viernes 27 de enero de 2012

Magia blanca.

1.


Estoy perdida en medio de un bosque de pinos. Las agujas molestan en los pies, voy descalza. Me dejo llevar por el olor que entra y sale. Entra por mi nariz, sale por nariz. Nunca aprendí a respirar como corresponde. Lo que corresponde es ajeno, es lo externo que no se ajusta a la medida de mi piel. A la medida de mis contornos.

2.


Está atardeciendo. Una tibia humedad flota en el ambiente, como si brotara del mismísimo centro de la tierra. Un poco de brisa suave por aquí, por allá, contrasta, eriza, despierta mis sentidos.

3.


Escucho pasos. Una vieja de pelo blanquísimo camina apoyándose en su bastón igualmente blanquísimo. Me reconozco en la vieja. Va derecha, caminando con calma, mirando como quien quiere ver. Tiene los ojos oscuros bien abiertos, cejas anchas, entrecortadas por el seño fruncido. Intento verla mejor. Lleva un vestido sencillo que se arrastra por la tierra. Pasa por mi costado sin siquiera notarme. Levanta un poco más la mirada, pareciendo ya saber de antemano, cuál es su camino. Yo permanezco hecha un nudo tenso.

4.


Quiero preguntarle a dónde va. Pero la voz no sale de mi garganta. Reconozco está situación: un déjà vu que se repite hasta el cansancio de mis letras. No puedo hablar. Me inquieto más.

5.


La vieja sigue caminando. Yo la sigo por detrás aunque ahora me cuesta respirar. Siento el aire brumoso que se me atasca en la cabeza. Como si en vez de recorrer su circuito habitual, el aire se fuera a la sien, inflando como un globo la frente y el cráneo. Quiero hablar pero mi boca sigue ofuscada.

6.


Camino lo que parece una eternidad. Ya se hizo de noche. De repente, la vieja se para. Escarba con su bastón algo en la tierra. Aparecen unas raíces brillantes, llenas de luz plateada. La luz me encandila y no puedo ver lo que sucede. Caigo. No puedo sostenerme sobre mis piernas gelatinosas. Algo chupa toda mi energía. Me abandono. Un sueño profundo me invade.

7.


Cuando despierto, veo a la vieja agachada al lado mío. Tiene las raíces en sus manos y me las está ofreciendo. La luz sigue siendo muy potente y tengo miedo. Miedo de que al agarrar las raíces me quemen las manos. La mujer me mira con insistencia y calma, parece confusa.

8.


Logro enderezarme y me siento en la posición de loto. No sé por qué hago eso, pero mis piernas reaccionan espontáneamente. Cierro los ojos y extiendo las manos como indicando que estoy dispuesta a sostener las raíces pero no dispuesta a ver mi dolor. No sucede nada. Vuelvo a abrir los ojos y la vieja sigue mirándome. Ahora, interrogativa. Sus manos, no puedo verlas. Están cubiertas por esa madeja de raíces.

9.


Quiero saber cuánto es el dolor de la luz. El dolor del fuego. Me acuerdo del mito y me acuerdo del hígado. E inmediatamente, siento una punzada en mi costado derecho. La miro y me hace un gesto afirmativo con la cabeza. Extiendo las manos, manteniendo los ojos abiertos, y me entrega las raíces. Al sostenerlas, siento una viscosidad fría entre los dedos. Algo se alerta adentro mío, pero a medida de que la savia se va colando entre los dedos y las muñecas, se torna más tibia, más pacífica. Como si estuviese recorriendo una ruta a través de mis brazos.

10.


La savia llega hasta las axilas y se detiene. Escucho un leve chillido asmático que sale del mismo centro de mis manos o también podría ser del mismo centro de las raíces. El chillido no aumenta ni disminuye su tono. Tampoco dice nada. Me pregunto si esas raíces no serán mis pulmones intentando respirar. Me cuesta inhalar el aire cada vez más pesado.

11.


Siento cosquillas en las manos y me doy cuenta de que las raíces se están extendiendo. Crecen hasta envolver mis muñecas, formando un nido. La belleza del nido es exquisita. A pesar de que ahora siento mucho calor en las manos, no puedo soltarlo.

12.


Algo empieza a moverse en el nido. Una masa de raíces se separa del resto. Raíces y ramitas entremezcladas se parten y reparten hasta formar un pequeño pájaro plateado. Beso el pájaro, las suaves plumas y luego el cráneo. Como si me respondiera a las palabras que no logro decir, abre sus alas. Me mira como si todo el conocimiento del mundo se evaporara. Esto. Una mirada animal, silvestre e inocente. Una mirada que acaricia. Siento ganas de llorar pero el pájaro me sigue mirando y me doy cuenta de que la vieja también.

13.


Esta vez soy yo la que hace un gesto afirmativo con la cabeza. Reverencial. Vuela el pájaro, batiendo las alas plateadas. Dejar ir. Soltar. La vieja me da una última mirada y desaparece. Como por arte de magia. Y creo en todo esto, en la magia del arte y en el arte de la magia.

14.



Las raíces van apagándose de a poco. Reduciéndose hasta formar una alianza de plata que coloco en mi dedo anular. Sigo caminando. Un norte transformándose a cada paso.

domingo 27 de noviembre de 2011

Cardumen.


Este es el peso del hombre:
un cardumen doméstico
puntos rojos y blancos
una guerra sin penicilina
un alfabeto que termina en humo.

Hay algunos hombres buenos
un beat en cada pata
un escarabajo dorado
prendido en el pecho

despega al costado del verano
de las chicharras
habla de paz y amor
en un idioma raro
como ecos de una década indigesta
perdida entre intestinos kilométricos.

Ahora los paladares están oxidados
de cinismo y de humo y de drogas de diseño
cibernético, pop, alternativo, electro…

Un cardumen domesticado
que no muerde pero tampoco ladra.

A veces un escarabajo despega entre el cardumen
a veces el cardumen aplaude y revoluciona
la playita, la arena del tiempo
corre hacia atrás
hacia delante
disparatada

Ese escarabajo vuelve su espalda al océano
se olvida que fue pez o canto de chicharra o arena
tiembla en el aire
y estira las redes del cardumen al infinito.

sábado 26 de noviembre de 2011

Un rábano en el mundo flotante.

Flota el tiempo en las aguas de marzo
una raíz, un alga, una isla, nube pasajera.

El rojo despierta ahí
en el centro amarillo:
una nuez de Adán,
una boquita pintada,
un amor o rabano
que nunca a nadie importa
es protagonista
raíz de sangre roja, fotosintética,
abre paso: cuenta su historia.

lunes 10 de octubre de 2011

martes 13 de septiembre de 2011

el laberinto del feto

cierra la puerta con llave
al retorno de los griegos
de Sísifo y de su infierno

hojas violetas cubren la cabeza
antes llena de laureles,
de pájaros volados
alrededor del fuego
Prometeo grita
por su hígado y sus entrañas
mientras yo mascullo unas cuantas palabras
de eterna cadencia
esperanzada

acá uno todavía puede
indignarse
h-a-y tiempo
para el humano embrión,
apéndice del mundo

chilla y patalea
dentro de su corteza

por un amor
un conocimiento

exaspera

las tripas abiertas

las tipas florecen

el caminante canta.

martes 16 de agosto de 2011

yoga







inhalo mi fauna
exhalo mi flora.
Asi de simple
todos los días.

domingo 14 de agosto de 2011

El pájaro en la camiseta.


1.


Parpadeo. Una, dos y hasta tres veces. En el pasto, las hormigas molestan el calor de la piel al sol en este invierno. Un viento sureño sacude las ramas, caen hojas de los robles amarillos.


2.


Llevo mi amuleto de cantos de cisnes sobre el pecho. Un pájaro gris se sacude dentro de mi remera de algodón blanco. Deja caer unas gotas de tinta china sobre los pezones agrietados, sacude las plumas, se mueve lento, sin prisa e inclina su pico sobre mi ombligo.


3.


Escarba mis memorias, mis gusanos y mis mariposas, mientras abre su pico y articula una canción desafortunada. No hay revolución en estos pagos, hay piel y plumas erizadas, hay un no sé qué que me nosequea: cinco siglos igual.


4.


Entretanto yo corro y me veo corriendo. Desparramo energía cinética en el ripio ondulado. Cruzo camiones repletos de cereales, cruzo jinetes y caballos y autos de turismo. Participo en maratones diarias en las que no hay ningún premio, ni fin ni principio.


5.


Siento mi pulso acelerado y la fuerza de los músculos al desplazarse de aquí a allá de allá a aquí sin más propósito que el mantenerme pronta, alerta, lista para el salto. El salto silencioso hacia el vacío que nunca llega.


6.


El pájaro dentro de mi camiseta hace equilibrio en el pecho abierto, mientras el algodón transpira una libertad tan inútil como inmaculada.


7.


Parpadeo. Una, dos y tres veces. Cierro los ojos. Un payaso triste ríe en el fondo de la pupila dilatada Alguien dijo que el placer se paga con sangre. El payaso sigue riendo, esquizofrénicamente.


8.


Veo ese payaso en casi todos los ojos que conozco. A veces pierde la peluca, y otras lo encuentro más parecido a un mimo o a un contorsionista, pero todos los ojos tienen algo de espectáculo circense. Será por eso que la gente suele decir que los payasos tienen algo de tenebroso. De siniestro cinismo ocultándose en la sombra de las pestañas.


9.


No me oculto de mi sombra. Me zambulló, enhebro el hilo en la aguja, y voy puntada a puntada cociendo mis demonios. Por momentos, pruebo su elasticidad, su sostén puntiagudo sobre mi espalda. Mis pequeñas bestias negras me hamacan al más allá al más acá.

10.


Más allá del más acá, me aferro a la tierra húmeda. Penetro en el silencio que deja al pasar la muñequita vestida de azul, arranco pastos y yuyos invisibles desde su raíz. Escucho rumores, susurros de voces ancestrales. Invento una energía que no estoy nunca segura de que exista. Invento cuerpos a los que adorar en la noche y en el día.


11.


Dejo que los cisnes recorran el perímetro exacto de mi amargura. Un concierto de cuerdas tensas, de alas abiertas, anuncian su despegue y su caída, su destrucción y su creación.


12.


Furioso antifaz, sobre el rostro desplumado, cae en mil pedazos el espejo mágico de cualquier infancia.


13.


Sigo en el pasto, de cara al sol. Ojos cerrados. El pecho se levanta y se oculta. Respiración lenta. Un pájaro dentro de la camiseta recuerda cantos ajenos. Hace equilibrio entre ángeles y demonios de alas abiertas.


14.


A lo lejos el litoral también habla y atropella en el canto de los teros. Me devuelve a mi lugar acuchillado por lomadas verdes y marrones. A lo lejos, se escucha el temor de los teros, la defensa de sus nidos.


15.


Yo me distiendo y me contraigo sin ningún nido cerca. Me gustaría tener algún nido, algo que defender, algo por lo que cantar, gritar y chillar de cuando en cuando.


16.


Cierro los ojos y los payasos, los teros, los cisnes y todos los pájaros desaparecen. Sólo queda el dibujo de una jaula vacía en una cara del redondel de papel. En la otra, el papel está blanquísimo, hasta casi transparente. No hay otro pájaro, como en la película de Sleepy Hollow. No hay ilusión óptica.


17.


Cierro los ojos. Floto en el tiempo. Dirijo una orquesta y levanto mis brazos como si estuviera a punto de despegar los pies de la tierra. Floto fuera de aquí y de allá. Tal pareciera ser la meta.