Mostrando entradas con la etiqueta a propósito de El fin del mundo y un despiadado mundo de las maravillas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta a propósito de El fin del mundo y un despiadado mundo de las maravillas. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de mayo de 2014

Escenas de la vida cotidiana

1.

La mujer barre la vereda. Cae la tarde, el calor, la polvareda. Se para un momento y mira pasar una chica en bicicleta. El ruido de los pedales y la cadena como que aullando. La bici y el chirrido desaparecen al doblar la esquina. Sigue barriendo. Barrer es su tarea. ¿Qué barre? Lo barre todo hasta el recuerdo.

2.

La mucama entra a la casa y abre los postigos pintados de verde. Ahora que el calor ha pasado, que entre un poco de aire, se ventilen las cortinas, los portarretratos de los muertos, la biblioteca de barniz descascarado. Que el aire le entre a los sillones de mimbre y de ratán, a la colección de escopetas oxidadas que cuelgan de la pared. Le sople vida al arrullo de la siesta que se esconde oscura en los rincones de baldosas frías. De baldosas de pura sombra donde un perro gris duerme.

3.

Los hombres en el muelle tiran sus redes. De la isla vienen las balsas con vacas que mugen al río. A los peces. A los camalotes. Al silbido de los juncos. Levantan su cabeza dura como el plomo. Las vacas. Los hombres no charlan. Tiran de las redes, de los hilos de nylon entrelazados. Pescan dientudos, dorados, bogas, palometas. Respiran la tarde. A veces se miran, se fuman pero sobre todo se están. Se dejan estar en el vaivén de la corriente.

jueves, 27 de mayo de 2010

Gris, la siesta.

Dejé morir nuestro animal
de simple corazón
mutilado. Lo dejé morir.

Escuché su dificultad
para respirar, el jadeo
espiralado dibujando,
circulo tras circulo,
un compás rayado
y, hasta creí escuchar,
sus intenciones de levantarse.

No sonreí al verlo muerto
en la llanura de la siesta gris.
Lo miré, desalmado:
un saco de huesos
que no se atrevía ni decía nada.

Agarré mi metafórica pala
y cavé entre las neuronas,
los axones, las dendritas
bien profundo
para enterrarlo.

Lo dejé ahí tendido
en la telaraña subterránea
que a veces resucita en los sueños
para calmar el animal
y mis bestias: las faunas
sofocadas.