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martes, 2 de diciembre de 2014

Epistolario

Querido abuelo:

Hoy volví a usar mis uñas. Sé que te había prometido controlarme. Lo sé, lo sé, lo sé. Pero lo tendrías que haber visto abuelo, si vos hubieses estado, seguro que hubieses entendido. Vino de nuevo, vestido de negro, arrastrando unos harapos que se sacudían como la sombra de las cortinas en las tardes de tormenta. Y yo tenía tanto miedo, tanto miedo que quería despertarme y salir de la cueva, y tomar agua para tranquilizarme como vos me enseñaste. Y contar uno, dos, tres, cuatro, cinco hasta diez. Sé que te lo prometí abuelo. Pero me desperté, al fin, y tenía las uñas clavadas en la pared, arañando. Y mamá vino corriendo de nuevo, que había estado gritando en los sueños. Y me dieron uno de esos baños, pero yo no quería, no quería bañarme, no quería que mamá me toque porque mamá es mala porque ahora que no estás no sé cómo voy a hacer abuelo. Quería que sepas que intenté controlarme. Que sé que no tengo que usar las uñas para defenderme. Después mamá se enojó y se fue con las muñecas con sangre y vino papá y me sacó de la bañadera, y me envolvió en una toalla, y le dije que te extrañaba que quería que vuelvas y lloraba. Papá me preparó un té y me dijo que solo era una pesadilla, que tenía que tranquilizarme como me dice la médica, y respirar pero no podía. ¿Cómo hago abuelo? ¿Cómo hago? Me gustaría que vuelvas, prometo que nunca más voy a usarlas. De verdad, esta vez de verdad. Me las volví a cortar y a limar para que veas que de vedad no lo voy a volver a hacer. Espero que no te enojes. ¿Vas a perdonarme? Papá dice sí que me perdonás, pero que no vas a volver, que estás en cielo. Pero yo no quiero. Todavía cuando voy a tu casa quiero entrar y que estés ahí. El galgo está enfermo. Creo que él también te extraña.
Te quiero,

Paloma

jueves, 8 de mayo de 2014

Escenas de la vida cotidiana

1.

La mujer barre la vereda. Cae la tarde, el calor, la polvareda. Se para un momento y mira pasar una chica en bicicleta. El ruido de los pedales y la cadena como que aullando. La bici y el chirrido desaparecen al doblar la esquina. Sigue barriendo. Barrer es su tarea. ¿Qué barre? Lo barre todo hasta el recuerdo.

2.

La mucama entra a la casa y abre los postigos pintados de verde. Ahora que el calor ha pasado, que entre un poco de aire, se ventilen las cortinas, los portarretratos de los muertos, la biblioteca de barniz descascarado. Que el aire le entre a los sillones de mimbre y de ratán, a la colección de escopetas oxidadas que cuelgan de la pared. Le sople vida al arrullo de la siesta que se esconde oscura en los rincones de baldosas frías. De baldosas de pura sombra donde un perro gris duerme.

3.

Los hombres en el muelle tiran sus redes. De la isla vienen las balsas con vacas que mugen al río. A los peces. A los camalotes. Al silbido de los juncos. Levantan su cabeza dura como el plomo. Las vacas. Los hombres no charlan. Tiran de las redes, de los hilos de nylon entrelazados. Pescan dientudos, dorados, bogas, palometas. Respiran la tarde. A veces se miran, se fuman pero sobre todo se están. Se dejan estar en el vaivén de la corriente.

jueves, 17 de abril de 2014

El hombre que quería ser feliz

Uno debe meterse en una relación si quiere ser más o menos feliz. Moderadamente feliz. Templadamente feliz. Estuve dándole vueltas al asunto toda esta cálida tarde de domingo y encontré que: (1) vivir solo los 365 días del año hace el espíritu poco tolerante; (2) uno puede volverse tacaño con mayor facilidad; (3) contraer hábitos mezquinos y; (4) terminar siendo un maniático poco soportable –para los demás-, o un obsesivo-compulsivo con dudoso pronóstico social y personal. En consecuencia, el soltero tiene altas probabilidades de volverse un excluido. Esto lo he visto patente en varios jefes, en varios hermanos de amigos más grandes y en algunos parientes lejanos.
Además, (5) el soltero generalmente es apartado del grupo de amigos en pareja. No es que lo hagan a propósito. Sucede así, como el fruto cae del árbol, el soltero le esquiva al plan almuerzo en el parque o paseos por el zoológico o conociendo Mundo marino o Temaiken o cualquiera de esas aventuras faunísticas a las que son tan proclives las familias modernas. Ya ven, la atracción del programa depende de la comunalidad y del grupo. Probablemente si tengas hijos el programa te resulte una bomba. Cualquier persona comparte más cosas con gente en su misma situación. Eso es una verdad de Perogrullo. Es natural, que en esas circunstancias, la manada se adapte al medio y evolucione, que críen sus crías en conjunto y se protejan mutuamente. Y no es que yo sea un biologicista extremo. No es que apele a la selección natural, solo apelo a lo que mis ojos ven. Y lo que ven es que el compañero soltero, haciendo uso de un lenguaje más popular, el compañero soltero, no es que ya no comparte nada con su amigo en pareja ni con la familia de su amigo en pareja, sino que su amigo comparte más con otros. De hecho, es el soltero quien comparte menos, mucho menos con otros. Esto lo sé por propia experiencia.

martes, 21 de septiembre de 2010

Fluorescencia


A veces pasa. A veces, me dijiste. A veces quiere decir lo que vale, lo que tiene algún tipo de significación o sentido. Nunca no existe. O existe sólo para la mente. Nunca pasa, es mentira. Siempre pasa, casi de seguro, también lo es. A veces, en cambio, es. Por ejemplo, ayer que estabas entre el pum y el pam y el bum y el bang de tu historia de la semana. Que la memoria es rara y sólo guarda cositas para después transformarlas. La memoria no es un recipiente me dijiste, es horno o una heladera, pero no estanque. A veces.
Sucede que no nos acostumbramos a los estanques, las personas. Necesitamos de océanos. Y los océanos tienen corrientes donde se cambia el recuerdo. No todo o no lo sabemos. Las transformaciones de los recuerdos son de lo más pertinentes o impertinentes, según sea el caso. Lo otro es olvido. Y todo recuerdo es un olvido a la par. Como un engaño o vaivén de hamaca, porque el principio de no contradicción no existe para la memoria, existe sólo para la inteligencia. Por eso alguien dijo que la inteligencia es intolerante, pero no lo es el recuerdo amable. Porque el recuerdo es de anatomía dudosa. Vos dijiste: fosforescente. Que si creíste que te acordabas la exacta anatomía de cualquier hecho pasado, que si creíste que la autopsia iba a dar resultados fidedignos, te equivocás. Y lo recuerdo bien, eso creo. Las personas vivimos básicamente de creer y quienes opinen lo contrario creería que se equivocan. La primera actividad básica es creer o al menos una voluntad para creer. Y luego del creer viene el engaño y la mentira. La mentira de creernos un poco yo y otro poco vos, como si lo fuéramos. Como si fuéramos un yo acartonado y compacto, cuando lo que somos es una masa tibia de levadura endeble.
A veces pasa vida, risa y tristeza y todo junto. Siempre es una pura ilusión de eternidad. Lo eterno es deseo sin razón. La ilusión del no cambio, de la interrupción de cualquier movimiento, de la inmutabilidad de las cosas. Del mantenerse idéntico a sí mismo, o a su esencia. Algunos humanos desean lo eterno, porque lo eterno es también lo imposible. A otros les resulta una idea sin pies ni cabeza. Vos dijiste: inhumana. Porque ayer estabas en uno de tus días de erizo volcánico. Así que me contaste algunas mentiras y verdades y recuerdos y olvidos, mientras yo me preguntaba si todo eso que me decías era un "a veces" y quería creer que era un "siempre". Y quería un "siempre" porque de vez en cuando se me da por tener un apetito de dioses.
Y mientras vos me contabas del principio y el fin del verbo y de las palabras desbocadas, yo pensaba que toda palabra es precedida por la música. Porque no hay palabras sin música, aunque sí hay música sin palabras. Porque las palabras cuando se hablan y cuando se escriben, se llenan de sonidos, de silencios, de tonos y de acentos. Así que vos hablabas del cansancio cansino, de las horas de trabajo acumuladas en rutinas estrechas, del perro que ladra adentro pero no muerde. También hablabas de otros tiempos, de tiempos sin tiempos y tiempos anacrónicos y tiempos sin relojes. Del ayer enterrado y no recuperable, de la fosforescencia de los viejos recuerdos. Y yo escuchaba atentamente cada sonido perfecto enhebrado uno atrás del otro a pesar de tu cansancio, a pesar de tus movimientos imperfectos y un poco estériles. Escuchaba las letras estirarse y desperezarse, inflando globos para luego pincharlos y todo eso como piñatas algo rezagadas. Y todo lo que escuchaba tenía algo de música y, la música, me dije secretamente a mí misma, es cuestión de dioses. Porque hay músicas eternas y músicas perfectas. Tan perfectas que llevan a construir enormes santuarios donde mucha gente se junta adorarla. Otro alguien dijo que la música no tiene fronteras. Las tienen los idiomas y los dialectos pero no los sonidos que desconocen el encierro porque están hechos para abrirse como se abre una naranja al sol en pleno verano de entre ríos.
Los sonidos guardan muchas cosas, reminiscencias de otros tiempos, de otras vidas, de otras especies; el hecho es que la mayoría de las veces no lo sabemos o sabemos sólo de algunos. Porque la memoria es rara y tiene sus propias y misteriosas maneras de obrar. Caprichos y humores que la tiñen y destiñen según temporadas, como un terreno de arenas movedizas. Y hay que andarse con cuidado porque uno nunca sabe aunque crea saber.
Un tambor te destripa adentro mientras las astillas del palo de lluvia se clavan en la pulpa de cada dedo temblando en el aire. La impresión en el mapa del recuerdo se erosiona, lo que antes eran montañas se vuelven valles y mesetas excitadas, de ojos tuertos y pinturas en el lomo negro recostándose alrededor del fuego. El tiempo se reencarna en figuras esotéricas y una masa anónima de seres se congrega alrededor del misterio de la chispa, de la vibración de los órganos olvidados de la prehistoria. Cargo mis genes, los enchufo a la cadena de la involución. Después de todo, tu perro cansino, mi apetito de dioses, no hacen más que resucitar nuestros animales inextintos.