domingo, 6 de agosto de 2017

Horóscopo


Goteo frecuente –Súbitas caídas – Ruedo descosido – Incendio insistente de tostadas – Pérdida de: arroz, copos de maíz, río, cielo, rocío– Vuelcos del corazón subterráneo – Tartamudeo episódico – Fiebre – Parkinson labial – Venas verdes – Lengua constipada – Pulso – Pulso – Pulso – Súbitas humedades – Vecinos espías – Zanjón – En el rabillo, ranas trepadoras – Sal de más - Calvicie incipiente –Muerte en el espejo – Soriasis anímica – Implosiones – Resfrío calculador – Citas inexistentes – Citas existentes: plomero, electricista, carpintero, pintor, calderista – Crema cortada – Derrame de licor sobre la página – Brotes cerúleos – Intercambios radiactivos – Baipás identitario – Ojos compota – Morosidad en alta -
Agosto –
Agosto –
Agosto –

Fin de las tardes más cortas del año.

domingo, 9 de julio de 2017

Oficial

Presentación de "mínimos elementales", "Necias y nercias" de Ana Ojeda y "Cosmópolis" de Fabián Soberón, el próximo viernes 14/07 a las 19hs en la Hormiga de Oro, Medrano 688. 

sábado, 24 de junio de 2017

Itaca

Hago la mochila. Pongo lana, remeras de manga larga, pantalones de tela gruesa que tapan el verano del hemisferio sur, que preparan el cuerpo para el invierno del otro lado del océano. Nada sé de lo que me espera. Un viaje laboral de último momento. Oportunamente, puedo tomar unos días de vacaciones. Aprovechar para señalar en el mapa, ciudades desconocidas que evocan poemas conocidos: las mismas calles, las mismas casas[1]. Un eterno retorno donde las diferencias de las lenguas se evaporan.
Hago la mochila. Pongo los primeros días del nuevo año. Esa ilusión de milagro que ocurre cada 365 lunas. Ese bálsamo de inicio que imanta los huesos, el esqueleto, los pies, la boca, las agendas, las horas, inmaculado el año. Puramente concebido.
Será un comienzo distinto.
Será invierno.
Mochila. Una amiga me dice: -No pienses en Homero, olvidate de Esparta, de Troya, de Sófocles, de Eurípides. Los griegos no son los de antes.
La construcción de un mito. La construcción de un Olimpo.
En mi cerebro hay incipientes fulgores. Una luz que tiembla y se apaga.
Entre un aeropuerto y otro y otro y otro, horas donde las partículas se aceleran, colisionan, se enlentecen. Tengo preguntas y sed. Tengo el tiempo que se fue. Tengo.

miércoles, 24 de mayo de 2017

domingo, 14 de mayo de 2017

mínimos elementales

Por allá también andamos: Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Stand 325. Editorial Modesto rimba. Pabellón Azul. 



sábado, 13 de mayo de 2017

Solo postre


Esa noche comió solo postre. Pensó que así dolería menos la falta de olor a frito en las paredes, a cebolla rehogada, a salsa blanca, a salsa de tomate, a salsa rosa en asmática erupción. Una cabecita de ajo quedaba abandonada sobre la mesada de mármol y las pintitas parecían oscurecerse mientras se servía lo que quedaba de flan en una compotera.
Miró las agujas del reloj y sintió un leve temblor en los párpados solo de pensar que no habría quien cocine el bizcochuelo de su próximo cumpleaños.
La primera cuchara le despertó el hambre. Como si fuera –el hambre- un animal en cautiverio, le pidió serenidad y tragó saliva. Pensó que sería bueno tener un entretenimiento para distraer a tantas multitudes invisibles –el hambre, la ausencia, la culpa–. Intentó seguir las figuras de los vecinos del piso de enfrente. Pero las siluetas se desfiguraban y desvanecían aumentando su inquietud. A la tercer cucharada, se dio cuenta que era mejor apurarse y terminar cuanto antes. No habría olor a té de tilo, ni jazmín, ni rosa mosqueta. Nadie controlaría que se lavara los dientes ni apagaría la luz dejándolo a oscuras.     

viernes, 10 de febrero de 2017

domingo, 11 de diciembre de 2016

Estrategias de un taraxacum officinale


Por ese entonces jugábamos una y otra vez el mismo juego. Lo jugábamos en grupo, durante las siestas de sol húmedo debajo de la sombra del aguaribay; en los días de lluvia y barro, adentro del tinglado; en las noches de mosquitos ávidos de sangre, en la galería que daba al este. Pero más me gustaba cuando lo jugábamos nosotros dos, solos. Más me gustaba porque parecía tener el significado siempre en la punta de la lengua, o al alcance de mis yemas, en la punta de la tuya. Aunque a veces yo deseara que ese significado no estuviera ni en tu lengua ni en la mía, sino justo en el medio. Se desentramara, el significado, en ese espacio vaporoso, vacío y por eso tal vez, omnipresente, entre la punta de tu lengua y la mía.
Se trataba de poca cosa. Como todo lo humano. Tal vez, si hubiésemos sido conejos, la historia hubiese sido distinta. Vos me dijiste que conejear era un verbo, y tu debilidad siempre fueron los verbos, como la mía eran los adjetivos, y conejear era lo que hacían los conejos cuando se enojaban y golpeaban el suelo como tambor con sus patas traseras. Como si lo hubieses visto: que lo hacían siempre exaltados, por enojo, por miedo, o porque las hembras no les dejaban acercarse durante la gestación de las crías. Eso dijiste mientras caminábamos, vos adelante, yo atrás, entre los árboles de araucarias, de eucaliptos, de tipas y lapachos amarillos.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Ondina


Sobre la palma de mi lengua escuché un himno o un viento. Quise morderlo y darle besos. Despegué los labios y silbó espantado. De mí florecieron voces pasionarias, dientes de león, leches de pájaros. Con una seda que me ofreció una araña, tapé la tibieza de un sonido. Me obligué a callar todos mis brotes. Digerí mal. Me acosté y la tierra se hundió, se hizo océano chato, como una laguna.
Una ballena me devoró como hubiese querido devorar yo la luz de la hiedra. Abrí las piernas para que un crustáceo me ensartara sus pinzas. Quería estirarme y llegar a abrazar el territorio donde mandaban dioses diminutos. De tanto querer me hice pis encima. La ballena me expulsó. Soñé que un sol me secaba los muslos. Tenía sal, tenía algas, tenía granitos de arena. Pero viento no tenía. Soñé que otro sol se arrastraba debajo del agua, la volvía roja, la ponía espesa.
Quise ir a más. Más tres veces. Más un millón. Destruirlo todo para volverlo a compartir. Se me volcó el corazón. Se derramó púrpura y borbotones. Voluminoso en centímetros cúbicos. Una mujer de barba azul apareció. Me afeitó entera. Soñé que yo era. Soñé que bailaba y entonces canté.  Un erizo me lastimaba las plantas, rodaba en olas de pieles y membrillos ardientes.
Murmuré bajito en las esquinas de las cuencas submarinas.
Ahora espero. Espero el circo o tal vez, algo más triste: el cielo cuando se va de mis ojos, una boca torciéndose, los huecos que provocan las palabras cuando están, las protuberancias del aire sobre las cuerdas. Puede ser que solo sea el cansancio de unos huesos en busca de pasto o de una orilla.
Llevo nadando… ay no sé. He sido naufraga, bandida, polizonte de piel quemada. Mordí frutos de dragón. Creí inventar mundos habitados por todos sus clones. Llevaban cascos, armaduras y las guerras pasadas y futuras se mezclaban en el meridiano amor.
Una mañana después de tanto y tanto, lo vi quieto, casi irreconocible. Todavía estaba yo planchando. Me acerqué ondina. No tenía ojos para ponerme encima. Fue indolente. En secreto me contó la fórmula de un nombre. Grité y yo que tenía ojos, los puse en blanco. Después me bañó con miel. Nos pegamos juntos. Puse huevos imaginarios que me trajo en su viento y los escuché romperse bajo la bella sombra.