domingo 20 de diciembre de 2009
Perseveración.
Cuestión que hace un par de días ya que no hablamos ni nos vemos porque decidimos dejar de hacerlo. Porque a pesar de querernos las cosas no marchaban bien entre nosotros y para vos, tampoco iban a marchar en ningún momento. Quien sabe si en algún momento marcharon. Para mi, bueno, yo, aparentemente, soy caso aparte. En psicología hay una técnica psicodiagnóstica que se llama Bender y en el Bender a uno le dan unas tarjetas, cada tarjeta tiene un dibujo o una figura y uno tiene que copiarla en una hoja en blanco. Pues bien, hay personas que cuando no les sale bien la figura, o no les sale lo bien que ellos querrían, la borran y la vuelven a dibujar, la borran y la vuelven a dibujar muchas veces, todas las que sean necesarias hasta quedar más o menos satisfechos o darse por vencidos y pasar a la próxima. De esas personas se dice que son perseverantes. En general, en esta técnica, la perseverancia no tiene el visto bueno de los psicólogos. Así que volviendo a lo que estábamos, yo soy una persona perseverante y perseverante y muy perseverante. Y puedo estar rumiando y dando vueltas mil veces a un problema hasta encontrar una solución. Para vos yo soy o era, perseverante, y para vos, igual que para los psicólogos del Bender, esto es o era un indicador de que algo no andaba bien conmigo, en mí. Porque yo sí creía que las cosas podían mejorar y que si uno se quiere y quiere estar con otra persona, las cosas marchan. Y el punto trágico-cómico del asunto es que para vos todo se reducía al pan pan y al vino vino y las cosas como son. A pesar de ser perseverante, no soy autista, así que si algo sé de la perseverancia es que cuando se trata de un asunto donde hay más de una persona implicada más vale tener en cuenta lo que la otra persona piensa, siente y quiere. Cuestión que yo quería seguir perseverando pero estaba sola. Quería persuadirte, convencerte, invitarte a la aventura de la perseverancia, de la tarea de Sísifo, del intentarlo otra vez. Pero sabía que vos ya estabas resuelto y que no importaba qué dijera, la decisión de terminar había sido unánime, unilateral e implícita. Porque claro, no me lo ibas a decir. Sí, en cambio, me dijiste “-No te molestes en pensar, yo ya pensé por los dos y no hay nada que hacer. Podemos seguir saliendo pero nunca vamos a ser una pareja”. Si no me largue a llorar en ese mismo momento fue también por perseverante. Porque toda mi vida me he obligado a la disciplina, a seguir adelante, y no quería desaprovechar la ocasión de ponerme a prueba. Aparte estaba sola. Con vos caminando al lado, pero sola. Se entiende. Y llorar, hubiese empeorado las cosas. Hubiese demorado lo que vos querías dejar resuelto esa tarde y el dolor que yo no quería tener que volver a sentir otra tarde más.
Hace algunos días ya que no nos hablamos ni nos vemos. Yo sigo pensando aunque intente disuadir a mi perseverancia mental. Porque aunque haya logrado quitar del medio la perseverancia de la acción in situ, la otra no me abandona y jamás me he propuesto ser perseverante en abandonar mi perseverancia mental. Me distraigo pienso en otras cosas, persevero mientras en otras cosas, porque siempre hay cosas que salen mal o pueden salir mejor. Me esfuerzo. Me entreno. Me ejercito. Creo que fue Fito o Spinnetta el que dijo que el amor era un ejercicio. Yo les creo, lástima que nunca los escuchaste. Quizá a ellos sí les creías. Quizá creo demasiado. Quizá, la perseverancia sea mi vicio y no una virtud tal como uno querría que sea. Quizá después de todo, la perseverancia no sea resultado de la fortaleza sino sólo un indicador más de mi necedad para algunos o idealismo para otros. Y mientras pienso en todo esto, escucho la perseverancia de mis papas, de treinta y pico de años de matrimonio y las mismas discusiones de siempre. Un ruido leve pero molesto, sin lugar a dudas, que se extiende cada vez que tengo el gusto de visitar mi viejo hogar. Percibo esa perseverancia en el error y me horrorizo un poco, es claro, por qué quien quiere una perseverancia que sólo sirva para más conflicto. Y me digo a mi misma que tal vez estabas en lo cierto y lo nuestro hubiese sido siempre como un auto empantanado que resbala y resbala pero no avanza. Y medio a disgusto, medio insatisfecha me digo que es hora de pasar a la siguiente figura. Que con esta ya no puedo hacer más nada a pesar de que quiera, que el psicólogo ya me sacó el lápiz, el sacapuntas y la goma. Miro la otra figura, la veo borrosa y me da un poco de miedo, porque siempre tuve un miedo encarnado a no hacer las cosas bien. Le pido al psicólogo el lápiz porque sí voy a seguir con la tarea. Voy a probar de nuevo con una figurita distinta. Agarro una hoja en blanco y empiezo a dibujar. Porque yo sé entrenarme y sé lo que es entrar en el área a pesar de no meter gol. A pesar de errar el penal.
* Neologismo que indica dos de las actividades claves del ser humano, podría decir simplemente experimentar pero piensosiento que no denota exactamente lo que quiero decir.
miércoles 4 de noviembre de 2009
Crimenes imperfectos.
Así que me salvaste infinitas mañanas, tardes y noches. Te salve, eso quiero creer, yo también, algún par de otras veces. Pero ahí estaba, la mentira reconocible para quien quisiera verla. La presencia virtual de un intruso. Una distancia que se conoce por vieja, por años de recorrerla, vos allá y yo acá. La mentira de creer tenerte al lado, de creer en la teletransportanción, la telepatía, los fenómenos paranormales y toda la sarta de ilusiones que uno se obliga a tragar para disfrazar los kilómetros, para mentirle a los mapas, a la geografía y a los dialectos, también.
Te quería decir, esta vez, que era mentira. Que era otra bonita promesa para el tintero. Que llevábamos años metidos en el estanque, que era hora de salir y, esta vez, en serio. Que era hora de sacarnos ya, los trajes de baño y quedar desnudos o vestirnos de una buena vez. Quería decir que se estaba haciendo tarde, que tenia los pies y las manos con muchas arrugas de tanta agua de tanto tiempo.
Te miraba una y otra vez buscando alguna señal, algún gesto que me dijera sí sí, yo también estoy esperando la denuncia. Y nada. Los ojos intactos. Esa forma de articular palabras como si fueran a llevarme bien lejos, algún día.
¿Cómo quebrar lo que lleva años? La seducción sin caza. La caza sin presa. La mentira a medias. Como los viejos matrimonios que uno a veces ve y siente escalofríos. La mentira a medias. Me acordé entonces de una frase, una de esas frases que te dejan regulando. Una que no habías pronunciado vos ni la había dicho yo. Hacía un tiempo había comprado un libro sólo por su nombre. Son las compras que hago, a veces. Me las permito por impulsiva, por amor a primera vista, por crédula y por infantil. También me las permito por querer creer que soy todas esas cosas, a veces. El libro se llamaba Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Y le quería decir todo esto. (Pero) Le quería.
lunes 2 de noviembre de 2009
La extinción del juego.
Te tomaste todo el aire que yo no tenía, miraste afuera como quien mira el resultado de una cirugía estética. De eso se trataba después de todo. El eterno cambiar de los enfoques no es más que un entretenimiento formal, como si no te conociera. El juego exprimido de la culpa. Que te levanta y te acuesta. Pero no te toma. Ni lo tomas del todo. Así que miré la pulpa hecha a un lado y, el jugo chorreando en las manos. Te miré a vos y a tu olvido. Quería decir, quería señalar, que la cirugía no es ni aséptica ni estética. Eso también es un ideal. En la realidad, las cirugías son pura carne cortada, por donde se lo mire y, la justicia no es más que un paliativo, un anestésico que trata de dar a cada quien lo suyo, sin saber qué es suyo ni quién es quién. Pero seguía tosiendo y vos ya te levantabas, a lavarte las manos, a lavar el juego y los recuerdos, las memorias de animalitos vencidos en plena selva matutina.
domingo 25 de octubre de 2009
El truco del resto.
para la sopa del porvenir
mi colección de cartas
de corazones
en formato mp3
para llevar a todos lados
el truco y sus fantasmas
son metamorfoseables
Tengo mis cuchillos afilados
y carne todavía en el freezer
para darle a quien quiera
todos los músculos
tirados al asador
porque no hay reservas
sólo queda un resto
de envidio
o de falta, para terminar
la partida.
martes 13 de octubre de 2009
Las inefables.
Tengo historias que quedan olvidadas después de bajarme del colectivo: historias de una hoja, de un vuelco del corazón, de un rosario en la mano y un celular en la otra; otras que se sepultan después de una noche de tormenta: de cucos, de fantasmas de las esquinas, de palpitos de fin del mundo, de monedas temblando en una fuente de deseos. Así, mi mente es un cementerio de historias que nunca terminaron de materializarse en un cuerpo escrito.
Algunos cuerpos son misterios y los misterios siempre tienen alma. El alma canta, a veces entona un hurra y otras una melodía media tristonga que acompaña el sueño de la almohada de Quiroga, la caída del tobogán, el abrazo de un amigo que hace tanto y tan poco no se ve, la mirada de mamama en el cielo negro. Mamá me dijo un día que este mundo es chiquito y nuestras almas son demasiado grandes, por eso de vez en cuando explotan y se van a otro lado donde puedan entrar enteras. No siempre son tan grandes, pero algunas crecen mucho y empiezan a querer salirse del cuerpo para sentirse más cómodas. Me dijo que por eso la vecina de al lado cantaba tan lindo. Yo creo que la vecina tenía un alma gigante. Y el señor de enfrente, debería tener un alma de dinosaurio. El señor de enfrente pintaba cuadros, algunos te daban ganas de entrar en la tela y descoser los colores para jugar al elástico, saltar la cuerda, tirarte en una hamaca paraguaya. Otros te ponían la piel de gallina y querías taparte los oídos porque era un canto de lo más estridente. Mamá me dijo que las almas también pueden contagiarse entre sí y empezar a hacer y pensar cosas parecidas. Eso es lo que pasa en los casamientos, en las fiestas, pero más pasa todavía cuando dos personas se quieren mucho. Las almas tienen muchos misterios. A mi sólo me contaron algunos.
A veces las almas viajan de un cuerpo a otro hasta que pueden sentirse a sus anchas. Los cuerpos las extrañan un poco, pero después se olvidan porque tienen memoria de muy corto plazo. Mis manos, por ejemplo, se acuerdan del tacto de las hojas de eucalipto, mi nariz del olor de jazmines en primavera, mi lengua del sabor a Miranda manzana en los cumpleaños que tenía cuando era chica, y así todo mi cuerpo tiene sensores con piletas de recuerdos. Pero si mi alma se va, esos recuerdos no durarían mucho. Hay almas transatlánticas, almas nómades, almas verde alga, almas garras, almas descuartizadas. Las hay de todos los tipos. La mía es un alma de cajita musical. A veces se pone caprichosa y deja de cantar. Otras se empantana bien adentro y no hay forma de hacerla salir a dar una vuelta por el papel. Pero nunca quiere dejar el cuerpo.
No es tan fácil que un alma deje un cuerpo, porque por más de que las almas crezcan mucho y, a veces quieran salirse y otras estallen, las almas crecen por el cuerpo. En verdad, las almas le deben mucho a todos los cuerpos en los que han estado y en los que estarán porque los cuerpos les prestan muchas cosas, como estar con otras almas y poder tocar otros cuerpos. No sé cómo se sentirá un alma cuando ya no puede entrar en ningún cuerpo. Eso es algo que nunca se lo pude preguntar a mamá. Mamá tenía un cuerpo hermosísimo y un alma más hermosa todavía. Era un alma vagabunda y le encantaba salir a andar a caballo. Se ponía unas bombachas gigantes y trepaba rápido al lomo sin necesitar estribos. A veces me ponía bastante celosa porque podía estar toda una tarde galopando, acariciando las crines, viendo los caballos sentada abajo del viejo lapacho amarillo. Claro que la mayoría de las veces yo estaba con ella, pero sabía que mucho de su alma no estaba conmigo. Decía que su alma en otros tiempos había sido un unicornio y más tarde, un potrillo azabache, una yegua baya y un pura sangre cabrío. Deberían existir árboles genealógicos de las almas, pero eso sería casi un imposible, porque cuando un alma explota no se le puede seguir el ritmo.
Algunos físicos dicen que es el caos. Y el caos es el misterio. El misterio es no poder saberlo todo porque nuestras almas, para poder ser conocidas, siempre están en algún cuerpo. La física estudia el comportamiento de los cuerpos pero sabe poquitísimo de las almas. Claro que está la metafísica y también están las religiones, la psicología y la parapsicología. Pero eso, en recuento, son muchas historias. Historia dentro historias también. Como mamushkas infinitas que nunca terminan de desnudarse. Nadie nunca vio un alma desnuda. Hay quienes dicen que es porque son invisibles. Yo no les creo. Yo creo que nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo, y ver un alma sería casi lo mismo.
miércoles 30 de septiembre de 2009
Las personas de hueso
El punto es que hablo tanto con tantos que cuando estoy frente a alguien de carne y hueso me desconcierto y no sé como empezar a entablar comunicación. Siempre es de lo más sencillo, yo hablo, lloro, me río y mis interlocutores fantásticos entienden absolutamente todo, hasta incluso mis tácitos puntos suspensivos. No es así cuando hay personas de hueso. Las personas de hueso tienen poca actividad mágica. Toda conversación se reduce a un paréntesis dentro de otro paréntesis. Todo hay que aclararlo. Continuamente. Perezosamente. Infructuosamente. Por más que me ejercite en ser una delicada contorsionista de gestos faciales, aún así, nunca acaba de entenderse por completo la idea. Como si el mensaje fuese interceptado por una especie de ruidos-ladrones que secuestran parte del discurso (sea este facial, textual y/u oral). Me esmero, juro poner sudor y lágrimas con los huesos. Cambio el tono de voz, subo el volumen, ajusto la precisión de la mirada, les pongo botox a los acentos, levanto cejas como pesas de 5 kilos, tuerzo la boca como un trapo de piso, agito las manos como si estuviese a punto de padecer un ataque epiléptico y, nada. Sigo ahí. Otra vez, a lo mismo. Que pareciera que cuanto más claro, más oscuro. La sola idea de pensar en hablar y esforzarse una y otra vez por ser entendida por los huesos, me agota.
Así que, en el día a día, lo único que me anima es saber que no estoy sólo con los huesos. A veces los huesos tienen réplicas. Es decir, a algunos huesos les corresponde un clon fantástico con el que hablo desbocadamente, sin parar, toda una hora de corrido. Los clones fantásticos son de lo más útiles sobre todo cuando uno putea a su jefe, por ejemplo. El único problema resultante es la impresión que a menudo se tiene: cuando Hueso Flora aparece, por ponerle un nombre, ya no puedo hablar tan bien como cuando estoy con Clon Flora. La espontaneidad y fluidez de ideas se atora. Hay un cambio y ese cambio se percibe, uno se desilusiona bastante porque sabe de lo que Clon Flora es capaz.
Hoy es el cumpleaños de mi madrina, vieja librana socarrona. Hace mucho que no hablo con Ana, así que me da un poco de fiaca levantar el tubo y ponerme al tanto de todas las peripecias de su existencia. En cambio, hablo con Freddie, con David Bowie, con Michael Jackson más de lo que incluso yo, desearía. Le dije a Freddie que era el cumple de Ana, pero no sé si Freddie va a acordarse de decírselo. Curiosamente (muy curiosamente), a veces los clones se comportan de manera silenciosa, como cautivos. Conmigo jamás. Al contrario, lo más frecuente, es que tenga que pintar toda mi cabeza a rayas multicolores (al mejor estilo película en VHS a punto de comenzar) para callarlos.
martes 22 de septiembre de 2009
El origen del anillo del Capitán Beto.
No hay que ser un gran estadista ni gran observador para constatar que, en las grandes metrópolis contemporáneas, muchas criaturas humanas van al supermercado los días sábados. Este comportamiento fácilmente detectable que, quizá en una primera instancia llamaría la atención, se debe a múltiples factores de los cuales no sabría dar cuenta, pero hay dos de ellos popularmente conocidos. Uno es que se dispone de más tiempo para ocuparse de los quehaceres domésticos, aunque rara vez uno tenga ganas de encerrarse en un tumulto de gente luchando por carritos, colapsando el tránsito entre las góndolas y de perder, por lo general, aproximadamente unos veinte minutos preciosos de su día libre, haciendo cola para pagar los productos que desea adquirir. Además de disponer de mayor tiempo, los sábados, hay promociones y descuentos para nada desdeñables en varios supermercados. En un país donde las crisis económicas son el pan de cada día se deduce que la gente hará uso de este beneficio.
En mi barrio particular hay un solo supermercado que hace envíos a domicilio. Tengo una sola tarjeta de débito y esa tarjeta tiene descuentos los días sábados. Por lo que yo me encuentro en ese conjunto de seres que “eligen” ir los sábados al supermercado. He logrado reducir el número de visitas a dos por mes, es decir, una aproximadamente cada 15 o 20 días para las compras “grandes”. Las compras del día a día, las hago en el puesto de unos bolivianos abajo de casa o en el mercadito de los chinos a la vuelta. Esto aumenta las posibilidades de ahorrar tiempo y gastar menos plata. Porque otro de los problemas de ir al supermercado es la tendencia a comprar productos que no son estrictamente necesarios. En general, el común de la gente, piensa que este es un comportamiento típicamente femenino. Lo cual es cierto. Pero también es bastante acertado en el caso masculino. Al menos, en lo que refiere a productos tales como comidas rápidas, desodorantes, afeitadoras, carne y quesos. Quizá no se encuentre esta predisposición en la naturaleza del sexo masculino pero el marketing ha logrado imponerla.
Hace algunos meses atrás, un sábado como cualquier otro, me tocaba hacer el ORTOD nombre que ha adoptado esta codiciada aventura sabatina. ORTOD es un sigla puntillosamente sugerida por un gran amigo que compartió el piso conmigo en mis años estudiantiles, la cual esconde el siguiente significado: Organización Regularmente Tortuosa de Objetos [de Consumo] Diarios. Bien, todo iba sobre ruedas, como cualquier sábado había empezado el inicio de mi itinerario gondolero por las bebidas no alcohólicas, seguido por elementos de higiene personal, alimentos congelados, lácteos, etc. Llegado el momento indeseado de la caja me apresuré a ponerme los auriculares y aguantar estoicamente los ya habituales 20 minutos de espera inoportuna. Había dos personas adelante mío con seudos carritos hiperllenos y una que estaba terminando de pagar. Mientras esperaba había adquirido el hábito de observar los productos de consumo ajenos. Así me entrenaba en deducir qué clases de productos consumía determinado grupo de personas. Una tipología básica digamos y bastante salvaje. El dato empírico estaba a mi mano, el campo de acción que cualquier publicista, empresario o marketinero, añoraría tener, yo lo hubiese intercambiado en cuestión de minutos con tal de ahorrarme este sufrimiento impostergable. Otras veces, me inventaba excusas y salía en busca del algún producto supuestamente olvidado para dar una vuelta en vez de esperar recostado sobre el carrito el lento paso de mis antecesores. Este sábado tampoco había nada nuevo en eso.