sábado, 21 de diciembre de 2013

Umbral

Entré a lo de Fernanda resignada. Era la décima psicóloga que consultaba en menos de un año. Mi vida se había desbandando totalmente en los últimos 12 meses. Había paseado por todos los tipos de consultorios: con diván, con almohadones, con cuadros de Klimt, con cuadros de Van Gogh o de Dalí, con luz tenue, con paredes color pastel, con música de Enya en la sala de espera, con olor a sahumerio impregnado en los sofás. Había ya probado con hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ultra psicoanalistas y cognitivos empecinados en devolverme el control sobre mi vida. Había experimentado con distintos medicamentos y hasta me había sometido a la histórica hipnosis sin conseguir ningún cambio. O al menos, ninguno que fuera positivo.
Desde chica tenía el hábito de hablar mientras dormía. No solo eso sino que había veces que caminaba en la casa, recorría las habitaciones, me sentaba en el living y despertaba al otro día durmiendo en el sillón o en el medio de la mesa del comedor familiar. Mi mamá había consultado varias veces pero siempre la tranquilizaban y le decían que no era nada malo, que era común hablar y caminar estando dormido. Ella insistió con distintos médicos y especialistas pero al tiempo decidió que lo mejor era no hacerle caso a su instinto y resignarse a creer lo que le decía el resto, pensando que tal vez con la ayuda de la maduración de por medio las cosas iban a mejorar.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Intensidad

Hacerlo todo
como si en todo
se nos fuera la vida.
La vida se va
la vida se queda
la vida es ¿indecisa?

martes, 3 de diciembre de 2013

Aguadoaire

Me gustaría estar
en un lugar preciso.
Siento que floto.
Dije: “-que floto”,
no que vuelo.

martes, 12 de noviembre de 2013

A cielo abierto

Su mirada daba vueltas por el horizonte seco. Los surcos arados por la fuerza del tiempo. La misma tierra expuesta, día y noche, al mismo cielo. Miró su reloj: el único colectivo que pasaba por el pueblo en toda la semana ya había salido. Pensó en las luces opulentas recorriendo la calle principal y en el ruido de los frenos y amortiguadores, haciéndose eco entre las esquinas de ripio. Casi una capsula del futuro preparada para atravesar un territorio inhóspito. Se preguntaba para qué insistía todavía en pasar por ahí. Rara vez alguien se subía o se bajaba. Pero el ómnibus seguía viniendo, como si fuese un custodio del tiempo, un regente puntual con el único objetivo de  recordarles a todos el día y el horario. Vaya a saber uno.
Una sola vez había salido del pueblo. No tan lejos. Cuando quiso acordar, se sintió sin memoria, sin cara, sin piel ni nombre ¿Quién era él después de todo? ¿Quién era él para querer algo distinto? ¿y para qué algo distinto? El tiempo era esa corriente de viento que volvía todo a su sitio, a su mismo lugar a pesar de que existiese el movimiento. O quizá fuese justo porque existía el movimiento. Una fuerza ciega que cambia un lugar por otro, una forma por otra, un nombre por otro nombre, pero al final, siempre es lo mismo. Un andar casi desnudo en la intemperie con la cabeza a cuestas.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Gesto

A veces me ato
una pequeña piedra
al tobillo.

A veces, cuando tengo miedo
de volarme. 

sábado, 2 de noviembre de 2013

La invención del principio

Colgar los botines
para empezar otra vez
descalza
desde el hueco
de mi arco,
respiro clorofila.

lunes, 14 de octubre de 2013

domingo, 6 de octubre de 2013

Madreselva

El último año en que la vi, Teresa estaba tan ciega que no podría haber distinguido un elefante de un globo gris gigante. Siempre la encontraba sentada en su silla mecedora frente al balcón que daba al jardín. Solía estar en la misma posición: las manos cruzadas y el ceño fruncido, como si alguien la hubiese dejado ahí plantada. Ni bien me acercaba a saludarla, me reconocía por mis pasos y enseguida me decía: “-Al fin querida, alguien sensato. Por favor, abrí la ventana”. Lo único que podía ver era un gran verde. El jardín había sido consumido por una gigante enredadera. Una madreselva que crecía sin prisa y sin pausa sobre toda la extensión del patio. “-Ah si Clara pudiera ver cómo ha crecido su planta. Es una gran planta Bernardita. Decime vos que podes ver mejor sino. Yo, con solo oler su perfume, puedo saber que es una gran planta. Todos los meses siento su concentración, su intensidad. Y la extraño. Vos también la debes extrañar”.
 Teresa había sido amiga de la señora Clara desde que nos habíamos mudado a una de las casas vecinas. Vivíamos en la misma cuadra y si bien, Teresa le llevaba 20 años más, siempre habían tenido una gran amistad. Venía de visita a veces hasta dos veces al día, y por más de que estaba yo y tenía tiempo suficiente para limpiar, ella ordenaba, lavaba e incluso, le tomaba la lección a los hijos de la señora y los ayudaba con los deberes de lengua y matemática. Hacía todo lo que a la señora la tenía sin cuidado. Teresa sabía que a Clarita había cosas que era mejor no pedirle. Clara era un espíritu muy afectuoso pero de más volátil. Tenía un gran amor que era el patrón y otros amores más pequeños que eran sus hijos y su música. Y en la casa siempre reinaba el más absoluto y religioso caos. Todo lo contrario a la casa de doña Teresa que tenía 4 hijos ya mayores, uno más correcto que el otro. Y todo mérito suyo porque su marido había muerto de más joven en un accidente.

martes, 24 de septiembre de 2013

Pescado rabioso

Desde que le habían diagnosticado esa extraña enfermedad, Freddy nadaba todas las mañanas. A veces una hora, otras dos, otras por las mañanas y por las noches. Decía que no podía concebir otra manera de vivir feliz, más que teniendo una vida acuática. Los más cercanos sabíamos que en realidad eso era solo una parte del cuento. Lo cierto era que desde que tengo memoria Freddy tenía una extraña debilidad por el agua. Y de grande, el asunto de nadar se había vuelto su única forma de sentirse vivo.
Me acuerdo cuando iba a jugar a su casa. Nuestras madres eran hermanas, y como teníamos la misma edad e íbamos al mismo colegio, pasábamos mucho tiempo juntos. Para todos, en la familia y en el barrio, Freddy era un chico raro. A veces, yo veía sus rarezas, su forma de ser tan hermético por momentos y tan charlatán por otros, sus preguntas extrañas, su modo de reaccionar ante lo que decían sus padres o la maestra. Pero la mayoría del tiempo lo único que veía era, ni más ni menos, que a mi querido primo Freddy. El gran Freddy.
A pesar de que solo me llevaba unos meses él siempre parecía un par de años mayor. Básicamente porque además de ser de contextura física más grande, él nunca tenía miedo de nada. De nada. En todo iba adelante. Yo, en cambio, era introvertido, medio tímido, medio callado y para nada arriesgado. En el barrio, me tenían como su sombra. El maricón, así me decían. A Freddy no le importaba y si era necesario, me defendía. Claro que yo era el único que lo seguía en todas sus ocurrencias. No porque siempre quisiera. Más bien se trataba de un sentimiento de lealtad inexplicable que teníamos entre los dos.
Desde chico su obsesión por el agua no lo dejaba dormir tranquilo. Así que dormía con una botella de agua al lado. A veces se levantaba en la mitad de la noche, se tomaba varios tragos y luego se quedaba mirándola. Como si estuviese hipnotizado. Mamá me decía que era porque tenía un problema en la respiración. Que por eso se despertaba. Pero yo creía que en realidad era por el agua. Me acuerdo que las primeras veces que me había quedado a dormir en su casa me daba terror que se levantara. Hacía un chillido como si se asfixiara y se quedaba quieto unos minutos. Luego tomaba agua y se quedaba ahí como embobado mirando dentro de la botella vaya a saber uno qué.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Caro cuore

Mamá siempre me decía que lo más importante era tener un buen corazón. Así también excusaba las macanas de todo el barrio: “-Reinaldo es medio torpe pero tiene un buen corazón” o “-Pola es lela, fue sin querer que rompió la muñeca. Nunca lo haría a propósito” y sin dejar espacio, todo seguidito, agregaba “-Tiene un buen corazón”. Esa frase era como un paredón que se alzaba frente a cualquier tipo de cuestionamiento  u objeción que uno podía hacer acerca de las intenciones del otro. Y yo, irremediablemente, cada vez que la escuchaba, me quedaba pensando en qué era eso de tener un buen corazón. Si uno nacía con ese corazón como si se tratara de un don especial, si era un talento que se les daba a los bobos para compensar sus torpezas, si era más bien equitativamente distribuido, si se entrenaba con el tiempo y el buen carácter. Pero la mayor parte de mis pensamientos rondaban en tratar de entender de qué material era ese corazón. Si se trataba de un corazón tierno como la masa de pan casero, si era un corazón tan blanco y polvoso como la harina que flotaba en la cocina de doña Chela cuando hacía tortas fritas, si era un corazón rosa o celeste o fucsia furioso. Después de pensar horas enteras tirada en el pasto, panza arriba, terminaba por convencerme de tenía que ser un corazón tipo pastel. Dulce y esponjoso como el merengue y seguro también, era brillante como el caramelo del flan que hacía la tía Guadalupe para los cumples del abuelo. Otras veces, me entraba la duda de si todos los corazones buenos no serían como esos sangrientos y llenos de espinas que se mostraban en la capilla del colegio y para remediar estos asaltos al ánimo, enseguidita también pensaba que bien podrían ser como el corazón alegre y noble del Chapulin colorado.

domingo, 1 de septiembre de 2013

La supervivencia individual

Las noches de luna creciente, en el pueblo de la Santa Kímera (o de la Falsa Esperanza como la llaman los vecinos de localidades cercanas) algunos marineros se sientan en el muelle a entonar canciones olvidadas en idiomas ya en desuso. Se dice que cantan para despertar a las sirenas, para comprobar que todavía existen aunque desde hace añares nadie las ha visto.

Las lenguas bífidas del pueblo, un grupo de esposas y de viudas malqueridas, aseguran que las sirenas se han intoxicado por culpa de los marinos: “-El mar en lo profundo se ha vuelto de hierro colorado y los barcos hundidos han aplastado cualquier sueño de escamas con forma de mujer”. Lo dicen por todo lo alto y por todo lo bajo. En las cocinas y en los almacenes. Según las malqueridas, los hombres deberían olvidarse de ir en busca de cantos con aletas y aventuras imposibles: “-Ya el océano está oxidado de tantos siglos de tanta historia de piratas, conquistas y jóvenes ingenuos que se dejan llevar de las narices por la astucia de capitanes, reyes y fábulas improbables”, sisean de aquí para allá y de allá para aquí contorneándose entre sus pieles y trapos.

Otras mujeres murmuran bien por lo bajo, sin saber qué partido tomar, temerosas de ser castigadas por unos o por otras. Igual son pocas las que quedan en Falsa Esperanza. Las muchachas de ahora son las que se van primero. No a mar abierto. Se van a tierra firme en búsqueda de un lugar donde guardar sus raíces y esparcir sus semillas. Ni bien nacen les llenan la cabeza con los reclamos de unas y las ilusiones de otros. El laberinto de la desidia, recorrido de ida y vuelta, todos los días de cada año. Así que cuando llegan a los quince y pueden caminar por cuenta propia, se prenden del único hilito con aires de promesa. Agarran lo poco que tienen y se van a buscar trabajo u hombres, lo que primero se dé. Eso sí, lejos de la Falsa Esperanza.

En cambio, siempre quedan bien anclados en la Santa Kímera los marinos jubilados, esos que han perdido cualquier tipo de recuerdo de viejas fábulas. Hombres que ya no creen en ninguna voz, ni del más acá ni del más allá y pasean como sonámbulos en las calles del pueblo ostentando la precariedad más absoluta en la que se es capaz de vivir. Cada tanto se hinchan un poco de orgullo o de desvarío, y como gran acto de vandalismo y rebeldía, rompen alguna imagen de la Santa Kímera, imágenes que subsisten todavía en algunos rincones de las plazas y esquinas del pueblo. Hay disturbios y peleas en los bares del puerto pero al tiempo todo vuelve a lo de siempre.

Los marineros que insisten en frecuentar el muelle en las noches de luna creciente, no pueden resignarse a creer que esas voces del más allá ya no existen, y allí vuelven cada noche, a contarse historias, leyendas y fábulas, siempre renovadas por la pura ilusión de creer que algún día las sirenas, aunque fuera vestidas de puro rojo vivo, volverán a cantar. 

lunes, 19 de agosto de 2013

Los puff

Hay meses donde vivo amarrándome a los objetos. Me prendo de la tasa de café, de la silla, del colectivo, de la bici, del abrigo, de los anteojos como si en ese acto se me fuera la vida. Como si hubiese huracanes invisibles alrededor, fantasmas de un mundo subrepticio arrastrándose entre los rincones, detrás de las puertas, en los pasillos, debajo de la cama, listos para tragarse la tácita fidelidad de los objetos cotidianos.
La gente alrededor mío no entiende o no alcanza a entender mis manías. En los tiempos difíciles, monto guardias de día y de noche para supervisar que todo esté en su lugar, que nada esté fuera de mis radares. Claro, en esas épocas termino exhausta.
El médico dijo que intente describirle cómo son esas fuerzas. El muy idiota cree que estoy loca. No sé da cuenta que todo lo que viene también se va pero yo me quedo. Así que con la ayuda de algunos trucos que he ido descubriendo, me las apaño para seguir adelante.
Cuando el pico de mi obsesión pasa y el pánico desciende algunos puntos, dejo de dar cuerda al reloj y puedo acostarme en mi gran cama con un gran libro segura de estar conjurando un hechizo infalible contra todos los vandalismos pretéritos y futuros. Hay un perímetro exactamente delimitado que los puff –como últimamente se me ha dado en llamar a estas fuerzas– conocen y no se atreverían a invadir. Ahí, en esos momentos, es cuando aparece lo blanco y puedo estar segura de que el tiempo es hoy

domingo, 7 de julio de 2013

Luz mala


Ayer a la noche Hortensia se levantó con electricidad en las piernas y en las manos. Y un punto amarillo, fosforescente, en el medio de la panza. Poco más de 3 centímetros de diámetro. Se prendía y se apagaba. Convencida de que se había tragado una luciérnaga desdichada en algún bostezo alfa, no pudo más que pensar que se trataba de un mal augurio. 

miércoles, 19 de junio de 2013

¨

Masticabas el extremo
de la birome como si fuera la palabra
ausente: triturándola.

lunes, 10 de junio de 2013

Hortensias



Cuando miro una escena me parece que descubro un recuerdo que ha tenido una mujer en un momento importante de su vida; es algo así -perdonen la manera de decirlo- como si le abriera una rendija en la cabeza. 

Felisberto Hernández

domingo, 26 de mayo de 2013

lunes, 13 de mayo de 2013

Coreografía congelada


Sus cuerpos eran blancos
de sal, casi transparente

sus figuras frías, 
de piedra áspera, casi de mármol

simulaban hacer el amor
cuando no hacían más
ni menos
que puro teatro

desnudas,
encandiladas en un desierto de cara al sol
no podían saberlo.

domingo, 5 de mayo de 2013

La última hormiga



For sir bacon






Y trepada a una luna azul
















blanca
casi transparente 







la última hormiga
contemplaba el fin del mundo 
vespertino, 
un día cualquiera.

domingo, 28 de abril de 2013

Mundos paralelos





Trepa la luna,
la hormiga,
paso-a-paso
construye su horizonte.















Sobre blanco y sobre negro,
aunque el tejido sea el mismo,
muestra más-caras distintas. 

miércoles, 17 de abril de 2013

Odas de mayo


Esperé toda la tarde,
ese martes frío de mayo.
Tenía una campera gris y un cigarrillo
ocupando la mano.

Estaba sentada en una cubierta
a medias deshilachada
Tenía una cámara y un cuaderno,
lista para enmascarar el fracaso cotidiano:

El paisaje humalo que se repite a sí mismo,
como si en la pegajosa ilusión acústica
del propio eco 
se pudiera desenterrar alguna fósil-respuesta

<<las mismas calles, los mismos barrios, las mismas casas>>*

Esperé que algo,
por una vez, algo
pasara.

Faltó el punto, la musiquita, la palabra...
Aunque yo tenía miles envueltas en papel de diario
en papel celofán, en papel crepé:
ninguna era de nadie.

Así y todo, quedaba rezagado
ahí llegando, ese capricho moderno
que alguien me había vendido
y que yo -faltaba más- había comprado.

Así y todo, quedaban todavía mis derechos
de <<consumidor final>>**,
de último eslabón
de la cadena alimentaria.

Quedaban, mis ganas
de chillar hasta el hartazgo:
¡Aquí estoy yo, tengo un nombre, una piel, un deseo!
<<¡quiero una oportunidad, un destino para mí exclusivamente!>>***,

Vi mi sombra tan cautiva como mis pies
llevándola a cuestas,
a la rastra, se lleva a la sombra brava
a veces más sísífa, otras más gollumiana.

¡Aquí estoy yo, tengo un nombre, una piel, un deseo!
Yo, aquí.
Esa predilección absurda por precipitarme hacia lo irrevocable,
¿de dónde vendrá?

Pasó la tarde,
sin chistar siquiera.

Por fin, el sol se puso
y la sombra se transformó en noche
y el silencio se transformó en una parva
de ladridos bien domésticos, 
bien silvestres

En medio de la oscuridad
un escarabajo se acomodó en mi rodilla
Miré su manso temblor
y al cabo de un rato,
como para darnos un poco de ánimo,
le dije:
Gregor, seremos dos
chillando la noche entera
hasta que alguien nos abra la puerta,
hasta que el sol salga
y nos tome por sorpresa
nos tome, al menos, como un minúsculo punto
de irreferencia.


Notas.
*Cavafis La Ciudad
** Mairal Consumidor Final
*** Giannuzzi Ensayo de lamento individual

domingo, 17 de marzo de 2013

(H)Ello SuperRené.




Apenas René cumplió los cinco años de edad sus padres lo abandonaron y sintiéndose solo y desamparado, dejó su charco y retirose a los esteros más desolados del litoral. Durante años allí vivió y pudo contemplar el ascenso y el descenso del sol sobre la tierra. Purificose su espíritu y transformose su corazón. Un día levantose de la siesta, y estirándose cuan largo era sobre un camalote decidió ir en busca de otros charcos urbanos más concurridos para comunicar lo que el cielo le había dicho.

Al llegar al pueblo y lograr un gran tumulto de faunas domesticas y silvestres, SuperRené ascendió sobre una roca, y así les habló:

Los insectos nuestros de cada día están servidos sobre la biosfera.
Bienaventurados aquellos que creen que el oro puede comprar la felicidad porque de ellos son los reinos del petróleo y de las armas.
Bienaventurados aquellos que creen que la especulación es el salvoconducto hacia la supervivencia porque de ellos es el reino de las finanzas y, en consecuencia, de vuestra querida polis.
Bienaventurados aquellos que creen que el amor consiste en una sonrisa porque de ellos es el reino de las endorfinas.

SuperRené hizo una pausa, tomó aire y mirando atentamente a su auditorio faunístico, continuó:

Bienaventurados aquellos que buscan absolutos y no encuentran sino moscas porque de ellos es el reino de los pantanos.
Bienaventurados aquellos que creen que la vida real es puro cuento porque de ellos es el reino de cielos.

Los dados, neófitos míos, los dados giran
de cara arriba: sol y oros
de cara abajo: seis espadas
y, en el medio, un dos de copas brindando por la bendición de nuestra Reina Roja:
que-le-corten-la-cabeza
que le corten las picas, los diamantes, los tréboles y, por supuesto, el corazón
para qué un corazón que no tiembla, un corazón que no galopa
quiero corazones contentos, pero sobretodo quiero corazones taquicárdicos

Aquí una parte del público empezó a escandalizarse, escépticos ante aquellas palabras rimbombantes. Otra parte del grupo, permanecía perplejo, hipnotizado por todo lo críptico de aquel mensaje.

Discípulos míos la Rana René os dice:
Salid de las sombras: espabilaos
el conejo blanco se ha echado a correr
tic-tac tic-tac tic-tac
y el destino tiene fecha de vencimiento,
aunque la condena parezca eterna.
Algo huele a podrido en el pantano
las luciérnagas furiosas sobre el cielo azul
anticipan el temporal
o quizá sea que el temporal ya esté aquí,
jean paul, quién sabe
quién puede estar seguro,
pero yo os digo
atentos a las manos negras que se tienden sobre vosotros
sumiéndolos en un suave letargo
atentos a los anzuelos y sus carnadas desabridas
nada peor que un corazón que no sabe saltar y bailar
al compás del ritmosito bss bss de las moscas
<< sentio ergo sum>>

Esas fueron sus palabras. Al terminar de hablar se inclinó sobre su público, recogió su exiguo equipaje y, según se dijo después, marchó hacia las tierras del sur a predicar el mensaje que el cielo le había dado. 

domingo, 10 de marzo de 2013

Nada nuevo bajo el sol






 todo es vanidad
y correr tras el viento

Eclesiastés 1.14.




La mayor parte del género humano no tiene remedio: gallo se despierta y cerdo sonriente se acuesta. Y poco tienen de malo estas mutaciones pedestres.
Lo malo está en lo puro de la especie Humala.
El cerdo que mezcla el maíz junto con la letra, la biblia y el calefón, y te canta un tango ahí cerquita del puerto. Una cerveza, y todo liso y manso. El río ya sucio le lava las manos: a qué calentar la pava, a qué rasgarse las vestiduras mamita linda, los críos ya verán… un tufillo por aquí, una remendadita por allá y todo llano…
Lejos del puerto, un gallo te ceba mate sentado a la sombra de la cooperativa y otro quiquiriquí se levanta, y vaya uno a saber cómo gallito encrespado se sube al caballo. Cerdito se baja, desensilla y se va derecho al almacén de don paladín. El vino contento lo espera para calmar la sed y alguna que otra tristeza, que el que corre durante el día, quiere sentarse durante la siesta.
He escuchado que el humano conquista el espacio. Eso dice la gente enterada. Clavan banderas y ponen satélites. Vamos a la luna Cohélet, pero otro humano no tiene ni moneda para el pan de la mesa. Y sé que estas comparaciones son sinsentido como sinsentido es lo Humalo. Se esmeran en la razoncita de por aquí la de por allá, la de arriba de la panza y la de abajo, pero después al meollo de la cuestión, que no que no, que nunca llegamos.
Es así, y la ciencia no dice mucho: “¿verdad que no?” “¿verdad que sí?” “¿verdad que no sabemos lo que está bien?”  “¿y es que acaso podemos saberlo?” Y todos los cerebros bullen Cohélet, tendrías que verlos bullir-bullir-bullir y, hasta bullen de buena voluntad puedo dar fe de eso, y hacen preguntas y preguntas que si vos las escucharas Cohélet te volverías a caer bien muerta en la tumba, si es que te espera alguna tumba.
Nada nuevo bajo el sol, nada nuevo
Pero lo mejor de lo mejor mi querida, son los cerdos y gallos que van bien suaves por la calle fumando su habano o su cigarrito en su mercedesvence, a discutir políticas de engaño y engaños de políticas. Los narquitos que trafican almas y los cucuruchos que se mean encima de niños y mujeres. Esa es la crema de nuestro humalobienhumalo porque decirle cerdo sería faltarle el respeto a las pobres bestias.
Nada nuevo bajo el sol, Cohélet, nada nuevo
Del saco azul del policeman y del amante
se cae un pañuelito blanco de vez en cuando
se derraman algunas lágrimas
Oh! qué vergüenza qué infamia qué mundo pueril qué injusticia
pero el cerdo y el gallo se planchan fácil: un poquito de quiquiriquí por acá, otro poquito de oink oink oink por allá y todos lisos y mansos… a qué arruinarse Cohélet

(para mi siempre serás una mujer aunque te prestes a hombre, qué importa!)
                                                                                                
a qué correr tras el viento
mi querida
este abismarse en una grieta que siempre puede calar más hondo y, sin embargo, ya ves,
seguimos acá, arañando paredes y pintándolas luego:

Nada nuevo bajo el sol
y el mismo desamparo en la planta de los pies.

domingo, 3 de marzo de 2013

Lirón despierta




De la sombra a la luz
De lo dormido a lo despierto

El lirón hiberna,
evapora su tiempo crudo
hasta la llegada de los añorados días largos del verano,
del insolente sol quemando los pelospiel
tirando hacia fuera de la cueva

Un té maravilloso
lo espera. A las 12 en punto
cuando el hechizo se rompa
y del sueño despierte.

Abra sus ojos:
empiece el día que a veces es la noche
o la noche que a veces es el día

El sol La luna
luz-brújula
arriba,
el cielo.

Lirón durmiente
sale del sueño
entra a los mundos:
del derecho y del revés

Atravesar el espejo
es la aventura.

jueves, 14 de febrero de 2013

Naturaleza animal






Un animal nunca se pregunta por el significado de la nube que repentinamente tapa el sol, ni por la razón que se esconde detrás de un viento norte en un día martes, ni por el color de la urticaria provocada por el piojo o la pulga o lo que tengan entre los pelos-plumas. Entender esto y, entender que yo también tengo algo de animal, puede ayudar a no encalviciarme en vano, al no descifrar el sentido primero -ni el último- de los sucesos diarios. 

domingo, 10 de febrero de 2013

Quidquid latine dictum sit, altum videtur

Con ustedes la cotorra vedette, presentadora oficial de la muestra que iremos compartiendo en los días subsiguientes... 



"-Buenas noches ladies & gentleman/bon soire/sean bienvenidos a la segunda función del circo beat/el circo más sexy/más alto/más tonto del mundo/desde ahora y para siempre/cualquier semejanza con hechos reales correrá por vuestra propia imaginación/arriverdeci é buona fortuna" repite nuestra cotorra copyright de Fitito Paéz. Eco Eco. Bravo. Aplausos.