domingo, 27 de noviembre de 2016

Ondina


Sobre la palma de mi lengua escuché un himno o un viento. Quise morderlo y darle besos. Despegué los labios y silbó espantado. De mí florecieron voces pasionarias, dientes de león, leches de pájaros. Con una seda que me ofreció una araña, tapé la tibieza de un sonido. Me obligué a callar todos mis brotes. Digerí mal. Me acosté y la tierra se hundió, se hizo océano chato, como una laguna.
Una ballena me devoró como hubiese querido devorar yo la luz de la hiedra. Abrí las piernas para que un crustáceo me ensartara sus pinzas. Quería estirarme y llegar a abrazar el territorio donde mandaban dioses diminutos. De tanto querer me hice pis encima. La ballena me expulsó. Soñé que un sol me secaba los muslos. Tenía sal, tenía algas, tenía granitos de arena. Pero viento no tenía. Soñé que otro sol se arrastraba debajo del agua, la volvía roja, la ponía espesa.
Quise ir a más. Más tres veces. Más un millón. Destruirlo todo para volverlo a compartir. Se me volcó el corazón. Se derramó púrpura y borbotones. Voluminoso en centímetros cúbicos. Una mujer de barba azul apareció. Me afeitó entera. Soñé que yo era. Soñé que bailaba y entonces canté.  Un erizo me lastimaba las plantas, rodaba en olas de pieles y membrillos ardientes.
Murmuré bajito en las esquinas de las cuencas submarinas.
Ahora espero. Espero el circo o tal vez, algo más triste: el cielo cuando se va de mis ojos, una boca torciéndose, los huecos que provocan las palabras cuando están, las protuberancias del aire sobre las cuerdas. Puede ser que solo sea el cansancio de unos huesos en busca de pasto o de una orilla.
Llevo nadando… ay no sé. He sido naufraga, bandida, polizonte de piel quemada. Mordí frutos de dragón. Creí inventar mundos habitados por todos sus clones. Llevaban cascos, armaduras y las guerras pasadas y futuras se mezclaban en el meridiano amor.
Una mañana después de tanto y tanto, lo vi quieto, casi irreconocible. Todavía estaba yo planchando. Me acerqué ondina. No tenía ojos para ponerme encima. Fue indolente. En secreto me contó la fórmula de un nombre. Grité y yo que tenía ojos, los puse en blanco. Después me bañó con miel. Nos pegamos juntos. Puse huevos imaginarios que me trajo en su viento y los escuché romperse bajo la bella sombra. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Notas al pie


Temblor del ficus
en noches secas:
un uzampo[1],[2] se acomoda.









[1] El uzampo es una animal de rincones. Sabe del arte de pasar desapercibido. Por eso nadie nunca lo ha visto. Se dice que el primero en identificar esta raza no fue Darwin sino un indio de tribu maya en alguna noche a la rivera. Sus coetáneos no le creyeron pero un viajero agudo, apodado Jerecito, llegó a tomar notas de estas primerísimas referencias de la especie. Otros documentos históricos que registran mismos datos aducen, en efecto, que el uzampo bien podría ser una manifestación engañosa de Quetzalcóatl (o de abusos intencionados del peyote que a veces toma la forma de Quetzalcóatl).
A finales del siglo XIX un grupo de científicos finlandeses fundamentaron la existencia de este insigne ejemplar, escribiendo varios tratados acerca de las conductas diferenciales que realiza el uzampo según estación, sus migraciones, su ciclo reproductivo, sus mañas y demás habilidades imponderables. No llama la atención que hayan sido científicos teniendo en cuenta la histórica (e idiosincrática) sed de este grupo por postular existencias de inobservables. Ahora, llevan años en su búsqueda y, aunque han encontrado muchas −vaporosas− evidencias de su comportamiento, no han hallado aún ningún ejemplar vivo ni siquiera material fósil que demuestre su existencia. Al enterarse de ello, en el año 1999 un número ampuloso de ambientalistas tomaron las calles de toda la costa oeste americana, en reclamo, considerándolos en vías de extinción. Las repercusiones solo tuvieron eco en la prensa de Japón donde se dice que, por falta de espacio, los uzampos han sido prácticamente desaparecidos.

[2] Nota del autor. A mí el uzampo me cautiva. Hasta diría: me excita. Por las noches cuando siento ruido en casa imagino que es algún uzampito acomodándose justo en el hueco que hay entre la heladera y la mesada. Lo dejé especialmente para tentar a alguno. No he puesto ninguna trampa. Odio los chantajes explícitos. Me gustaría sí, en cambio, ese tipo de relación muy tácita y sutil, donde los individuos se estiman secretamente en el silencio.

miércoles, 17 de febrero de 2016