domingo, 27 de febrero de 2011

sábado, 26 de febrero de 2011

Güerita


1.
Aterricé un jueves a la madrugada en Buenos Aires. Después de andar viajando más de un mes con la mochila a cuestas, adentro mío, sabía que poco me esperaba. Algunas amigas, una familia, un trabajo y un par de entretenimientos informales. Recordé las palabras que varios de mis viajeros conocidos, incluyéndome a mí misma, habían leído en el transcurso de esos días: Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón, decía don Juan en el libro de Castaneda.
2.
Abrí el libro en mis últimos días en Buenos Aires. Lo cerré, ya a mitad del viaje, en la playa de Mazunte, sobre el Pacífico. Esa noche, había fiesta en el pueblo. Como en todos los pueblos de México hay fiestas por cualquier motivo en cualquier momento. Esa noche, estaba sola en una fiesta ajena a la que sí había sido invitada.
3.
Me acordé de la primera parte de un poema de Juarroz: A veces parece que estamos en el centro de la fiesta. Sin embargo en el centro de la fiesta no hay nadie. En el centro de la fiesta está el vacío. No me acordé de la parte que seguía y que era también la última parte: Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.
4.
Ese día y esa noche estuve sola. Kilómetros y más kilómetros me separaban de lo más o menos conocido o, más o menos cotidiano. Y aún así, la memoria venía conmigo, mi querido caracol enroscado. Atento, con antenas despiertas, para señalarme ese cálculo de distancia, para reconocer el acento argentino en la primera palabra que escuchara, para recordarme (sólo de vez en cuando) que yo era un gusano con vivienda rodante inalámbrica.
5.
En Mazunte, a diferencia de todos los pueblos y ciudades en los que había estado, no me relacioné con nadie. Quiero decir, no me entretuve con nadie, no conocí a nadie, apenas sí intercambie un par de palabras con el dueño de un bar que simpáticamente me obsequió con un café mientras dibujaba y otro par de ingleses que me rescataron de la Punta cometa donde infructuosamente buscaba un hostel en plena madrugada.
6.
Así que esa noche había una fiesta y para mí en el centro de la fiesta sólo había lugar para un vacío y no para otra fiesta. Fue un vacío tranquilo, de olas bajas, de mar estrellado y arena entre los pies. De escribir y espantar picaduras de mosquitos, alternativamente y por partes iguales. De terminar el libro de Castaneda y empezar a leer a Don Octavio y su laberinto de la soledad.
7.
Antes de Mazunte, hubo otras playas y otros lugares. Uno más lindo que el otro. Alguien me dijo que la naturaleza humana en Méjico era hostil, puede que sea así, pero no fue así mi experiencia. La naturaleza humana de Méjico cambia en cada región, no es lo mismo Oaxaca que Yucatán que Veracruz que el Distrito o que Guanajuato ni menos que menos que Chiapas.
8.
Recorrí mucho. Había días donde ante la simple pregunta de "-¿de dónde venís?" empezaba a tartamudear, media mareada, intentando ubicarme en el mapa. Recorrí con amigos viejos y con amigos nuevos. Acompañada casi siempre.
9.
Viajar sola fue toda una experiencia, porque en verdad salvo en Mazunte, no estuve en otro momento sola. Y la naturaleza humana sí que me sorprendió. Amable, abierta, confiada, dispuesta, macanuda. El 99% de las personas que conocí así se comportaron. Y eso fue algo maravilloso. Además de la grandeza de las ruinas de Teotihuacán, las iglesias de Puebla, los locales abarrotados de plata en Taxco, las playas de Tulúm, los corales de Cozumel, el turismo de Chichen Itzá, las callecitas cosmopolitas de San Cristobal de las Casas, los petardos de San Juan Chamula y su iglesia vestida de santos y velas, desnuda de sacerdotes, además del inmenso verde en la selva de Palenque, además de Méjico mismo, la naturaleza humana me maravilló.
10.
Charlé con argentinos, uruguayos, españoles, chilenos, alemanes, australianos, canadienses, franceses, ingleses, coreanos, por supuesto, mejicanos. 
11.
Tuve dificultades para entenderme con los guías, a veces tenía la impresión que hablarles en inglés, francés o español era exactamente lo mismo. Las dificultades del lenguaje barroco. Ahorita, ahorita, la mayoría de la veces significaba nunca o el olvido. Tratar de verificar algún tipo de verdad histórica del pueblo maya o del pueblo azteca no llevaba más que descréditos continuos de la información, a confusiones, a malentendidos, a disgregaciones. Total que daba lo mismo enunciar que los mayas creían en la muerte y la resurrección del sol que decir que creían en los ovnis, todo dependía de con quién hablaras.
12.
Mientras duró el viaje pensé en varias cuestiones sin llegar a ningún punto en claro. Como siempre que pienso en abstracto sobre cuestiones generales del qué quiero y qué me gustaría y qué macana me mande y qué macana se mandaron los otros y qué del trabajo y qué de la vida. Esa cosa que cuanto más la pensamos más extraña y lejana se vuelve.
13.
Por muchos momentos me olvide de mí, de quién era o qué hacía o qué quería. Estaba. Camuflada en el medio del paisaje en el que estaba. Como las iguanas de la Isla Holbox, al sol con mi sangre fría. Percatarme de este olvido fue algo grato. Ni siquiera yo estoy siempre conmigo.
14.
Admiré el maguey: su pulpa y su carne desinhibida. Aunque, por supuesto, tuve mucho cuidado de no probar el pulque ni el mezcal por más ofrecimientos gentiles que tuve. Si tome un vasito de tequila fue sólo por cierto sentimiento de despecho al que enseguida se le sumo una cuota de miedo hipotalámico y otro interés de culpa estomacal. Desde los 22 y luego de una borrachera infernal, había jurado no volver a probar el tequila.
15.
Me enamoré de Polanco, de sus callecitas o, más precisamente, del nombre de sus callecitas. Llegar a Méjico y decir, estoy parando en Petrarca y Horacio es un lujo que le debo a una de mis mejores amigas. Nos encontramos en Homero y Arquímedes o pedir referencia de un lugar y que te respondan "- Cruzando Aristóteles a la izquierda", era como estar metida en un cuento surrealista plagado de nombres conocidos. Newton, Poe, Galileo, Moliére, Platón, Calderón de la Barca, Hegel, Schiller, Cicerón, Virgilio, Lope de Vega y por ahí seguía la lista.
16.
A la gente en Méjico le gusta el bochinche, el ruido, los sonidos, los gritos y las mezclas exóticas y algo bizarras que no dejaron de anonadarme en mis treinta y pico días de visitante. Ni bien pisé el zócalo del distrito, instalada en el medio del zócalo, una inmensa pista de patinaje invitaba a los autóctonos a conocer el hielo que nunca verían. Entre la catedral hundida, la arquitectura colonial, los restos del templo mayor de origen mexica, los adornos navideños llenos de colores colgando de los balcones, un mejicano disfrazado de indígena bailando algo así como un danza tradicional que no lo era, la imitación de Michael Jackson en la otra esquina, los olores, los olores penetrantes de cocina picante, y la pista de patinaje más el plus de un improvisado rincón para armar muñecos de hielo, no podían pasar desapercibidos para ningún turista que pisara el centro histórico. La mezcla. El hibrido.
17.
En cada zócalo de cada pueblo había música en alguna hora del día. Marimbas, mariachis, orquestas del lugar o bandas de extranjeros, baladas, acordeones. Y en donde, por mera casualidad circunstancial, uno no encontraba música encontraba ruidos, petardos a toda velocidad que te hacían dar un respingo y dar vuelta la cabeza.
En el desierto o en la montaña había silencio.
18.
La fotografía más colorida de todo Méjico estaba en los mercados, repletos de gente y de mercancía, de olores a carne, a pescado, a frutas y verduras, a cuero marrón y a cuero negro, a dulces y cocadas. A frituras, a sandalias, a mimbre.
19.
Por más que aclarara y aclarara que no quería frijoles en las comidas los mejicanos insistían tanto en frijol como en el picante. Aprendí también que el picante no es un sabor sino una sensación que excita o anula el gusto, según el paladar de cada quien.
20.
Nunca aprendí a distinguir muy bien cuál era la diferencia entre los tacos, las tlayudas, las enchiladas, las quesadillas salvo la forma y nunca entendí tampoco porqué decían que la gastronomía de Méjico era supervariada, diversa, heterogénea. Volví convencida de que sin tortillas de maíz no habría gastronomía méxica, sin que esto le quite crédito a los ricos platos de los que me fui haciendo en el trayecto.
21.
Caminé, caminé mucho. Conocí, comí, saboree, bailé, recorrí, nade, snorkee, corrí, dormí. Extrañe poco.
22.
Volví a mi ciudad, la que es "mía" por ahora. Me conecté con las novedades del ambiente. Celebré la salida de la revista de Orsai con el cuento de Villoro trayéndome a Méjico de vuelta, pero ahora entre las manos, impreso en otras hojas distintas a las de Castaneda o las de Paz. Desarmé la mochila, y mientras sacaba todas las pertenencias dispersas, sucias, los regalos, los libros, pensé en esa frase de Don Juan, en esos caminos y en los inconvenientes y convenientes de perseguir esos caminos.
23.
Bajé al mercadito desesperada por conseguir un aguacate, el vicio recientemente adquirido. Mientras masticaba una galletita con guacamole, masticaba mi viaje, masticaba letras y palabras y fotografías capturadas, masticaba también mi oxígeno limpio. Dejé de lado las postales de la Catrina de José Posada y me puse hacer esta radiografía, así salió, y este bien podría ser el principio y no el final, tal como parece.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Memorias del elefante azul en el disco de petri

1.

Un elefante azul se balancea sobre la telaraña. La luna está blanca y está arriba. Cuando me baño, desde la ventana, veo la luna y también, su reflejo en los ojos del elefante. A veces, siento frío.

2.

El elefante mira la luna, complacido en su intimidad, como si la conociera, como si le hablara de vez en cuando. Señala con su trompa los asteroides caídos y guarda en la memoria el espacio a evitar. Nadie quiere accidentes y el elefante ama a sus crías aunque no las tenga.
3.

La araña se enreda, se pegotea. Está hecha para eso, su tejido de seda morado. Quiere un elefante y también quiere una presa. Quiere hipnotizar su presa pero no quiere perder la trama.

4.

La hipnosis es sueño acromático donde me encargo de pulir mis bordes. Esculpo figuras mitológicas para no sentirme sola. Una colección de centauros, unicornios, grifos e hipocampos hamacándose en las esquinas de mi silencio.

5.

Ahí, justo donde empiezan las puntillas del silencio, las estatuas se congelan. Ahí, no hay monedas que alienten el movimiento. Ahí, sólo hay poses (aunque dependiendo del ánimo y del ojo, puedan verse muy tiernas).

6.

No tallo ningún caballito de Troya. No soy buena para ganar guerras. Y últimamente, ni siquiera soy buena para hacerlas. No hay combate en mi pampa gris oscura, hay temblor debajo de la tierra. Hay temor en la tierra.

7.

Te haré ver el miedo en un puñado de polvo. T. S. Eliot. "-Lo veo, mi capitán, lo veo", le digo.

8.

Algunas tardes, hay tormentas de polvo y sequía. Grietas y gritos donde se cuelan frases rotas de poesía como santarritas silvestres. Voces que resuenan en los pliegues y telas, como ecos extraviados por algún viajero abstraído.

9.

Me tiro un rato en la telaraña, a la sombra de la siesta. A mis costados, el río y sus nombres me vaivenean: dice Paraná, dice Uruguay, dice de la Plata. Puedo cerrar los ojos en el agua dulce, el agua amarronada, el aguaverde, el aguaviva. No hay sal, ni mar muerto en esta isla, hay algo así como un rumor que me viene en la corriente.

10.

Me gusta irme cuando escribo como si acaso no estuviera. No atenerme a ninguna base fija. A ninguna lógica en principio, por principios. Aunque después vuelva para encontrarle la forma a lo que digo. Tallarlo como animal fantástico, como si de amansar a una bestia se tratara.

11.

En el pueblo había domas, de potros negros, de animales sin bozal y sin espuelas. Nunca me gustaron las domas aunque a veces me gustara andar a caballo.

12.

Al llegar la madrugada, el elefante azul toca una musiquita destilada con sus colmillos de marfil blanco, para velar el sueño de las estatuas y su reposo. Tilin tilín tilín para que no despierten.

13.

No hay orfeos ni liras por estos lugares. Sólo existen sus reminiscencias: sonidos huérfanos que se ahogan en la tibieza del río, como corderos degollados naufragando en una red de camalotes.

14.

Mis sueños no son paz. Desconozco la paz, como ciudad próxima a este territorio. En cambio, algo más cerca, puedo hablar de la serena tranquilidad y de la península calma, estados que tanto deseo como temo. Y es bastante sencilla la paradoja ha decir verdad.

15.

Como Rilke, temo que al expulsar mis demonios me abandonen también mis ángeles. Apuro una sonrisa para aplacar los disturbios en mi barrio cosmopolita y sostengo en mis manos, un matrimonio exquisito entre el cielo y el infierno.



M. C. Escher - Cielo e Infierno.

16.
Le temo a la paz porque la desconozco, porque la confundo [con otros estados, con otras emociones, como el tedio o el aburrimiento]. Le temo también por los tintes de mi temperamento. Cierta errata algo notoria. Un fuego calmo. Un fuego que no arda en la orilla.

17.

Las llagas me abren al puerto, que a veces es el mundo. Veo y huelo a través de mis llagas. Percibo a través de mis llagas.

18.

Cuando me canso, aíslo. Cultivo mis células en un disco de petri pulcro, limpio, transparente. Mis virus separados de todo color, conservan cada cual su forma. La selección es ciega y es natural. Vive lo que queda. En la memoria de mi elefante.

19.

El elefante azul es el soberano de mis tierras oníricas. Desde su selva circular, vigila el gramófono y los discos para que ninguno se ralle.

20.

A la noche antes de apagar la luz, le beso el cráneo frío como perla cultivada. Le hablo y le pido que me proteja, azul, en mis sueños.

jueves, 16 de diciembre de 2010

¨

Quiero hablarme
en mis lenguas inventadas
para no olvidarme,
que alguna vez supe fabricar
toda mi voz y todo mi cielo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¨

Arden las manos,
arriba del papel.
Tus dibujos se acogotan
mientras pensás
en la raíz cuadrada
de tanto dolor.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Epifanía o mis sueños de despierta


Amanece mojado el pecho,
un ojo tuerto cae
rodando hasta los pies

La visión opacada en el caminar
ambulatorio -de acá a allá
de allá a acá-: un viacrucis conocido
que no conduce a ningún lado

en el medio
las rodillas también caen
flexionadas en un desierto
donde las marías se fusilan entre sí
frente a un paredón desnudo.

El viento sopla y entierra los mantos,
manchados en sangre
los rostros manchados en tierra

nadie resucita, nadie intercede, nadie salva a nadie
mi amor
y el paraíso no es más que la fuga
diáspora

de recuerdos hacia el exilio
donde todo pan y todo pez
se desintegran.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Coordenadas cartesianas

No
no me levanté descalza hoy
para ver el sol
solo en lo alto

Las alturas son solitarias
quería decirle, tirarle un guiño,
y sacarme los tacos de agujas
prendidos en el talón

Las hebillas enganchadas
acá y allá en el pelo
y el tobillo, sosteniendo un par de ideas
pegadas como tatuajes en la piel de iguana

De reptil trepador,
mis piernas subiendo caderas estériles
exuberantes de pura precariedad olvidada
en un conveniente desliz mojado

No
no me levanté descalza,
ni fresca. No me levanté hoy
de ningún lado

Vi el sol, sí que lo vi
en lo alto y un poco lejos
de mi resto humano inerte
tirado en algún lugar z

entre la abscisa y la ordenada
definiendo un punto de origen
que no me pertenece
pero que tampoco me es ajeno

Cerré los ojos y,
por todo sentimiento de contrariedad inútil,
marqué yo, un punto
negro, chino, en mi hora preferida.

jueves, 28 de octubre de 2010

Parcialmente K.


Fuera de aqui, tal es mi meta
F. Kafka.
Fermenta el pronóstico
un futuro olor a lluvias aisladas
debajo de la baldosa

Está claro el cielo
el mundo, al menos hoy,
está claro

Inclino un poco la cabeza
hacia arriba de mi plano
y quiebro mi dulce homeostasis

El ala delta está quieto
en el precipicio que anuncia mi terraza,
y no le importan, a él sí que no le importan,
los pronósticos descabellados

Me suelto el pelo y subo encima
de mí y del resto,
la gravedad queda suspendida en la baldosa
y el aire, por fin, entra en mis pies.

sábado, 2 de octubre de 2010

La fábrica obediente


El hombre piensa que fabrica el futuro. Sentado o parado, deambula matemáticamente, sobre la inercia pintada en las margaritas del mantel de hule. Enciende el piloto automático, a la par que pone en el microondas su taza de leche para el desayuno de un día cualquiera. Y desde ahí, camina en semicírculos concéntricos. De vez en cuando para. De vez en cuando se le da por bailar. Se viste y se perfuma. Cree que conquista la noche, mientras una trompeta inicia la guerra en algún lugar perdido entre un par de trincheras olvidadas.
El soldado camina obediente, lo mismo que el obrero, lo mismo que el maestro o el alumno desde el pupitre. El pizarrón sigue negro y, por encima del negro se escriben las fórmulas de la inercia (porque en nuestro mundo de ojos humanos hasta hay fórmulas para "capturar" la inercia). Entretanto, el amor de aula despega en avioncitos que son desterrados hacia el más allá de la ventana. Otras veces chocan contra la nuca hambrienta, el alma hambrienta, el estómago hambriento. La cabeza se sostiene, estratégicamente, entre las manos cuando hay sueño sobre el pupitre, cuando hay sueño sobre la mesa o sobre el escritorio.
Las estrategias son muchas y variadas. Pérfidas, también. El hombre, se levanta después de tomar su taza de café con leche, se ducha y agarra el portafolio directo de fábrica para el trabajo. Se trabaja sobre planillas, esquemas, estrategias de cálculos y riesgos estratégicos. Se lee el diario y los manuales, los libros, las revistas, los árboles caídos y también algunos leen sobre los árboles que mueren de pie. Esos son los románticos que todavía quedan. Se lee sobre política y economía y también sobre noticias de interés general. Algunos leen ficciones que son impresas en biblias, en coranes, en nuevos testamentos. Otros prefieren a Borges o Wells o quién fuera. Se leen también carteles y publicidades. Otros no leen ni una ni otra cosa. Escuchan la radio y la tele. Así que se supone que toditos todos estamos muy comunicados o al menos informados.
Y a toditos todos nos entran los talles de tales formas. En el cuerpo, en el vestir, en el comer, en el hablar y en otras cosas también. El hombre, que a veces es mujer también, sale del trabajo para su casa. A veces se entretiene en el camino. Compra alguna cosita que se le ha vuelto una necesidad básica, va al teatro, distribuye su tiempo en actividades de ocio como quien dice. Es entonces cuando se supone que se relaja. Va a la clase de yoga, sale a correr, ve una película o conversa con su hijo. Entonces la inercia se ha vuelto, entre las siete de la mañana y las siete de la tarde, una inercia informada. Una inercia, que al menos al llegar la tardecita, tiene una secuencia, un orden, un plan.
A la noche el hombre, después de leer su ficción, la que él quiera, apaga la luz eléctrica y desenchufa el piloto. A veces sueña en futuro. Sueña que al otro día las cosas van a estar en su justo orden. Que el soldado va a ir a la guerra y el chico a la escuela. A veces tiene pesadillas que, aunque parezca raro, también están en su justo orden. Que el chico va a ir a la guerra y el soldado a la escuela. Hay una tercera alternativa en sus sueños y es que el chico y soldado van juntos a la guerra. Después él los entierra.

martes, 21 de septiembre de 2010

Fluorescencia


A veces pasa. A veces, me dijiste. A veces quiere decir lo que vale, lo que tiene algún tipo de significación o sentido. Nunca no existe. O existe sólo para la mente. Nunca pasa, es mentira. Siempre pasa, casi de seguro, también lo es. A veces, en cambio, es. Por ejemplo, ayer que estabas entre el pum y el pam y el bum y el bang de tu historia de la semana. Que la memoria es rara y sólo guarda cositas para después transformarlas. La memoria no es un recipiente me dijiste, es horno o una heladera, pero no estanque. A veces.
Sucede que no nos acostumbramos a los estanques, las personas. Necesitamos de océanos. Y los océanos tienen corrientes donde se cambia el recuerdo. No todo o no lo sabemos. Las transformaciones de los recuerdos son de lo más pertinentes o impertinentes, según sea el caso. Lo otro es olvido. Y todo recuerdo es un olvido a la par. Como un engaño o vaivén de hamaca, porque el principio de no contradicción no existe para la memoria, existe sólo para la inteligencia. Por eso alguien dijo que la inteligencia es intolerante, pero no lo es el recuerdo amable. Porque el recuerdo es de anatomía dudosa. Vos dijiste: fosforescente. Que si creíste que te acordabas la exacta anatomía de cualquier hecho pasado, que si creíste que la autopsia iba a dar resultados fidedignos, te equivocás. Y lo recuerdo bien, eso creo. Las personas vivimos básicamente de creer y quienes opinen lo contrario creería que se equivocan. La primera actividad básica es creer o al menos una voluntad para creer. Y luego del creer viene el engaño y la mentira. La mentira de creernos un poco yo y otro poco vos, como si lo fuéramos. Como si fuéramos un yo acartonado y compacto, cuando lo que somos es una masa tibia de levadura endeble.
A veces pasa vida, risa y tristeza y todo junto. Siempre es una pura ilusión de eternidad. Lo eterno es deseo sin razón. La ilusión del no cambio, de la interrupción de cualquier movimiento, de la inmutabilidad de las cosas. Del mantenerse idéntico a sí mismo, o a su esencia. Algunos humanos desean lo eterno, porque lo eterno es también lo imposible. A otros les resulta una idea sin pies ni cabeza. Vos dijiste: inhumana. Porque ayer estabas en uno de tus días de erizo volcánico. Así que me contaste algunas mentiras y verdades y recuerdos y olvidos, mientras yo me preguntaba si todo eso que me decías era un "a veces" y quería creer que era un "siempre". Y quería un "siempre" porque de vez en cuando se me da por tener un apetito de dioses.
Y mientras vos me contabas del principio y el fin del verbo y de las palabras desbocadas, yo pensaba que toda palabra es precedida por la música. Porque no hay palabras sin música, aunque sí hay música sin palabras. Porque las palabras cuando se hablan y cuando se escriben, se llenan de sonidos, de silencios, de tonos y de acentos. Así que vos hablabas del cansancio cansino, de las horas de trabajo acumuladas en rutinas estrechas, del perro que ladra adentro pero no muerde. También hablabas de otros tiempos, de tiempos sin tiempos y tiempos anacrónicos y tiempos sin relojes. Del ayer enterrado y no recuperable, de la fosforescencia de los viejos recuerdos. Y yo escuchaba atentamente cada sonido perfecto enhebrado uno atrás del otro a pesar de tu cansancio, a pesar de tus movimientos imperfectos y un poco estériles. Escuchaba las letras estirarse y desperezarse, inflando globos para luego pincharlos y todo eso como piñatas algo rezagadas. Y todo lo que escuchaba tenía algo de música y, la música, me dije secretamente a mí misma, es cuestión de dioses. Porque hay músicas eternas y músicas perfectas. Tan perfectas que llevan a construir enormes santuarios donde mucha gente se junta adorarla. Otro alguien dijo que la música no tiene fronteras. Las tienen los idiomas y los dialectos pero no los sonidos que desconocen el encierro porque están hechos para abrirse como se abre una naranja al sol en pleno verano de entre ríos.
Los sonidos guardan muchas cosas, reminiscencias de otros tiempos, de otras vidas, de otras especies; el hecho es que la mayoría de las veces no lo sabemos o sabemos sólo de algunos. Porque la memoria es rara y tiene sus propias y misteriosas maneras de obrar. Caprichos y humores que la tiñen y destiñen según temporadas, como un terreno de arenas movedizas. Y hay que andarse con cuidado porque uno nunca sabe aunque crea saber.
Un tambor te destripa adentro mientras las astillas del palo de lluvia se clavan en la pulpa de cada dedo temblando en el aire. La impresión en el mapa del recuerdo se erosiona, lo que antes eran montañas se vuelven valles y mesetas excitadas, de ojos tuertos y pinturas en el lomo negro recostándose alrededor del fuego. El tiempo se reencarna en figuras esotéricas y una masa anónima de seres se congrega alrededor del misterio de la chispa, de la vibración de los órganos olvidados de la prehistoria. Cargo mis genes, los enchufo a la cadena de la involución. Después de todo, tu perro cansino, mi apetito de dioses, no hacen más que resucitar nuestros animales inextintos.

martes, 7 de septiembre de 2010

Diapasón (c).

1.
Las bellas durmientes
despiertan sus bocas
encantadas.

2.
El diapasón marca un pulso.
Suspendida en el agua,
la tarde vibra.

3.
Caminan sonámbulas
frente al río espejado
donde se sientan a mecer
sus niditos vacíos.

4.
El ovillo de lana alrededor
del cuerpo. Cuelgan de los árboles,
espléndidas crisálidas:
vestiditos olvidados en el piso
después de un largo sueño.

5.
Despiertan las bellas
del letargo terrestre
con tortugas de agua
como pantuflas un poco hinchadas
en cada pie, transitan de este
a o-este, la fragilidad
de cualquier horizonte humano.

sábado, 26 de junio de 2010