jueves, 28 de octubre de 2010

Parcialmente K.


Fuera de aqui, tal es mi meta
F. Kafka.
Fermenta el pronóstico
un futuro olor a lluvias aisladas
debajo de la baldosa

Está claro el cielo
el mundo, al menos hoy,
está claro

Inclino un poco la cabeza
hacia arriba de mi plano
y quiebro mi dulce homeostasis

El ala delta está quieto
en el precipicio que anuncia mi terraza,
y no le importan, a él sí que no le importan,
los pronósticos descabellados

Me suelto el pelo y subo encima
de mí y del resto,
la gravedad queda suspendida en la baldosa
y el aire, por fin, entra en mis pies.

sábado, 2 de octubre de 2010

La fábrica obediente


El hombre piensa que fabrica el futuro. Sentado o parado, deambula matemáticamente, sobre la inercia pintada en las margaritas del mantel de hule. Enciende el piloto automático, a la par que pone en el microondas su taza de leche para el desayuno de un día cualquiera. Y desde ahí, camina en semicírculos concéntricos. De vez en cuando para. De vez en cuando se le da por bailar. Se viste y se perfuma. Cree que conquista la noche, mientras una trompeta inicia la guerra en algún lugar perdido entre un par de trincheras olvidadas.
El soldado camina obediente, lo mismo que el obrero, lo mismo que el maestro o el alumno desde el pupitre. El pizarrón sigue negro y, por encima del negro se escriben las fórmulas de la inercia (porque en nuestro mundo de ojos humanos hasta hay fórmulas para "capturar" la inercia). Entretanto, el amor de aula despega en avioncitos que son desterrados hacia el más allá de la ventana. Otras veces chocan contra la nuca hambrienta, el alma hambrienta, el estómago hambriento. La cabeza se sostiene, estratégicamente, entre las manos cuando hay sueño sobre el pupitre, cuando hay sueño sobre la mesa o sobre el escritorio.
Las estrategias son muchas y variadas. Pérfidas, también. El hombre, se levanta después de tomar su taza de café con leche, se ducha y agarra el portafolio directo de fábrica para el trabajo. Se trabaja sobre planillas, esquemas, estrategias de cálculos y riesgos estratégicos. Se lee el diario y los manuales, los libros, las revistas, los árboles caídos y también algunos leen sobre los árboles que mueren de pie. Esos son los románticos que todavía quedan. Se lee sobre política y economía y también sobre noticias de interés general. Algunos leen ficciones que son impresas en biblias, en coranes, en nuevos testamentos. Otros prefieren a Borges o Wells o quién fuera. Se leen también carteles y publicidades. Otros no leen ni una ni otra cosa. Escuchan la radio y la tele. Así que se supone que toditos todos estamos muy comunicados o al menos informados.
Y a toditos todos nos entran los talles de tales formas. En el cuerpo, en el vestir, en el comer, en el hablar y en otras cosas también. El hombre, que a veces es mujer también, sale del trabajo para su casa. A veces se entretiene en el camino. Compra alguna cosita que se le ha vuelto una necesidad básica, va al teatro, distribuye su tiempo en actividades de ocio como quien dice. Es entonces cuando se supone que se relaja. Va a la clase de yoga, sale a correr, ve una película o conversa con su hijo. Entonces la inercia se ha vuelto, entre las siete de la mañana y las siete de la tarde, una inercia informada. Una inercia, que al menos al llegar la tardecita, tiene una secuencia, un orden, un plan.
A la noche el hombre, después de leer su ficción, la que él quiera, apaga la luz eléctrica y desenchufa el piloto. A veces sueña en futuro. Sueña que al otro día las cosas van a estar en su justo orden. Que el soldado va a ir a la guerra y el chico a la escuela. A veces tiene pesadillas que, aunque parezca raro, también están en su justo orden. Que el chico va a ir a la guerra y el soldado a la escuela. Hay una tercera alternativa en sus sueños y es que el chico y soldado van juntos a la guerra. Después él los entierra.

martes, 21 de septiembre de 2010

Fluorescencia


A veces pasa. A veces, me dijiste. A veces quiere decir lo que vale, lo que tiene algún tipo de significación o sentido. Nunca no existe. O existe sólo para la mente. Nunca pasa, es mentira. Siempre pasa, casi de seguro, también lo es. A veces, en cambio, es. Por ejemplo, ayer que estabas entre el pum y el pam y el bum y el bang de tu historia de la semana. Que la memoria es rara y sólo guarda cositas para después transformarlas. La memoria no es un recipiente me dijiste, es horno o una heladera, pero no estanque. A veces.
Sucede que no nos acostumbramos a los estanques, las personas. Necesitamos de océanos. Y los océanos tienen corrientes donde se cambia el recuerdo. No todo o no lo sabemos. Las transformaciones de los recuerdos son de lo más pertinentes o impertinentes, según sea el caso. Lo otro es olvido. Y todo recuerdo es un olvido a la par. Como un engaño o vaivén de hamaca, porque el principio de no contradicción no existe para la memoria, existe sólo para la inteligencia. Por eso alguien dijo que la inteligencia es intolerante, pero no lo es el recuerdo amable. Porque el recuerdo es de anatomía dudosa. Vos dijiste: fosforescente. Que si creíste que te acordabas la exacta anatomía de cualquier hecho pasado, que si creíste que la autopsia iba a dar resultados fidedignos, te equivocás. Y lo recuerdo bien, eso creo. Las personas vivimos básicamente de creer y quienes opinen lo contrario creería que se equivocan. La primera actividad básica es creer o al menos una voluntad para creer. Y luego del creer viene el engaño y la mentira. La mentira de creernos un poco yo y otro poco vos, como si lo fuéramos. Como si fuéramos un yo acartonado y compacto, cuando lo que somos es una masa tibia de levadura endeble.
A veces pasa vida, risa y tristeza y todo junto. Siempre es una pura ilusión de eternidad. Lo eterno es deseo sin razón. La ilusión del no cambio, de la interrupción de cualquier movimiento, de la inmutabilidad de las cosas. Del mantenerse idéntico a sí mismo, o a su esencia. Algunos humanos desean lo eterno, porque lo eterno es también lo imposible. A otros les resulta una idea sin pies ni cabeza. Vos dijiste: inhumana. Porque ayer estabas en uno de tus días de erizo volcánico. Así que me contaste algunas mentiras y verdades y recuerdos y olvidos, mientras yo me preguntaba si todo eso que me decías era un "a veces" y quería creer que era un "siempre". Y quería un "siempre" porque de vez en cuando se me da por tener un apetito de dioses.
Y mientras vos me contabas del principio y el fin del verbo y de las palabras desbocadas, yo pensaba que toda palabra es precedida por la música. Porque no hay palabras sin música, aunque sí hay música sin palabras. Porque las palabras cuando se hablan y cuando se escriben, se llenan de sonidos, de silencios, de tonos y de acentos. Así que vos hablabas del cansancio cansino, de las horas de trabajo acumuladas en rutinas estrechas, del perro que ladra adentro pero no muerde. También hablabas de otros tiempos, de tiempos sin tiempos y tiempos anacrónicos y tiempos sin relojes. Del ayer enterrado y no recuperable, de la fosforescencia de los viejos recuerdos. Y yo escuchaba atentamente cada sonido perfecto enhebrado uno atrás del otro a pesar de tu cansancio, a pesar de tus movimientos imperfectos y un poco estériles. Escuchaba las letras estirarse y desperezarse, inflando globos para luego pincharlos y todo eso como piñatas algo rezagadas. Y todo lo que escuchaba tenía algo de música y, la música, me dije secretamente a mí misma, es cuestión de dioses. Porque hay músicas eternas y músicas perfectas. Tan perfectas que llevan a construir enormes santuarios donde mucha gente se junta adorarla. Otro alguien dijo que la música no tiene fronteras. Las tienen los idiomas y los dialectos pero no los sonidos que desconocen el encierro porque están hechos para abrirse como se abre una naranja al sol en pleno verano de entre ríos.
Los sonidos guardan muchas cosas, reminiscencias de otros tiempos, de otras vidas, de otras especies; el hecho es que la mayoría de las veces no lo sabemos o sabemos sólo de algunos. Porque la memoria es rara y tiene sus propias y misteriosas maneras de obrar. Caprichos y humores que la tiñen y destiñen según temporadas, como un terreno de arenas movedizas. Y hay que andarse con cuidado porque uno nunca sabe aunque crea saber.
Un tambor te destripa adentro mientras las astillas del palo de lluvia se clavan en la pulpa de cada dedo temblando en el aire. La impresión en el mapa del recuerdo se erosiona, lo que antes eran montañas se vuelven valles y mesetas excitadas, de ojos tuertos y pinturas en el lomo negro recostándose alrededor del fuego. El tiempo se reencarna en figuras esotéricas y una masa anónima de seres se congrega alrededor del misterio de la chispa, de la vibración de los órganos olvidados de la prehistoria. Cargo mis genes, los enchufo a la cadena de la involución. Después de todo, tu perro cansino, mi apetito de dioses, no hacen más que resucitar nuestros animales inextintos.

martes, 7 de septiembre de 2010

Diapasón (c).

1.
Las bellas durmientes
despiertan sus bocas
encantadas.

2.
El diapasón marca un pulso.
Suspendida en el agua,
la tarde vibra.

3.
Caminan sonámbulas
frente al río espejado
donde se sientan a mecer
sus niditos vacíos.

4.
El ovillo de lana alrededor
del cuerpo. Cuelgan de los árboles,
espléndidas crisálidas:
vestiditos olvidados en el piso
después de un largo sueño.

5.
Despiertan las bellas
del letargo terrestre
con tortugas de agua
como pantuflas un poco hinchadas
en cada pie, transitan de este
a o-este, la fragilidad
de cualquier horizonte humano.

sábado, 26 de junio de 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

Gris, la siesta.

Dejé morir nuestro animal
de simple corazón
mutilado. Lo dejé morir.

Escuché su dificultad
para respirar, el jadeo
espiralado dibujando,
circulo tras circulo,
un compás rayado
y, hasta creí escuchar,
sus intenciones de levantarse.

No sonreí al verlo muerto
en la llanura de la siesta gris.
Lo miré, desalmado:
un saco de huesos
que no se atrevía ni decía nada.

Agarré mi metafórica pala
y cavé entre las neuronas,
los axones, las dendritas
bien profundo
para enterrarlo.

Lo dejé ahí tendido
en la telaraña subterránea
que a veces resucita en los sueños
para calmar el animal
y mis bestias: las faunas
sofocadas.

viernes, 30 de abril de 2010

El ojal de la flor

Tengo un arma
sin destino
a.punto y clavo los ojos en blanco:
la piel en flor, se deshoja.

sábado, 17 de abril de 2010

lunes, 12 de abril de 2010

¨

Necesito tanto de un dios,
que fabrico varios a diario.
No por politeísta
si no, lo que es peor aún, por si las dudas.

viernes, 2 de abril de 2010

¨

Quiero gritar
una y otra vez infinito
y que mi eco se resbale,
tantas veces como mi yo,
antes de responderme.

domingo, 21 de marzo de 2010

pulseada informativa

Desconozco mi razón
de ser. Tengo sólo un pulso
que va al galope o al paso
según el temporal
se aproxima.

viernes, 29 de enero de 2010

Clepsidra deshidratada

A este catalejo malparido
se le acabaron las visiones de gitana
ermitaña

Quedan una o dos velas prendidas
al borde de un santuario
donde ciertas reliquias
resucitan, de tanto en tanto, los párpados caídos

Atrás siempre atrás
se sacuden los polvos
de futuros fuegos de artificio

Pero nada se ve

adelante, sólo
se sabe inocente,
el cielo despejado

Una gitana predice un pasado
donde los muertos son
los mejores bailarines
y los vivos, recuerdos subterráneos
de una era mítica e infeliz
o infeliz y mítica era

Adelante siempre adelante,
un desierto tan blanco
como uno desearía
fuera lo incoloro

Atrás jamás adelante / Adelante jamás atrás

el refugio de la mirada
atontada que se sabe
prescindible para cualquier tiempo
embalsamado.

domingo, 25 de octubre de 2009

El truco del resto.

Tengo mis cucharas aprontadas
para la sopa del porvenir

mi colección de cartas
de corazones
en formato mp3

para llevar a todos lados
el truco y sus fantasmas
son metamorfoseables

Tengo mis cuchillos afilados
y carne todavía en el freezer

para darle a quien quiera
todos los músculos
tirados al asador

porque no hay reservas
sólo queda un resto
de envidio

o de falta, para terminar
la partida.

martes, 13 de octubre de 2009

Las inefables.

Hay una cicatriz que se hunde. Abajo de la piel queda un desecho: algo fue entonces y sigue siendo (otra cosa), pero no se ve. Nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo. No existe instante concentrando sino sólo una mueca de concentración en el instante. Una mueca dolorida pusiste entonces. Después una sonriente, otra perpleja, una soñadora, resignada, dolorida y así sucesivamente. La historia de las muecas es la historia de las cicatrices que es, a su vez, la de la vida y también la de muerte. Todas las historias son todas simultáneamente, pero sólo contamos algunas porque no somos capaces de leerlas y contarlas todas a la par.
Tengo historias que quedan olvidadas después de bajarme del colectivo: historias de una hoja, de un vuelco del corazón, de un rosario en la mano y un celular en la otra; otras que se sepultan después de una noche de tormenta: de cucos, de fantasmas de las esquinas, de palpitos de fin del mundo, de monedas temblando en una fuente de deseos. Así, mi mente es un cementerio de historias que nunca terminaron de materializarse en un cuerpo escrito.
Algunos cuerpos son misterios y los misterios siempre tienen alma. El alma canta, a veces entona un hurra y otras una melodía media tristonga que acompaña el sueño de la almohada de Quiroga, la caída del tobogán, el abrazo de un amigo que hace tanto y tan poco no se ve, la mirada de mamama en el cielo negro. Mamá me dijo un día que este mundo es chiquito y nuestras almas son demasiado grandes, por eso de vez en cuando explotan y se van a otro lado donde puedan entrar enteras. No siempre son tan grandes, pero algunas crecen mucho y empiezan a querer salirse del cuerpo para sentirse más cómodas. Me dijo que por eso la vecina de al lado cantaba tan lindo. Yo creo que la vecina tenía un alma gigante. Y el señor de enfrente, debería tener un alma de dinosaurio. El señor de enfrente pintaba cuadros, algunos te daban ganas de entrar en la tela y descoser los colores para jugar al elástico, saltar la cuerda, tirarte en una hamaca paraguaya. Otros te ponían la piel de gallina y querías taparte los oídos porque era un canto de lo más estridente. Mamá me dijo que las almas también pueden contagiarse entre sí y empezar a hacer y pensar cosas parecidas. Eso es lo que pasa en los casamientos, en las fiestas, pero más pasa todavía cuando dos personas se quieren mucho. Las almas tienen muchos misterios. A mi sólo me contaron algunos.
A veces las almas viajan de un cuerpo a otro hasta que pueden sentirse a sus anchas. Los cuerpos las extrañan un poco, pero después se olvidan porque tienen memoria de muy corto plazo. Mis manos, por ejemplo, se acuerdan del tacto de las hojas de eucalipto, mi nariz del olor de jazmines en primavera, mi lengua del sabor a Miranda manzana en los cumpleaños que tenía cuando era chica, y así todo mi cuerpo tiene censores con piletas de recuerdos. Pero si mi alma se va, esos recuerdos no durarían mucho. Hay almas transatlánticas, almas nómades, almas verde alga, almas garras, almas descuartizadas. Las hay de todos los tipos. La mía es un alma de cajita musical. A veces se pone caprichosa y deja de cantar. Otras se empantana bien adentro y no hay forma de hacerla salir a dar una vuelta por el papel. Pero nunca quiere dejar el cuerpo.
No es tan fácil que un alma deje un cuerpo, porque por más de que las almas crezcan mucho y, a veces quieran salirse y otras estallen, las almas crecen por el cuerpo. En verdad, las almas le deben mucho a todos los cuerpos en los que han estado y en los que estarán porque los cuerpos les prestan muchas cosas, como estar con otras almas y poder tocar otros cuerpos. No sé cómo se sentirá un alma cuando ya no puede entrar en ningún cuerpo. Eso es algo que nunca se lo pude preguntar a mamá. Mamá tenía un cuerpo hermosísimo y un alma más hermosa todavía. Era un alma vagabunda y le encantaba salir a andar a caballo. Se ponía unas bombachas gigantes y trepaba rápido al lomo sin necesitar estribos. A veces me ponía bastante celosa porque podía estar toda una tarde galopando, acariciando las crines, viendo los caballos sentada abajo del viejo lapacho amarillo. Claro que la mayoría de las veces yo estaba con ella, pero sabía que mucho de su alma no estaba conmigo. Decía que su alma en otros tiempos había sido un unicornio y más tarde, un potrillo azabache, una yegua baya y un pura sangre cabrío. Deberían existir árboles genealógicos de las almas, pero eso sería casi un imposible, porque cuando un alma explota no se le puede seguir el ritmo.
Algunos físicos dicen que es el caos. Y el caos es el misterio. El misterio es no poder saberlo todo porque nuestras almas, para poder ser conocidas, siempre están en algún cuerpo. La física estudia el comportamiento de los cuerpos pero sabe poquitísimo de las almas. Claro que está la metafísica y también están las religiones, la psicología y la parapsicología. Pero eso, en recuento, son muchas historias. Historia dentro historias también. Como mamushkas infinitas que nunca terminan de desnudarse. Nadie nunca vio un alma desnuda. Hay quienes dicen que es porque son invisibles. Yo no les creo. Yo creo que nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo, y ver un alma sería casi lo mismo.