miércoles, 22 de diciembre de 2010

Memorias del elefante azul en el disco de petri

1.

Un elefante azul se balancea sobre la telaraña. La luna está blanca y está arriba. Cuando me baño, desde la ventana, veo la luna y también, su reflejo en los ojos del elefante. A veces, siento frío.

2.

El elefante mira la luna, complacido en su intimidad, como si la conociera, como si le hablara de vez en cuando. Señala con su trompa los asteroides caídos y guarda en la memoria el espacio a evitar. Nadie quiere accidentes y el elefante ama a sus crías aunque no las tenga.
3.

La araña se enreda, se pegotea. Está hecha para eso, su tejido de seda morado. Quiere un elefante y también quiere una presa. Quiere hipnotizar su presa pero no quiere perder la trama.

4.

La hipnosis es sueño acromático donde me encargo de pulir mis bordes. Esculpo figuras mitológicas para no sentirme sola. Una colección de centauros, unicornios, grifos e hipocampos hamacándose en las esquinas de mi silencio.

5.

Ahí, justo donde empiezan las puntillas del silencio, las estatuas se congelan. Ahí, no hay monedas que alienten el movimiento. Ahí, sólo hay poses (aunque dependiendo del ánimo y del ojo, puedan verse muy tiernas).

6.

No tallo ningún caballito de Troya. No soy buena para ganar guerras. Y últimamente, ni siquiera soy buena para hacerlas. No hay combate en mi pampa gris oscura, hay temblor debajo de la tierra. Hay temor en la tierra.

7.

Te haré ver el miedo en un puñado de polvo. T. S. Eliot. "-Lo veo, mi capitán, lo veo", le digo.

8.

Algunas tardes, hay tormentas de polvo y sequía. Grietas y gritos donde se cuelan frases rotas de poesía como santarritas silvestres. Voces que resuenan en los pliegues y telas, como ecos extraviados por algún viajero abstraído.

9.

Me tiro un rato en la telaraña, a la sombra de la siesta. A mis costados, el río y sus nombres me vaivenean: dice Paraná, dice Uruguay, dice de la Plata. Puedo cerrar los ojos en el agua dulce, el agua amarronada, el aguaverde, el aguaviva. No hay sal, ni mar muerto en esta isla, hay algo así como un rumor que me viene en la corriente.

10.

Me gusta irme cuando escribo como si acaso no estuviera. No atenerme a ninguna base fija. A ninguna lógica en principio, por principios. Aunque después vuelva para encontrarle la forma a lo que digo. Tallarlo como animal fantástico, como si de amansar a una bestia se tratara.

11.

En el pueblo había domas, de potros negros, de animales sin bozal y sin espuelas. Nunca me gustaron las domas aunque a veces me gustara andar a caballo.

12.

Al llegar la madrugada, el elefante azul toca una musiquita destilada con sus colmillos de marfil blanco, para velar el sueño de las estatuas y su reposo. Tilin tilín tilín para que no despierten.

13.

No hay orfeos ni liras por estos lugares. Sólo existen sus reminiscencias: sonidos huérfanos que se ahogan en la tibieza del río, como corderos degollados naufragando en una red de camalotes.

14.

Mis sueños no son paz. Desconozco la paz, como ciudad próxima a este territorio. En cambio, algo más cerca, puedo hablar de la serena tranquilidad y de la península calma, estados que tanto deseo como temo. Y es bastante sencilla la paradoja ha decir verdad.

15.

Como Rilke, temo que al expulsar mis demonios me abandonen también mis ángeles. Apuro una sonrisa para aplacar los disturbios en mi barrio cosmopolita y sostengo en mis manos, un matrimonio exquisito entre el cielo y el infierno.



M. C. Escher - Cielo e Infierno.

16.
Le temo a la paz porque la desconozco, porque la confundo [con otros estados, con otras emociones, como el tedio o el aburrimiento]. Le temo también por los tintes de mi temperamento. Cierta errata algo notoria. Un fuego calmo. Un fuego que no arda en la orilla.

17.

Las llagas me abren al puerto, que a veces es el mundo. Veo y huelo a través de mis llagas. Percibo a través de mis llagas.

18.

Cuando me canso, aíslo. Cultivo mis células en un disco de petri pulcro, limpio, transparente. Mis virus separados de todo color, conservan cada cual su forma. La selección es ciega y es natural. Vive lo que queda. En la memoria de mi elefante.

19.

El elefante azul es el soberano de mis tierras oníricas. Desde su selva circular, vigila el gramófono y los discos para que ninguno se ralle.

20.

A la noche antes de apagar la luz, le beso el cráneo frío como perla cultivada. Le hablo y le pido que me proteja, azul, en mis sueños.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Notas sobre la siesta del domingo. Sobremesa.

1.

Yo digo que la ciencia está bien. Está en forma, quiero decir, su forma. Pero la ciencia por sí sola no es nada. No alcanza. Menos la industria. No es bueno detenerse a ver en qué van nuestros esfuerzos. ¿Para qué la ciencia? ¿Para qué la industria? Un desarrollo dispar, eso es un poco más de lo que en realidad tenemos.

2.

Leo una novela policial, donde el nombre de Wittgenstein resuena a cada paso. Me gusta leer porque me escapo del mundo y entró en él de una manera diferente. Cuando leo se hace explícito lo prescindible de mi existencia y la de cualquiera. Y leer tiene muchas cualidades positivas, como olvidarse de lo prescindible que es casi todo.

3.

Repaso los Aforismos y está claro que Witty nació en otra época. Demasiado complejo e intrincado. O será que cualquier filósofo siempre me parece anacrónico: demasiado complejo e intrincado o demasiado humano. Estar fuera del tiempo o de las leyes de su tiempo. Una investigadora dice que la mejor manera de hacer ciencia es tener diseños sencillos y claros. Simples. Claro que Witty no quería hacer ciencia, apenas quería hacer filosofía. Supongo que lo único que quería era entender el funcionamiento de algo.

4.

Miro un corto porno, mientras abro la página de Science, informando los nuevos avances que poco tienen que ver con la raíz del hombre. También cocino entretanto. Mi existencia da para todo. Menos para lo que tendría que dar: preguntas y un par de respuestas. Las preguntas que tengo son las que heredo ["mi herencia son todas tus preguntas" Giannuzzi]. También heredo sus vestiduras: el lenguaje en el que se dicen.

5.

"Los límites del lenguaje son límites de mi mundo" dice Wittgenstein. Alguien me hace un guiño desde la ventana y siento claustrofobia. Intento abrir la ventana mística. Pero hay un candado para el que no tengo llave y no hay nadie que venga a prestarme alguna sustitutiva.

6.

Estamos. Por momentos, tengo pereza, pereza de hacer cualquier cosa. Me pregunto cómo hacen los demás para vivir, Pizarnik también se lo preguntaba. Esto sería algo importante a averiguar, agregaba después. Pero no lo averiguamos o lo averiguamos mal.

7.

Y todo esto está bien [es coherente con el espíritu del día], considerando que es domingo y el diario anuncia que por la noche, va a haber un espectáculo de fuegos de artificio en la ciudad de buenos aires.

jueves, 16 de diciembre de 2010

¨

Quiero hablarme
en mis lenguas inventadas
para no olvidarme,
que alguna vez supe fabricar
toda mi voz y todo mi cielo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¨

Arden las manos,
arriba del papel.
Tus dibujos se acogotan
mientras pensás
en la raíz cuadrada
de tanto dolor.

martes, 14 de diciembre de 2010

domingo, 12 de diciembre de 2010

Epifanía o mis sueños de despierta


Amanece mojado el pecho,
un ojo tuerto cae
rodando hasta los pies

La visión opacada en el caminar
ambulatorio -de acá a allá
de allá a acá-: un viacrucis conocido
que no conduce a ningún lado

en el medio
las rodillas también caen
flexionadas en un desierto
donde las marías se fusilan entre sí
frente a un paredón desnudo.

El viento sopla y entierra los mantos,
manchados en sangre
los rostros manchados en tierra

nadie resucita, nadie intercede, nadie salva a nadie
mi amor
y el paraíso no es más que la fuga
diáspora

de recuerdos hacia el exilio
donde todo pan y todo pez
se desintegran.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Coordenadas cartesianas

No
no me levanté descalza hoy
para ver el sol
solo en lo alto

Las alturas son solitarias
quería decirle, tirarle un guiño,
y sacarme los tacos de agujas
prendidos en el talón

Las hebillas enganchadas
acá y allá en el pelo
y el tobillo, sosteniendo un par de ideas
pegadas como tatuajes en la piel de iguana

De reptil trepador,
mis piernas subiendo caderas estériles
exuberantes de pura precariedad olvidada
en un conveniente desliz mojado

No
no me levanté descalza,
ni fresca. No me levanté hoy
de ningún lado

Vi el sol, sí que lo vi
en lo alto y un poco lejos
de mi resto humano inerte
tirado en algún lugar z

entre la abscisa y la ordenada
definiendo un punto de origen
que no me pertenece
pero que tampoco me es ajeno

Cerré los ojos y,
por todo sentimiento de contrariedad inútil,
marqué yo, un punto
negro, chino, en mi hora preferida.

jueves, 28 de octubre de 2010

Parcialmente K.


Fuera de aqui, tal es mi meta
F. Kafka.
Fermenta el pronóstico
un futuro olor a lluvias aisladas
debajo de la baldosa

Está claro el cielo
el mundo, al menos hoy,
está claro

Inclino un poco la cabeza
hacia arriba de mi plano
y quiebro mi dulce homeostasis

El ala delta está quieto
en el precipicio que anuncia mi terraza,
y no le importan, a él sí que no le importan,
los pronósticos descabellados

Me suelto el pelo y subo encima
de mí y del resto,
la gravedad queda suspendida en la baldosa
y el aire, por fin, entra en mis pies.

sábado, 2 de octubre de 2010

La fábrica obediente


El hombre piensa que fabrica el futuro. Sentado o parado, deambula matemáticamente, sobre la inercia pintada en las margaritas del mantel de hule. Enciende el piloto automático, a la par que pone en el microondas su taza de leche para el desayuno de un día cualquiera. Y desde ahí, camina en semicírculos concéntricos. De vez en cuando para. De vez en cuando se le da por bailar. Se viste y se perfuma. Cree que conquista la noche, mientras una trompeta inicia la guerra en algún lugar perdido entre un par de trincheras olvidadas.
El soldado camina obediente, lo mismo que el obrero, lo mismo que el maestro o el alumno desde el pupitre. El pizarrón sigue negro y, por encima del negro se escriben las fórmulas de la inercia (porque en nuestro mundo de ojos humanos hasta hay fórmulas para "capturar" la inercia). Entretanto, el amor de aula despega en avioncitos que son desterrados hacia el más allá de la ventana. Otras veces chocan contra la nuca hambrienta, el alma hambrienta, el estómago hambriento. La cabeza se sostiene, estratégicamente, entre las manos cuando hay sueño sobre el pupitre, cuando hay sueño sobre la mesa o sobre el escritorio.
Las estrategias son muchas y variadas. Pérfidas, también. El hombre, se levanta después de tomar su taza de café con leche, se ducha y agarra el portafolio directo de fábrica para el trabajo. Se trabaja sobre planillas, esquemas, estrategias de cálculos y riesgos estratégicos. Se lee el diario y los manuales, los libros, las revistas, los árboles caídos y también algunos leen sobre los árboles que mueren de pie. Esos son los románticos que todavía quedan. Se lee sobre política y economía y también sobre noticias de interés general. Algunos leen ficciones que son impresas en biblias, en coranes, en nuevos testamentos. Otros prefieren a Borges o Wells o quién fuera. Se leen también carteles y publicidades. Otros no leen ni una ni otra cosa. Escuchan la radio y la tele. Así que se supone que toditos todos estamos muy comunicados o al menos informados.
Y a toditos todos nos entran los talles de tales formas. En el cuerpo, en el vestir, en el comer, en el hablar y en otras cosas también. El hombre, que a veces es mujer también, sale del trabajo para su casa. A veces se entretiene en el camino. Compra alguna cosita que se le ha vuelto una necesidad básica, va al teatro, distribuye su tiempo en actividades de ocio como quien dice. Es entonces cuando se supone que se relaja. Va a la clase de yoga, sale a correr, ve una película o conversa con su hijo. Entonces la inercia se ha vuelto, entre las siete de la mañana y las siete de la tarde, una inercia informada. Una inercia, que al menos al llegar la tardecita, tiene una secuencia, un orden, un plan.
A la noche el hombre, después de leer su ficción, la que él quiera, apaga la luz eléctrica y desenchufa el piloto. A veces sueña en futuro. Sueña que al otro día las cosas van a estar en su justo orden. Que el soldado va a ir a la guerra y el chico a la escuela. A veces tiene pesadillas que, aunque parezca raro, también están en su justo orden. Que el chico va a ir a la guerra y el soldado a la escuela. Hay una tercera alternativa en sus sueños y es que el chico y soldado van juntos a la guerra. Después él los entierra.

martes, 21 de septiembre de 2010

Fluorescencia


A veces pasa. A veces, me dijiste. A veces quiere decir lo que vale, lo que tiene algún tipo de significación o sentido. Nunca no existe. O existe sólo para la mente. Nunca pasa, es mentira. Siempre pasa, casi de seguro, también lo es. A veces, en cambio, es. Por ejemplo, ayer que estabas entre el pum y el pam y el bum y el bang de tu historia de la semana. Que la memoria es rara y sólo guarda cositas para después transformarlas. La memoria no es un recipiente me dijiste, es horno o una heladera, pero no estanque. A veces.
Sucede que no nos acostumbramos a los estanques, las personas. Necesitamos de océanos. Y los océanos tienen corrientes donde se cambia el recuerdo. No todo o no lo sabemos. Las transformaciones de los recuerdos son de lo más pertinentes o impertinentes, según sea el caso. Lo otro es olvido. Y todo recuerdo es un olvido a la par. Como un engaño o vaivén de hamaca, porque el principio de no contradicción no existe para la memoria, existe sólo para la inteligencia. Por eso alguien dijo que la inteligencia es intolerante, pero no lo es el recuerdo amable. Porque el recuerdo es de anatomía dudosa. Vos dijiste: fosforescente. Que si creíste que te acordabas la exacta anatomía de cualquier hecho pasado, que si creíste que la autopsia iba a dar resultados fidedignos, te equivocás. Y lo recuerdo bien, eso creo. Las personas vivimos básicamente de creer y quienes opinen lo contrario creería que se equivocan. La primera actividad básica es creer o al menos una voluntad para creer. Y luego del creer viene el engaño y la mentira. La mentira de creernos un poco yo y otro poco vos, como si lo fuéramos. Como si fuéramos un yo acartonado y compacto, cuando lo que somos es una masa tibia de levadura endeble.
A veces pasa vida, risa y tristeza y todo junto. Siempre es una pura ilusión de eternidad. Lo eterno es deseo sin razón. La ilusión del no cambio, de la interrupción de cualquier movimiento, de la inmutabilidad de las cosas. Del mantenerse idéntico a sí mismo, o a su esencia. Algunos humanos desean lo eterno, porque lo eterno es también lo imposible. A otros les resulta una idea sin pies ni cabeza. Vos dijiste: inhumana. Porque ayer estabas en uno de tus días de erizo volcánico. Así que me contaste algunas mentiras y verdades y recuerdos y olvidos, mientras yo me preguntaba si todo eso que me decías era un "a veces" y quería creer que era un "siempre". Y quería un "siempre" porque de vez en cuando se me da por tener un apetito de dioses.
Y mientras vos me contabas del principio y el fin del verbo y de las palabras desbocadas, yo pensaba que toda palabra es precedida por la música. Porque no hay palabras sin música, aunque sí hay música sin palabras. Porque las palabras cuando se hablan y cuando se escriben, se llenan de sonidos, de silencios, de tonos y de acentos. Así que vos hablabas del cansancio cansino, de las horas de trabajo acumuladas en rutinas estrechas, del perro que ladra adentro pero no muerde. También hablabas de otros tiempos, de tiempos sin tiempos y tiempos anacrónicos y tiempos sin relojes. Del ayer enterrado y no recuperable, de la fosforescencia de los viejos recuerdos. Y yo escuchaba atentamente cada sonido perfecto enhebrado uno atrás del otro a pesar de tu cansancio, a pesar de tus movimientos imperfectos y un poco estériles. Escuchaba las letras estirarse y desperezarse, inflando globos para luego pincharlos y todo eso como piñatas algo rezagadas. Y todo lo que escuchaba tenía algo de música y, la música, me dije secretamente a mí misma, es cuestión de dioses. Porque hay músicas eternas y músicas perfectas. Tan perfectas que llevan a construir enormes santuarios donde mucha gente se junta adorarla. Otro alguien dijo que la música no tiene fronteras. Las tienen los idiomas y los dialectos pero no los sonidos que desconocen el encierro porque están hechos para abrirse como se abre una naranja al sol en pleno verano de entre ríos.
Los sonidos guardan muchas cosas, reminiscencias de otros tiempos, de otras vidas, de otras especies; el hecho es que la mayoría de las veces no lo sabemos o sabemos sólo de algunos. Porque la memoria es rara y tiene sus propias y misteriosas maneras de obrar. Caprichos y humores que la tiñen y destiñen según temporadas, como un terreno de arenas movedizas. Y hay que andarse con cuidado porque uno nunca sabe aunque crea saber.
Un tambor te destripa adentro mientras las astillas del palo de lluvia se clavan en la pulpa de cada dedo temblando en el aire. La impresión en el mapa del recuerdo se erosiona, lo que antes eran montañas se vuelven valles y mesetas excitadas, de ojos tuertos y pinturas en el lomo negro recostándose alrededor del fuego. El tiempo se reencarna en figuras esotéricas y una masa anónima de seres se congrega alrededor del misterio de la chispa, de la vibración de los órganos olvidados de la prehistoria. Cargo mis genes, los enchufo a la cadena de la involución. Después de todo, tu perro cansino, mi apetito de dioses, no hacen más que resucitar nuestros animales inextintos.

martes, 7 de septiembre de 2010

Diapasón (c).

1.
Las bellas durmientes
despiertan sus bocas
encantadas.

2.
El diapasón marca un pulso.
Suspendida en el agua,
la tarde vibra.

3.
Caminan sonámbulas
frente al río espejado
donde se sientan a mecer
sus niditos vacíos.

4.
El ovillo de lana alrededor
del cuerpo. Cuelgan de los árboles,
espléndidas crisálidas:
vestiditos olvidados en el piso
después de un largo sueño.

5.
Despiertan las bellas
del letargo terrestre
con tortugas de agua
como pantuflas un poco hinchadas
en cada pie, transitan de este
a o-este, la fragilidad
de cualquier horizonte humano.

sábado, 26 de junio de 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

Gris, la siesta.

Dejé morir nuestro animal
de simple corazón
mutilado. Lo dejé morir.

Escuché su dificultad
para respirar, el jadeo
espiralado dibujando,
circulo tras circulo,
un compás rayado
y, hasta creí escuchar,
sus intenciones de levantarse.

No sonreí al verlo muerto
en la llanura de la siesta gris.
Lo miré, desalmado:
un saco de huesos
que no se atrevía ni decía nada.

Agarré mi metafórica pala
y cavé entre las neuronas,
los axones, las dendritas
bien profundo
para enterrarlo.

Lo dejé ahí tendido
en la telaraña subterránea
que a veces resucita en los sueños
para calmar el animal
y mis bestias: las faunas
sofocadas.

viernes, 30 de abril de 2010

El ojal de la flor

Tengo un arma
sin destino
a.punto y clavo los ojos en blanco:
la piel en flor, se deshoja.

sábado, 17 de abril de 2010

lunes, 12 de abril de 2010

¨

Necesito tanto de un dios,
que fabrico varios a diario.
No por politeísta
si no, lo que es peor aún, por si las dudas.

viernes, 2 de abril de 2010

¨

Quiero gritar
una y otra vez infinito
y que mi eco se resbale,
tantas veces como mi yo,
antes de responderme.

domingo, 21 de marzo de 2010

pulseada informativa

Desconozco mi razón
de ser. Tengo sólo un pulso
que va al galope o al paso
según el temporal
se aproxima.

martes, 9 de marzo de 2010

cajita musical (reciclada)

En un ropero desvencijado de la casa de mi abuela, alguien había sepultado una cajita musical. El esmalte que la cubría conservaba algún brillo todavía. Nadie nunca hubiese fijado su atención en esa capa de barniz descascarada e insulsa. De cualquier forma, nadie la miraba. Estaba escondida. Lo supe entonces y lo sé ahora.
Era insignificante para todos, para los demás. Para mi, en cambio, toda gracia se encontraba en un abrir y cerrar de ojos. En un abrir y cerrar esa cajita un poco vencida y destartalada. No era nada especial ha decir verdad. Reconozco que no era nada del otro mundo. Había visto otras que al abrirlas, contenían alguna pareja recién conocida, bailando una piecita de vals un tanto tímida. Capaz no era una pieza de vals eso que bailaban. Capaz sólo estaban jugando a un dígalo con mímica o a la mancha congelada y, por dulce casualidad, habían quedado suspendidos en tales gestos exuberantes. De todas formas cada cual, cada pareja y cada cajita, tenía su propio ritmo y sonido; aunque siempre sospeché que esos muñequitos enclaustrados a la fuerza dentro de la madera, nunca hacían caso del ambiente en que habitaban. Quiero decir, después de todo, realmente parecían desafiar cualquier ley con tales poses majestuosas. Y hasta en ciertas ocasiones, llegué a pensar que ni siquiera la música les importaba, que ellos permanecían en un sueño absoluto donde la sangre y, con sangre quiero decir música, no sacudía las entrañas. Móviles y, sin embargo, incorruptibles al tiempo y al espacio. Así que poco parecía importar, que el rodillo de metal con puntitos en relieve se deslizará o no por las minúsculas teclas. Se detuviera, avanzara o cambiara su velocidad, las parejas permanecían impertérritas en su circulo vicioso. El hecho de que las parejas dejaran de bailar al mismo tiempo que la música dejaba de sonar, parecía ser un evento ajeno, aislado: pura sincronicidad inexplicable.
Cuestión que había cajitas con parejas y sonidos a las que mirar de lejos en algún local de antigüedades. Estaban ahí, reconcentradas, las parejas y los sonidos. Muchas parejas y muchos sonidos unidos por un casi imperceptible silencio. Un espacio que separa y une. Esa era la música y ese era el secreto. Pero la cajita escondida en el ropero con telarañas, por gracia o desgracia –y eso que era mi cajita preferida- no tenía pareja. Ni tampoco tenía esas solitarias bailarinas de ballet todas erguidas sobre un minúsculo pie. Esas eran aún más extrañas. Extrañas, no por ser difíciles de encontrar, quizá, hasta en ese sentido, eran de lo más ordinarias. Sin embargo, uno siempre las veía como embalsamadas en un simple movimiento. Y no siempre era el mismo. Cada cual tenía su porte, su manera de cautivar la mirada ajena. A veces, me daban la impresión de necesitar intensísimos cuidados –esa fragilidad que hacia pensar de un momento a otro iban a caer y quebrarse en mil pedazos de porcelana, no siendo ellas de porcelana– e inspiraban en mí, genuinos sentimientos de ternura melodramática. Otras veces se me aparecían como terriblemente eróticas y seductoras. Esto me llenaba de temor, un pudor desconcertante invadía la escena, tanta seguridad en sí mismas, inhibía cualquier invitación a una mirada curiosa e inmediatamente cerraba la cajita. Pero lo cierto es que, quebrantables o inquebrantables, siempre estaban solas. Y ni siquiera solas y con su alma. Tal vez, el alma de esas exóticas criaturas era la música. La realidad es que nunca me detuve a preguntárselos. Tampoco podría habérselos preguntado si vamos al caso. De todas formas, sólo les “volvía” el alma (nunca a su cuerpo de más esta decir) cuando uno abría la cajita. Eran unas exquisitas solitarias. Eso es o era todo.
En cambio, “mi” cajita sólo tenía un hueco. Un espacio sin habitar. Quizá por eso, era la preferida. Quizás porque, aunque no habitada, era habitable. Quizá porque dejaba pasear mis dedos por esa áspera madera mal lijada. O porque siendo bien chica soñaba ser una liliputiense y meterme dentro, hasta ensordecer toda voz y todo sonido.

viernes, 12 de febrero de 2010

Subsuelos

Quería bajarme del mundo por un rato, subirme a un colectivo y tocar el timbre de algún, por lo pronto, recién conocido. Quería volver todo el tiempo atrás y no tener que pensar en exprimir mi cerebro por un par de centavos más, centavos menos para llegar a fin de mes. Porque mi cerebro se está cansando de que lo expriman sólo para cubrir la canasta básica. Y mi canasta básica está cansada de los mismos víveres ingratos. Quería hacerte caso y bajarme del mundo pero te escuché tarde. Y ya pasaron varios años desde la oportuna sugerencia.
Insisto en bajarme del mundo, aunque sea tarde, aunque sea por un rato. Pero ya no me alcanza con bajarme del mundo, quiero bajarme de todos los mundos: los posibles, los reales y los imposibles. Algo así como aterrizar en la luna por una temporada y ni siquiera. Bajarme del universo entero y no tener que pedir permiso para transitar en la mismísima nada. Eso quiero. Un deseo de lo más miserable, cierto. Pero, por lo pronto, el único que vale mi pena. Miserable pena.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Es-gulp-tura

Los cuerpos sometidos
una y otra vez
a forjarse como rejas
cluecas. Cacareando, los músculos
deshilachan sus ligamentos para volver
a fundirlos tiempo más tarde.

lunes, 1 de febrero de 2010

Los jardines del Larreta

A lady glam y la maravillosa foca.

Sombra de un ombú
en los jardines abiertos. El fresco,
tarda en matar las gotas
de los cuerpos abrazados
desde las raíces alunadas.

viernes, 29 de enero de 2010

Clepsidra deshidratada

A este catalejo malparido
se le acabaron las visiones de gitana
ermitaña

Quedan una o dos velas prendidas
al borde de un santuario
donde ciertas reliquias
resucitan, de tanto en tanto, los párpados caídos

Atrás siempre atrás
se sacuden los polvos
de futuros fuegos de artificio

Pero nada se ve

adelante, sólo
se sabe inocente,
el cielo despejado

Una gitana predice un pasado
donde los muertos son
los mejores bailarines
y los vivos, recuerdos subterráneos
de una era mítica e infeliz
o infeliz y mítica era

Adelante siempre adelante,
un desierto tan blanco
como uno desearía
fuera lo incoloro

Atrás jamás adelante / Adelante jamás atrás

el refugio de la mirada
atontada que se sabe
prescindible para cualquier tiempo
embalsamado.