domingo, 27 de febrero de 2011

sábado, 26 de febrero de 2011

Güerita


1.
Aterricé un jueves a la madrugada en Buenos Aires. Después de andar viajando más de un mes con la mochila a cuestas, adentro mío, sabía que poco me esperaba. Algunas amigas, una familia, un trabajo y un par de entretenimientos informales. Recordé las palabras que varios de mis viajeros conocidos, incluyéndome a mí misma, habían leído en el transcurso de esos días: Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón, decía don Juan en el libro de Castaneda.
2.
Abrí el libro en mis últimos días en Buenos Aires. Lo cerré, ya a mitad del viaje, en la playa de Mazunte, sobre el Pacífico. Esa noche, había fiesta en el pueblo. Como en todos los pueblos de México hay fiestas por cualquier motivo en cualquier momento. Esa noche, estaba sola en una fiesta ajena a la que sí había sido invitada.
3.
Me acordé de la primera parte de un poema de Juarroz: A veces parece que estamos en el centro de la fiesta. Sin embargo en el centro de la fiesta no hay nadie. En el centro de la fiesta está el vacío. No me acordé de la parte que seguía y que era también la última parte: Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.
4.
Ese día y esa noche estuve sola. Kilómetros y más kilómetros me separaban de lo más o menos conocido o, más o menos cotidiano. Y aún así, la memoria venía conmigo, mi querido caracol enroscado. Atento, con antenas despiertas, para señalarme ese cálculo de distancia, para reconocer el acento argentino en la primera palabra que escuchara, para recordarme (sólo de vez en cuando) que yo era un gusano con vivienda rodante inalámbrica.
5.
En Mazunte, a diferencia de todos los pueblos y ciudades en los que había estado, no me relacioné con nadie. Quiero decir, no me entretuve con nadie, no conocí a nadie, apenas sí intercambie un par de palabras con el dueño de un bar que simpáticamente me obsequió con un café mientras dibujaba y otro par de ingleses que me rescataron de la Punta cometa donde infructuosamente buscaba un hostel en plena madrugada.
6.
Así que esa noche había una fiesta y para mí en el centro de la fiesta sólo había lugar para un vacío y no para otra fiesta. Fue un vacío tranquilo, de olas bajas, de mar estrellado y arena entre los pies. De escribir y espantar picaduras de mosquitos, alternativamente y por partes iguales. De terminar el libro de Castaneda y empezar a leer a Don Octavio y su laberinto de la soledad.
7.
Antes de Mazunte, hubo otras playas y otros lugares. Uno más lindo que el otro. Alguien me dijo que la naturaleza humana en Méjico era hostil, puede que sea así, pero no fue así mi experiencia. La naturaleza humana de Méjico cambia en cada región, no es lo mismo Oaxaca que Yucatán que Veracruz que el Distrito o que Guanajuato ni menos que menos que Chiapas.
8.
Recorrí mucho. Había días donde ante la simple pregunta de "-¿de dónde venís?" empezaba a tartamudear, media mareada, intentando ubicarme en el mapa. Recorrí con amigos viejos y con amigos nuevos. Acompañada casi siempre.
9.
Viajar sola fue toda una experiencia, porque en verdad salvo en Mazunte, no estuve en otro momento sola. Y la naturaleza humana sí que me sorprendió. Amable, abierta, confiada, dispuesta, macanuda. El 99% de las personas que conocí así se comportaron. Y eso fue algo maravilloso. Además de la grandeza de las ruinas de Teotihuacán, las iglesias de Puebla, los locales abarrotados de plata en Taxco, las playas de Tulúm, los corales de Cozumel, el turismo de Chichen Itzá, las callecitas cosmopolitas de San Cristobal de las Casas, los petardos de San Juan Chamula y su iglesia vestida de santos y velas, desnuda de sacerdotes, además del inmenso verde en la selva de Palenque, además de Méjico mismo, la naturaleza humana me maravilló.
10.
Charlé con argentinos, uruguayos, españoles, chilenos, alemanes, australianos, canadienses, franceses, ingleses, coreanos, por supuesto, mejicanos. Ni una mueca de asco.
11.
Tuve dificultades para entenderme con los guías, a veces tenía la impresión que hablarles en inglés, francés o español era exactamente lo mismo. Las dificultades del lenguaje barroco. Ahorita, ahorita, la mayoría de la veces significaba nunca o el olvido. Tratar de verificar algún tipo de verdad histórica del pueblo maya o del pueblo azteca no llevaba más que descréditos continuos de la información, a confusiones, a malentendidos, a disgregaciones. Total que daba lo mismo enunciar que los mayas creían en la muerte y la resurrección del sol que decir que creían en los ovnis, todo dependía de con quién hablaras.
12.
Mientras duró el viaje pensé en varias cuestiones sin llegar a ningún punto en claro. Como siempre que pienso en abstracto sobre cuestiones generales del qué quiero y qué me gustaría y qué macana me mande y qué macana se mandaron los otros y qué del trabajo y qué de la vida. Esa cosa que cuanto más la pensamos más extraña y lejana se vuelve.
13.
Por muchos momentos me olvide de mí, de quién era o qué hacía o qué quería. Estaba. Camuflada en el medio del paisaje en el que estaba. Como las iguanas de la Isla Holbox, al sol con mi sangre fría. Percatarme de este olvido fue algo grato. Ni siquiera yo estoy siempre conmigo.
14.
Admiré el maguey: su pulpa y su carne desinhibida. Aunque, por supuesto, tuve mucho cuidado de no probar el pulque ni el mezcal por más ofrecimientos gentiles que tuve. Si tome un vasito de tequila fue sólo por cierto sentimiento de despecho al que enseguida se le sumo una cuota de miedo hipotalámico y otro interés de culpa estomacal. Desde los 22 y luego de una borrachera infernal, había jurado no volver a probar el tequila.
15.
Me enamoré de Polanco, de sus callecitas o, más precisamente, del nombre de sus callecitas. Llegar a Méjico y decir, estoy parando en Petrarca y Horacio es un lujo que le debo a una de mis mejores amigas. Nos encontramos en Homero y Arquímedes o pedir referencia de un lugar y que te respondan "- Cruzando Aristóteles a la izquierda", era como estar metida en un cuento surrealista plagado de nombres conocidos. Newton, Poe, Galileo, Moliére, Platón, Calderón de la Barca, Hegel, Schiller, Cicerón, Virgilio, Lope de Vega y por ahí seguía la lista.
16.
A la gente en Méjico le gusta el bochinche, el ruido, los sonidos, los gritos y las mezclas exóticas y algo bizarras que no dejaron de anonadarme en mis treinta y pico días de visitante. Ni bien pisé el zócalo del distrito, instalada en el medio del zócalo, una inmensa pista de patinaje invitaba a los autóctonos a conocer el hielo que nunca verían. Entre la catedral hundida, la arquitectura colonial, los restos del templo mayor de origen mexica, los adornos navideños llenos de colores colgando de los balcones, un mejicano disfrazado de indígena bailando algo así como un danza tradicional que no lo era, la imitación de Michael Jackson en la otra esquina, los olores, los olores penetrantes de cocina picante, y la pista de patinaje más el plus de un improvisado rincón para armar muñecos de hielo, no podían pasar desapercibidos para ningún turista que pisara el centro histórico. La mezcla. El hibrido.
17.
En cada zócalo de cada pueblo había música en alguna hora del día. Marimbas, mariachis, orquestas del lugar o bandas de extranjeros, baladas, acordeones. Y en donde, por mera casualidad circunstancial, uno no encontraba música encontraba ruidos, petardos a toda velocidad que te hacían dar un respingo y dar vuelta la cabeza.
En el desierto o en la montaña había silencio.
18.
La fotografía más colorida de todo Méjico estaba en los mercados, repletos de gente y de mercancía, de olores a carne, a pescado, a frutas y verduras, a cuero marrón y a cuero negro, a dulces y cocadas. A frituras, a sandalias, a mimbre.
19.
Por más que aclarara y aclarara que no quería frijoles en las comidas los mejicanos insistían tanto en frijol como en el picante. Aprendí también que el picante no es un sabor sino una sensación que excita o anula el gusto, según el paladar de cada quien.
20.
Nunca aprendí a distinguir muy bien cuál era la diferencia entre los tacos, las tlayudas, las enchiladas, las quesadillas salvo la forma y nunca entendí tampoco porqué decían que la gastronomía de Méjico era supervariada, diversa, heterogénea. Volví convencida de que sin tortillas de maíz no habría gastronomía méxica, sin que esto le quite crédito a los ricos platos de los que me fui haciendo en el trayecto.
21.
Caminé, caminé mucho. Conocí, comí, saboree, bailé, recorrí, nade, snorkee, corrí, dormí. Extrañe poco.
22.
Volví a mi ciudad, la que es "mía" por ahora. Me conecté con las novedades del ambiente. Celebré la salida de la revista de Orsai con el cuento de Villoro trayéndome a Méjico de vuelta, pero ahora entre las manos, impreso en otras hojas distintas a las de Castaneda o las de Paz. Desarmé la mochila, y mientras sacaba todas las pertenencias dispersas, sucias, los regalos, los libros, pensé en esa frase de Don Juan, en esos caminos y en los inconvenientes y convenientes de perseguir esos caminos.
23.
Bajé al mercadito desesperada por conseguir un aguacate, el vicio recientemente adquirido. Mientras masticaba una galletita con guacamole, masticaba mi viaje, masticaba letras y palabras y fotografías capturadas, masticaba también mi oxígeno limpio. Dejé de lado las postales de la Catrina de José Posada y me puse hacer esta radiografía, así salió, y este bien podría ser el principio y no el final, tal como parece.