domingo, 12 de abril de 2015

Carne de mi carne

Algunos dicen que la venganza es un plato que se come frío. El otro día sin ir más lejos cuando Amalia vino de visita me dijo eso mientras cortaba la cebolla y trataba simular las lágrimas. No me parece. O deberé resignarme a no vengarme como es debido. A mí que el plato no se me enfría nunca. Pasan los días y lo tengo calentito, como galletitas de maicena recién horneadas. Esas que tanto te gustaban cuando eras chico.
Amalia también me dijo: “Tendrías que mudarte o reciclar la casa, o tomarte un crucero a las islas de la Polinesia”. Y pensaba que tal vez en la Polinesia las revistas no tendrían tus retratos en primera plana. Ni mi nombre diluido entre todos los chimentos. Después de todo qué soy yo. Una mujer decepcionada. Dejada en ridículo. Expuesta como en vidriera en los banquitos de cualquier peluquería, dispuesta a merced de los dedos ensalivados que pasan una página tras otra reparando apenas en alguna que otra imagen. No más que un entretenimiento de rutina mientras unas se miran el perfil, la tintura, los ruleros, ansiosas de ocupar su tiempo con las vidas de otros, en palabras cortas, justas, sintéticas, interesadas sobre todo en el apretado epígrafe y la foto que te muestra a vos, a ella, a cualquier ella, en cualquier pose.