 de febrero de 2011
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Memorias del elefante azul en el disco de petri
1.
Un elefante azul se balancea sobre la telaraña. La luna está blanca y está arriba. Cuando me baño, desde la ventana, veo la luna y también, su reflejo en los ojos del elefante. A veces, siento frío.
2.
El elefante mira la luna, complacido en su intimidad, como si la conociera, como si le hablara de vez en cuando. Señala con su trompa los asteroides caídos y guarda en la memoria el espacio a evitar. Nadie quiere accidentes y el elefante ama a sus crías aunque no las tenga.
3.
La araña se enreda, se pegotea. Está hecha para eso, su tejido de seda morado. Quiere un elefante y también quiere una presa. Quiere hipnotizar su presa pero no quiere perder la trama.
4.
La hipnosis es sueño acromático donde me encargo de pulir mis bordes. Esculpo figuras mitológicas para no sentirme sola. Una colección de centauros, unicornios, grifos e hipocampos hamacándose en las esquinas de mi silencio.
5.
Ahí, justo donde empiezan las puntillas del silencio, las estatuas se congelan. Ahí, no hay monedas que alienten el movimiento. Ahí, sólo hay poses (aunque dependiendo del ánimo y del ojo, puedan verse muy tiernas).
6.
No tallo ningún caballito de Troya. No soy buena para ganar guerras. Y últimamente, ni siquiera soy buena para hacerlas. No hay combate en mi pampa gris oscura, hay temblor debajo de la tierra. Hay temor en la tierra.
7.
Te haré ver el miedo en un puñado de polvo. T. S. Eliot. "-Lo veo, mi capitán, lo veo", le digo.
8.
Algunas tardes, hay tormentas de polvo y sequía. Grietas y gritos donde se cuelan frases rotas de poesía como santarritas silvestres. Voces que resuenan en los pliegues y telas, como ecos extraviados por algún viajero abstraído.
9.
Me tiro un rato en la telaraña, a la sombra de la siesta. A mis costados, el río y sus nombres me vaivenean: dice Paraná, dice Uruguay, dice de la Plata. Puedo cerrar los ojos en el agua dulce, el agua amarronada, el aguaverde, el aguaviva. No hay sal, ni mar muerto en esta isla, hay algo así como un rumor que me viene en la corriente.
10.
Me gusta irme cuando escribo como si acaso no estuviera. No atenerme a ninguna base fija. A ninguna lógica en principio, por principios. Aunque después vuelva para encontrarle la forma a lo que digo. Tallarlo como animal fantástico, como si de amansar a una bestia se tratara.
11.
En el pueblo había domas, de potros negros, de animales sin bozal y sin espuelas. Nunca me gustaron las domas aunque a veces me gustara andar a caballo.
12.
Al llegar la madrugada, el elefante azul toca una musiquita destilada con sus colmillos de marfil blanco, para velar el sueño de las estatuas y su reposo. Tilin tilín tilín para que no despierten.
13.
No hay orfeos ni liras por estos lugares. Sólo existen sus reminiscencias: sonidos huérfanos que se ahogan en la tibieza del río, como corderos degollados naufragando en una red de camalotes.
14.
Mis sueños no son paz. Desconozco la paz, como ciudad próxima a este territorio. En cambio, algo más cerca, puedo hablar de la serena tranquilidad y de la península calma, estados que tanto deseo como temo. Y es bastante sencilla la paradoja ha decir verdad.
15.
Como Rilke, temo que al expulsar mis demonios me abandonen también mis ángeles. Apuro una sonrisa para aplacar los disturbios en mi barrio cosmopolita y sostengo en mis manos, un matrimonio exquisito entre el cielo y el infierno.
M. C. Escher - Cielo e Infierno.
16.
Le temo a la paz porque la desconozco, porque la confundo [con otros estados, con otras emociones, como el tedio o el aburrimiento]. Le temo también por los tintes de mi temperamento. Cierta errata algo notoria. Un fuego calmo. Un fuego que no arda en la orilla.
17.
Las llagas me abren al puerto, que a veces es el mundo. Veo y huelo a través de mis llagas. Percibo a través de mis llagas.
18.
Cuando me canso, aíslo. Cultivo mis células en un disco de petri pulcro, limpio, transparente. Mis virus separados de todo color, conservan cada cual su forma. La selección es ciega y es natural. Vive lo que queda. En la memoria de mi elefante.
19.
El elefante azul es el soberano de mis tierras oníricas. Desde su selva circular, vigila el gramófono y los discos para que ninguno se ralle.
20.
A la noche antes de apagar la luz, le beso el cráneo frío como perla cultivada. Le hablo y le pido que me proteja, azul, en mis sueños.
jueves, 16 de diciembre de 2010
¨
Quiero hablarme
en mis lenguas inventadaspara no olvidarme,
que alguna vez supe fabricar
toda mi voz y todo mi cielo.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
¨
Arden las manos,
arriba del papel.
Tus dibujos se acogotan
mientras pensás
en la raíz cuadrada
de tanto dolor.
arriba del papel.
Tus dibujos se acogotan
mientras pensás
en la raíz cuadrada
de tanto dolor.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Epifanía o mis sueños de despierta
Amanece mojado el pecho,
un ojo tuerto cae
rodando hasta los pies
La visión opacada en el caminar
ambulatorio -de acá a allá
de allá a acá-: un viacrucis conocido
que no conduce a ningún lado
en el medio
las rodillas también caen
flexionadas en un desierto
donde las marías se fusilan entre sí
frente a un paredón desnudo.
El viento sopla y entierra los mantos,
manchados en sangre
los rostros manchados en tierra
nadie resucita, nadie intercede, nadie salva a nadie
mi amor
y el paraíso no es más que la fuga
diáspora
de recuerdos hacia el exilio
donde todo pan y todo pez
se desintegran.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Coordenadas cartesianas
No
no me levanté descalza hoy
para ver el sol
solo en lo alto
Las alturas son solitarias
quería decirle, tirarle un guiño,
y sacarme los tacos de agujas
prendidos en el talón
Las hebillas enganchadas
acá y allá en el pelo
y el tobillo, sosteniendo un par de ideas
pegadas como tatuajes en la piel de iguana
De reptil trepador,
mis piernas subiendo caderas estériles
exuberantes de pura precariedad olvidada
en un conveniente desliz mojado
No
no me levanté descalza,
ni fresca. No me levanté hoy
de ningún lado
Vi el sol, sí que lo vi
en lo alto y un poco lejos
de mi resto humano inerte
tirado en algún lugar z
entre la abscisa y la ordenada
definiendo un punto de origen
que no me pertenece
pero que tampoco me es ajeno
Cerré los ojos y,
por todo sentimiento de contrariedad inútil,
marqué yo, un punto
negro, chino, en mi hora preferida.
no me levanté descalza hoy
para ver el sol
solo en lo alto
Las alturas son solitarias
quería decirle, tirarle un guiño,
y sacarme los tacos de agujas
prendidos en el talón
Las hebillas enganchadas
acá y allá en el pelo
y el tobillo, sosteniendo un par de ideas
pegadas como tatuajes en la piel de iguana
De reptil trepador,
mis piernas subiendo caderas estériles
exuberantes de pura precariedad olvidada
en un conveniente desliz mojado
No
no me levanté descalza,
ni fresca. No me levanté hoy
de ningún lado
Vi el sol, sí que lo vi
en lo alto y un poco lejos
de mi resto humano inerte
tirado en algún lugar z
entre la abscisa y la ordenada
definiendo un punto de origen
que no me pertenece
pero que tampoco me es ajeno
Cerré los ojos y,
por todo sentimiento de contrariedad inútil,
marqué yo, un punto
negro, chino, en mi hora preferida.
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