Y ojalá pueda obligarme a ser un cazador de lo bello y que nunca se me escape nada | Thoreau
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viernes, 9 de diciembre de 2016
miércoles, 2 de diciembre de 2015
domingo, 15 de marzo de 2015
Lobo está
Quiero que despierten. Quiero despertarlos y
decirles que papá no va a venir. Que papá no va a traer ningún salvavidas color
anaranjado. Que papá no existe. Que papá es una bella palabra y un lindo
invento que hasta a veces viene vestido de blanco pero que la palabra pero que
los inventos no son reales.
- ¿Que no son reales?
- Que son un deseo
- ¿Que son un deseo?
- Que son una tela que tapa los ojos
- Juguemos al gallito ciego
Que al miedo se le soltó la cadena y anda
suelto. Que hay que agarrarlo del pescuezo y acogotarlo
- ¿Al gallito? ¿Al ciego?
- Juguemos al lobo no está
Que hay que agarrarlo de la cola. No, de los
dientes. Y es que el lobo está tan viejo que ni dientes tiene. Pero igual
muerde. Que aúlla. Y los veo, que el miedo ya los agarra y se los lleva. A mis
hermanos. Y quiero despertarme. Y quiero correr tras ellos. Quiero abrazarlos.
Pero papá no existe y el miedo está suelto y yo ando sola. Y sueño.
martes, 2 de diciembre de 2014
Epistolario
Querido abuelo:
Hoy volví a usar mis uñas. Sé que te había
prometido controlarme. Lo sé, lo sé, lo sé. Pero lo tendrías que haber visto abuelo,
si vos hubieses estado, seguro que hubieses entendido. Vino de nuevo, vestido
de negro, arrastrando unos harapos que se sacudían como la sombra de las
cortinas en las tardes de tormenta. Y yo tenía tanto miedo, tanto miedo que
quería despertarme y salir de la cueva, y tomar agua para tranquilizarme como
vos me enseñaste. Y contar uno, dos, tres, cuatro, cinco hasta diez. Sé que te
lo prometí abuelo. Pero me desperté, al fin, y tenía las uñas clavadas en la
pared, arañando. Y mamá vino corriendo de nuevo, que había estado gritando en
los sueños. Y me dieron uno de esos baños, pero yo no quería, no quería
bañarme, no quería que mamá me toque porque mamá es mala porque ahora que no
estás no sé cómo voy a hacer abuelo. Quería que sepas que intenté controlarme.
Que sé que no tengo que usar las uñas para defenderme. Después mamá se enojó y
se fue con las muñecas con sangre y vino papá y me sacó de la bañadera, y me
envolvió en una toalla, y le dije que te extrañaba que quería que vuelvas y
lloraba. Papá me preparó un té y me dijo que solo era una pesadilla, que tenía
que tranquilizarme como me dice la médica, y respirar pero no podía. ¿Cómo hago
abuelo? ¿Cómo hago? Me gustaría que vuelvas, prometo que nunca más voy a
usarlas. De verdad, esta vez de verdad. Me las volví a cortar y a limar para
que veas que de vedad no lo voy a volver a hacer. Espero que no te enojes. ¿Vas
a perdonarme? Papá dice sí que me perdonás, pero que no vas a volver, que estás
en cielo. Pero yo no quiero. Todavía cuando voy a tu casa quiero entrar y que
estés ahí. El galgo está enfermo. Creo que él también te extraña.
Te quiero,
Paloma
domingo, 3 de marzo de 2013
Lirón despierta
De la sombra a la luz
De lo dormido a lo despierto
El lirón hiberna,
evapora su tiempo crudo
hasta la llegada de los añorados días largos del verano,
del insolente sol quemando
los pelospiel
tirando hacia fuera de la
cueva
Un té
maravilloso
lo
espera. A las 12 en punto
cuando el
hechizo se rompa
y del
sueño despierte.
Abra sus
ojos:
empiece
el día que a veces es la noche
o la
noche que a veces es el día
El sol La luna
luz-brújula
arriba,
el cielo.
Lirón
durmiente
sale del sueño
entra a los mundos:
del derecho y del revés
Atravesar el espejo
es la aventura.
lunes, 13 de junio de 2011
Matriz
1.
Las niñas infértiles
bailan
en el fuego.
2.
Los pies caen
suaves
sobre las brasas:
latidos vírgenes dando vueltas
de carnero
sobre la tierra.
3.
Cruzan el aire
de la esquina
de la calle como si supieran
cruzar un río de espantapájaros
sin siquiera abismarse.
4.
Llevan alas
de púrpura purpurina
acariciando
los sueños vencidos
de cada madre.
5.
Tartamudean un yo incipiente
que tropieza como eco
esquivo
ante el infinito
vuelo encaramado
de las mariposas.
6.
Flotan entre los relojes
apagados con luces en las zapatillas
y cordones desatados.
7.
Alguien les enseña a caminar
y quieren ya correr.
8.
Desde algún ángulo obtuso
mi vientre
eclipsado
las mira.
Las niñas infértiles
bailan
en el fuego.
2.
Los pies caen
suaves
sobre las brasas:
latidos vírgenes dando vueltas
de carnero
sobre la tierra.
3.
Cruzan el aire
de la esquina
de la calle como si supieran
cruzar un río de espantapájaros
sin siquiera abismarse.
4.
Llevan alas
de púrpura purpurina
acariciando
los sueños vencidos
de cada madre.
5.
Tartamudean un yo incipiente
que tropieza como eco
esquivo
ante el infinito
vuelo encaramado
de las mariposas.
6.
Flotan entre los relojes
apagados con luces en las zapatillas
y cordones desatados.
7.
Alguien les enseña a caminar
y quieren ya correr.
8.
Desde algún ángulo obtuso
mi vientre
eclipsado
las mira.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Memorias del elefante azul en el disco de petri
1.
Un elefante azul se balancea sobre la telaraña. La luna está blanca y está arriba. Cuando me baño, desde la ventana, veo la luna y también, su reflejo en los ojos del elefante. A veces, siento frío.
2.
El elefante mira la luna, complacido en su intimidad, como si la conociera, como si le hablara de vez en cuando. Señala con su trompa los asteroides caídos y guarda en la memoria el espacio a evitar. Nadie quiere accidentes y el elefante ama a sus crías aunque no las tenga.
3.
La araña se enreda, se pegotea. Está hecha para eso, su tejido de seda morado. Quiere un elefante y también quiere una presa. Quiere hipnotizar su presa pero no quiere perder la trama.
4.
La hipnosis es sueño acromático donde me encargo de pulir mis bordes. Esculpo figuras mitológicas para no sentirme sola. Una colección de centauros, unicornios, grifos e hipocampos hamacándose en las esquinas de mi silencio.
5.
Ahí, justo donde empiezan las puntillas del silencio, las estatuas se congelan. Ahí, no hay monedas que alienten el movimiento. Ahí, sólo hay poses (aunque dependiendo del ánimo y del ojo, puedan verse muy tiernas).
6.
No tallo ningún caballito de Troya. No soy buena para ganar guerras. Y últimamente, ni siquiera soy buena para hacerlas. No hay combate en mi pampa gris oscura, hay temblor debajo de la tierra. Hay temor en la tierra.
7.
Te haré ver el miedo en un puñado de polvo. T. S. Eliot. "-Lo veo, mi capitán, lo veo", le digo.
8.
Algunas tardes, hay tormentas de polvo y sequía. Grietas y gritos donde se cuelan frases rotas de poesía como santarritas silvestres. Voces que resuenan en los pliegues y telas, como ecos extraviados por algún viajero abstraído.
9.
Me tiro un rato en la telaraña, a la sombra de la siesta. A mis costados, el río y sus nombres me vaivenean: dice Paraná, dice Uruguay, dice de la Plata. Puedo cerrar los ojos en el agua dulce, el agua amarronada, el aguaverde, el aguaviva. No hay sal, ni mar muerto en esta isla, hay algo así como un rumor que me viene en la corriente.
10.
Me gusta irme cuando escribo como si acaso no estuviera. No atenerme a ninguna base fija. A ninguna lógica en principio, por principios. Aunque después vuelva para encontrarle la forma a lo que digo. Tallarlo como animal fantástico, como si de amansar a una bestia se tratara.
11.
En el pueblo había domas, de potros negros, de animales sin bozal y sin espuelas. Nunca me gustaron las domas aunque a veces me gustara andar a caballo.
12.
Al llegar la madrugada, el elefante azul toca una musiquita destilada con sus colmillos de marfil blanco, para velar el sueño de las estatuas y su reposo. Tilin tilín tilín para que no despierten.
13.
No hay orfeos ni liras por estos lugares. Sólo existen sus reminiscencias: sonidos huérfanos que se ahogan en la tibieza del río, como corderos degollados naufragando en una red de camalotes.
14.
Mis sueños no son paz. Desconozco la paz, como ciudad próxima a este territorio. En cambio, algo más cerca, puedo hablar de la serena tranquilidad y de la península calma, estados que tanto deseo como temo. Y es bastante sencilla la paradoja ha decir verdad.
15.
Como Rilke, temo que al expulsar mis demonios me abandonen también mis ángeles. Apuro una sonrisa para aplacar los disturbios en mi barrio cosmopolita y sostengo en mis manos, un matrimonio exquisito entre el cielo y el infierno.
M. C. Escher - Cielo e Infierno.
16.
Le temo a la paz porque la desconozco, porque la confundo [con otros estados, con otras emociones, como el tedio o el aburrimiento]. Le temo también por los tintes de mi temperamento. Cierta errata algo notoria. Un fuego calmo. Un fuego que no arda en la orilla.
17.
Las llagas me abren al puerto, que a veces es el mundo. Veo y huelo a través de mis llagas. Percibo a través de mis llagas.
18.
Cuando me canso, aíslo. Cultivo mis células en un disco de petri pulcro, limpio, transparente. Mis virus separados de todo color, conservan cada cual su forma. La selección es ciega y es natural. Vive lo que queda. En la memoria de mi elefante.
19.
El elefante azul es el soberano de mis tierras oníricas. Desde su selva circular, vigila el gramófono y los discos para que ninguno se ralle.
20.
A la noche antes de apagar la luz, le beso el cráneo frío como perla cultivada. Le hablo y le pido que me proteja, azul, en mis sueños.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Epifanía o mis sueños de despierta
Amanece mojado el pecho,
un ojo tuerto cae
rodando hasta los pies
La visión opacada en el caminar
ambulatorio -de acá a allá
de allá a acá-: un viacrucis conocido
que no conduce a ningún lado
en el medio
las rodillas también caen
flexionadas en un desierto
donde las marías se fusilan entre sí
frente a un paredón desnudo.
El viento sopla y entierra los mantos,
manchados en sangre
los rostros manchados en tierra
nadie resucita, nadie intercede, nadie salva a nadie
mi amor
y el paraíso no es más que la fuga
diáspora
de recuerdos hacia el exilio
donde todo pan y todo pez
se desintegran.
martes, 7 de septiembre de 2010
Diapasón (c).
1.
Las bellas durmientes
despiertan sus bocas
encantadas.
2.
El diapasón marca un pulso.
Suspendida en el agua,
la tarde vibra.
3.
Caminan sonámbulas
frente al río espejado
donde se sientan a mecer
sus niditos vacíos.
4.
El ovillo de lana alrededor
del cuerpo. Cuelgan de los árboles,
espléndidas crisálidas:
vestiditos olvidados en el piso
después de un largo sueño.
5.
Despiertan las bellas
del letargo terrestre
con tortugas de agua
como pantuflas un poco hinchadas
en cada pie, transitan de este
a o-este, la fragilidad
de cualquier horizonte humano.
Las bellas durmientes
despiertan sus bocas
encantadas.
2.
El diapasón marca un pulso.
Suspendida en el agua,
la tarde vibra.
3.
Caminan sonámbulas
frente al río espejado
donde se sientan a mecer
sus niditos vacíos.
4.
El ovillo de lana alrededor
del cuerpo. Cuelgan de los árboles,
espléndidas crisálidas:
vestiditos olvidados en el piso
después de un largo sueño.
5.
Despiertan las bellas
del letargo terrestre
con tortugas de agua
como pantuflas un poco hinchadas
en cada pie, transitan de este
a o-este, la fragilidad
de cualquier horizonte humano.
martes, 13 de octubre de 2009
Las inefables.
Hay una cicatriz que se hunde. Abajo de la piel queda un desecho: algo fue entonces y sigue siendo (otra cosa), pero no se ve. Nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo. No existe instante concentrando sino sólo una mueca de concentración en el instante. Una mueca dolorida pusiste entonces. Después una sonriente, otra perpleja, una soñadora, resignada, dolorida y así sucesivamente. La historia de las muecas es la historia de las cicatrices que es, a su vez, la de la vida y también la de muerte. Todas las historias son todas simultáneamente, pero sólo contamos algunas porque no somos capaces de leerlas y contarlas todas a la par.
Tengo historias que quedan olvidadas después de bajarme del colectivo: historias de una hoja, de un vuelco del corazón, de un rosario en la mano y un celular en la otra; otras que se sepultan después de una noche de tormenta: de cucos, de fantasmas de las esquinas, de palpitos de fin del mundo, de monedas temblando en una fuente de deseos. Así, mi mente es un cementerio de historias que nunca terminaron de materializarse en un cuerpo escrito.
Algunos cuerpos son misterios y los misterios siempre tienen alma. El alma canta, a veces entona un hurra y otras una melodía media tristonga que acompaña el sueño de la almohada de Quiroga, la caída del tobogán, el abrazo de un amigo que hace tanto y tan poco no se ve, la mirada de mamama en el cielo negro. Mamá me dijo un día que este mundo es chiquito y nuestras almas son demasiado grandes, por eso de vez en cuando explotan y se van a otro lado donde puedan entrar enteras. No siempre son tan grandes, pero algunas crecen mucho y empiezan a querer salirse del cuerpo para sentirse más cómodas. Me dijo que por eso la vecina de al lado cantaba tan lindo. Yo creo que la vecina tenía un alma gigante. Y el señor de enfrente, debería tener un alma de dinosaurio. El señor de enfrente pintaba cuadros, algunos te daban ganas de entrar en la tela y descoser los colores para jugar al elástico, saltar la cuerda, tirarte en una hamaca paraguaya. Otros te ponían la piel de gallina y querías taparte los oídos porque era un canto de lo más estridente. Mamá me dijo que las almas también pueden contagiarse entre sí y empezar a hacer y pensar cosas parecidas. Eso es lo que pasa en los casamientos, en las fiestas, pero más pasa todavía cuando dos personas se quieren mucho. Las almas tienen muchos misterios. A mi sólo me contaron algunos.
A veces las almas viajan de un cuerpo a otro hasta que pueden sentirse a sus anchas. Los cuerpos las extrañan un poco, pero después se olvidan porque tienen memoria de muy corto plazo. Mis manos, por ejemplo, se acuerdan del tacto de las hojas de eucalipto, mi nariz del olor de jazmines en primavera, mi lengua del sabor a Miranda manzana en los cumpleaños que tenía cuando era chica, y así todo mi cuerpo tiene censores con piletas de recuerdos. Pero si mi alma se va, esos recuerdos no durarían mucho. Hay almas transatlánticas, almas nómades, almas verde alga, almas garras, almas descuartizadas. Las hay de todos los tipos. La mía es un alma de cajita musical. A veces se pone caprichosa y deja de cantar. Otras se empantana bien adentro y no hay forma de hacerla salir a dar una vuelta por el papel. Pero nunca quiere dejar el cuerpo.
No es tan fácil que un alma deje un cuerpo, porque por más de que las almas crezcan mucho y, a veces quieran salirse y otras estallen, las almas crecen por el cuerpo. En verdad, las almas le deben mucho a todos los cuerpos en los que han estado y en los que estarán porque los cuerpos les prestan muchas cosas, como estar con otras almas y poder tocar otros cuerpos. No sé cómo se sentirá un alma cuando ya no puede entrar en ningún cuerpo. Eso es algo que nunca se lo pude preguntar a mamá. Mamá tenía un cuerpo hermosísimo y un alma más hermosa todavía. Era un alma vagabunda y le encantaba salir a andar a caballo. Se ponía unas bombachas gigantes y trepaba rápido al lomo sin necesitar estribos. A veces me ponía bastante celosa porque podía estar toda una tarde galopando, acariciando las crines, viendo los caballos sentada abajo del viejo lapacho amarillo. Claro que la mayoría de las veces yo estaba con ella, pero sabía que mucho de su alma no estaba conmigo. Decía que su alma en otros tiempos había sido un unicornio y más tarde, un potrillo azabache, una yegua baya y un pura sangre cabrío. Deberían existir árboles genealógicos de las almas, pero eso sería casi un imposible, porque cuando un alma explota no se le puede seguir el ritmo.
Algunos físicos dicen que es el caos. Y el caos es el misterio. El misterio es no poder saberlo todo porque nuestras almas, para poder ser conocidas, siempre están en algún cuerpo. La física estudia el comportamiento de los cuerpos pero sabe poquitísimo de las almas. Claro que está la metafísica y también están las religiones, la psicología y la parapsicología. Pero eso, en recuento, son muchas historias. Historia dentro historias también. Como mamushkas infinitas que nunca terminan de desnudarse. Nadie nunca vio un alma desnuda. Hay quienes dicen que es porque son invisibles. Yo no les creo. Yo creo que nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo, y ver un alma sería casi lo mismo.
Tengo historias que quedan olvidadas después de bajarme del colectivo: historias de una hoja, de un vuelco del corazón, de un rosario en la mano y un celular en la otra; otras que se sepultan después de una noche de tormenta: de cucos, de fantasmas de las esquinas, de palpitos de fin del mundo, de monedas temblando en una fuente de deseos. Así, mi mente es un cementerio de historias que nunca terminaron de materializarse en un cuerpo escrito.
Algunos cuerpos son misterios y los misterios siempre tienen alma. El alma canta, a veces entona un hurra y otras una melodía media tristonga que acompaña el sueño de la almohada de Quiroga, la caída del tobogán, el abrazo de un amigo que hace tanto y tan poco no se ve, la mirada de mamama en el cielo negro. Mamá me dijo un día que este mundo es chiquito y nuestras almas son demasiado grandes, por eso de vez en cuando explotan y se van a otro lado donde puedan entrar enteras. No siempre son tan grandes, pero algunas crecen mucho y empiezan a querer salirse del cuerpo para sentirse más cómodas. Me dijo que por eso la vecina de al lado cantaba tan lindo. Yo creo que la vecina tenía un alma gigante. Y el señor de enfrente, debería tener un alma de dinosaurio. El señor de enfrente pintaba cuadros, algunos te daban ganas de entrar en la tela y descoser los colores para jugar al elástico, saltar la cuerda, tirarte en una hamaca paraguaya. Otros te ponían la piel de gallina y querías taparte los oídos porque era un canto de lo más estridente. Mamá me dijo que las almas también pueden contagiarse entre sí y empezar a hacer y pensar cosas parecidas. Eso es lo que pasa en los casamientos, en las fiestas, pero más pasa todavía cuando dos personas se quieren mucho. Las almas tienen muchos misterios. A mi sólo me contaron algunos.
A veces las almas viajan de un cuerpo a otro hasta que pueden sentirse a sus anchas. Los cuerpos las extrañan un poco, pero después se olvidan porque tienen memoria de muy corto plazo. Mis manos, por ejemplo, se acuerdan del tacto de las hojas de eucalipto, mi nariz del olor de jazmines en primavera, mi lengua del sabor a Miranda manzana en los cumpleaños que tenía cuando era chica, y así todo mi cuerpo tiene censores con piletas de recuerdos. Pero si mi alma se va, esos recuerdos no durarían mucho. Hay almas transatlánticas, almas nómades, almas verde alga, almas garras, almas descuartizadas. Las hay de todos los tipos. La mía es un alma de cajita musical. A veces se pone caprichosa y deja de cantar. Otras se empantana bien adentro y no hay forma de hacerla salir a dar una vuelta por el papel. Pero nunca quiere dejar el cuerpo.
No es tan fácil que un alma deje un cuerpo, porque por más de que las almas crezcan mucho y, a veces quieran salirse y otras estallen, las almas crecen por el cuerpo. En verdad, las almas le deben mucho a todos los cuerpos en los que han estado y en los que estarán porque los cuerpos les prestan muchas cosas, como estar con otras almas y poder tocar otros cuerpos. No sé cómo se sentirá un alma cuando ya no puede entrar en ningún cuerpo. Eso es algo que nunca se lo pude preguntar a mamá. Mamá tenía un cuerpo hermosísimo y un alma más hermosa todavía. Era un alma vagabunda y le encantaba salir a andar a caballo. Se ponía unas bombachas gigantes y trepaba rápido al lomo sin necesitar estribos. A veces me ponía bastante celosa porque podía estar toda una tarde galopando, acariciando las crines, viendo los caballos sentada abajo del viejo lapacho amarillo. Claro que la mayoría de las veces yo estaba con ella, pero sabía que mucho de su alma no estaba conmigo. Decía que su alma en otros tiempos había sido un unicornio y más tarde, un potrillo azabache, una yegua baya y un pura sangre cabrío. Deberían existir árboles genealógicos de las almas, pero eso sería casi un imposible, porque cuando un alma explota no se le puede seguir el ritmo.
Algunos físicos dicen que es el caos. Y el caos es el misterio. El misterio es no poder saberlo todo porque nuestras almas, para poder ser conocidas, siempre están en algún cuerpo. La física estudia el comportamiento de los cuerpos pero sabe poquitísimo de las almas. Claro que está la metafísica y también están las religiones, la psicología y la parapsicología. Pero eso, en recuento, son muchas historias. Historia dentro historias también. Como mamushkas infinitas que nunca terminan de desnudarse. Nadie nunca vio un alma desnuda. Hay quienes dicen que es porque son invisibles. Yo no les creo. Yo creo que nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo, y ver un alma sería casi lo mismo.
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