miércoles, 4 de noviembre de 2009

Crimenes imperfectos.

A mandril azul
Le quería decir que todo era una mentira. Una mentira que veníamos construyendo hacía más de diez años. Diez años de pura piedad. Más de una por día, sin ningún muerto en el ropero. Porque la mentira como la curiosidad, no nos mata. A nosotros, los de esta especie, una mentira nos salva. No cualquiera. Y esa es la clave, porque algunos días, uno necesita salvarse. Prenderse como garrapata a la piel del otro, hacerse ovillo entre los sonidos de las palabras cercanas. Algunos días uno necesita de alguien al lado que te diga cosas como cariño, mi vida, chiquilla, te conozco como un tatuaje mental, eres mi super heroína postmoderna, soy tu eterna hinchada, te quiero, adorable, criatura. Cursilerías tiernas de las que se vive. Dibujos simples que se van trazando entre los dedos de las caricias, en la mano, en el cuello, entre los pies. Silencios que se repiten al oído, en las muñecas y en los tobillos. Que se repiten.
Así que me salvaste infinitas mañanas, tardes y noches. Te salve, eso quiero creer, yo también, algún par de otras veces. Pero ahí estaba, la mentira reconocible para quien quisiera verla. La presencia virtual de un intruso. Una distancia que se conoce por vieja, por años de recorrerla, vos allá y yo acá. La mentira de creer tenerte al lado, de creer en la teletransportanción, la telepatía, los fenómenos paranormales y toda la sarta de ilusiones que uno se obliga a tragar para disfrazar los kilómetros, para mentirle a los mapas, a la geografía y a los dialectos, también.
Te quería decir, esta vez, que era mentira. Que era otra bonita promesa para el tintero. Que llevábamos años metidos en el estanque, que era hora de salir y, esta vez, en serio. Que era hora de sacarnos ya, los trajes de baño y quedar desnudos o vestirnos de una buena vez. Quería decir que se estaba haciendo tarde, que tenia los pies y las manos con muchas arrugas de tanta agua de tanto tiempo.
Te miraba una y otra vez buscando alguna señal, algún gesto que me dijera sí sí, yo también estoy esperando la denuncia. Y nada. Los ojos intactos. Esa forma de articular palabras como si fueran a llevarme bien lejos, algún día.
¿Cómo quebrar lo que lleva años? La seducción sin caza. La caza sin presa. La mentira a medias. Como los viejos matrimonios que uno a veces ve y siente escalofríos. La mentira a medias. Me acordé entonces de una frase, una de esas frases que te dejan regulando. Una que no habías pronunciado vos ni la había dicho yo. Hacía un tiempo había comprado un libro sólo por su nombre. Son las compras que hago, a veces. Me las permito por impulsiva, por amor a primera vista, por crédula y por infantil. También me las permito por querer creer que soy todas esas cosas, a veces. El libro se llamaba Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Y le quería decir todo esto. (Pero) Le quería.

lunes, 2 de noviembre de 2009

La extinción del juego.

Que hoy te levantaste y, apenitas despierta, te viniste con otro de tus planteos desorientados. Que si no existe el derecho a la vida en el reino animal porqué los humanos insisten en tal cosa. Que perejiles, dijiste. Tienen cabeza nada más que para inventarse cuentos, las personas. Y se creen tan distintos. Sólo por algo que se llama autoconciencia o mente o conciencia de sí mismo. Una tostada olía a quemada mientras vos, preguntabas en voz alta quién había formulado tanta cháchara alrededor de los derechos humanos. Los derechos son un lindo invento de los hombres. Otro más, sentenciaste con un cuchillo levantado. En realidad, en la vida, nadie tiene derecho a nada. La vida no tiene derechos tampoco. La vida es y se acaba el asunto. Pero de dónde salió eso de que la vida es un derecho, no me lo explico, dijiste, lanzando la primera mirada hacia mi, el engendro que era un ser (no sabe si persona, animal, humano o androide caído del techo de tejas). Esperabas que reaccione, otra vez, las disputas encubiertas. Y yo no quería morder el anzuelo, por conocerlo, por aprendizaje social, vicario, condicionado u operante, vaya uno a saber. Te quede mirando, a lo estatua o a lo presa, que ni ni, que ni nada. Mirando como masticabas la tostada con manteca recién preparada. Mirando como quien espera el próximo ataque. Ibas a seguir. Y seguiste, achacando que el derecho a la vida estaba basado en un ideal, un inexistente: la justicia. Como si la justicia existiera, como si tal cosa fuera real. Perejiles, de nuevo. Que puras ideas, la gente no ve. Que enseguida nos remontamos a la pena de muerte, como si fuese una cosa a estrenar y tiene más años que cualquier civilización. Que el derecho a la vida y la justicia, son pura fantasía. ¿Dónde está la justicia?, me preguntaste, a punto de revolearme toda la industria del desayuno, la cultura absorbida en saquitos de té. Me callé, me tapone la boca de un bocado de tostada y miel, con otro trago de café que por callarme casi me atraganto. Tomaste aire mientras yo tosía. Tosía por impotente, por conocimiento y por pena.
Te tomaste todo el aire que yo no tenía, miraste afuera como quien mira el resultado de una cirugía estética. De eso se trataba después de todo. El eterno cambiar de los enfoques no es más que un entretenimiento formal, como si no te conociera. El juego exprimido de la culpa. Que te levanta y te acuesta. Pero no te toma. Ni lo tomas del todo. Así que miré la pulpa hecha a un lado y, el jugo chorreando en las manos. Te miré a vos y a tu olvido. Quería decir, quería señalar, que la cirugía no es ni aséptica ni estética. Eso también es un ideal. En la realidad, las cirugías son pura carne cortada, por donde se lo mire y, la justicia no es más que un paliativo, un anestésico que trata de dar a cada quien lo suyo, sin saber qué es suyo ni quién es quién. Pero seguía tosiendo y vos ya te levantabas, a lavarte las manos, a lavar el juego y los recuerdos, las memorias de animalitos vencidos en plena selva matutina.

domingo, 25 de octubre de 2009

El truco del resto.

Tengo mis cucharas aprontadas
para la sopa del porvenir

mi colección de cartas
de corazones
en formato mp3

para llevar a todos lados
el truco y sus fantasmas
son metamorfoseables

Tengo mis cuchillos afilados
y carne todavía en el freezer

para darle a quien quiera
todos los músculos
tirados al asador

porque no hay reservas
sólo queda un resto
de envidio

o de falta, para terminar
la partida.

martes, 13 de octubre de 2009

Las inefables.

Hay una cicatriz que se hunde. Abajo de la piel queda un desecho: algo fue entonces y sigue siendo (otra cosa), pero no se ve. Nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo. No existe instante concentrando sino sólo una mueca de concentración en el instante. Una mueca dolorida pusiste entonces. Después una sonriente, otra perpleja, una soñadora, resignada, dolorida y así sucesivamente. La historia de las muecas es la historia de las cicatrices que es, a su vez, la de la vida y también la de muerte. Todas las historias son todas simultáneamente, pero sólo contamos algunas porque no somos capaces de leerlas y contarlas todas a la par.
Tengo historias que quedan olvidadas después de bajarme del colectivo: historias de una hoja, de un vuelco del corazón, de un rosario en la mano y un celular en la otra; otras que se sepultan después de una noche de tormenta: de cucos, de fantasmas de las esquinas, de palpitos de fin del mundo, de monedas temblando en una fuente de deseos. Así, mi mente es un cementerio de historias que nunca terminaron de materializarse en un cuerpo escrito.
Algunos cuerpos son misterios y los misterios siempre tienen alma. El alma canta, a veces entona un hurra y otras una melodía media tristonga que acompaña el sueño de la almohada de Quiroga, la caída del tobogán, el abrazo de un amigo que hace tanto y tan poco no se ve, la mirada de mamama en el cielo negro. Mamá me dijo un día que este mundo es chiquito y nuestras almas son demasiado grandes, por eso de vez en cuando explotan y se van a otro lado donde puedan entrar enteras. No siempre son tan grandes, pero algunas crecen mucho y empiezan a querer salirse del cuerpo para sentirse más cómodas. Me dijo que por eso la vecina de al lado cantaba tan lindo. Yo creo que la vecina tenía un alma gigante. Y el señor de enfrente, debería tener un alma de dinosaurio. El señor de enfrente pintaba cuadros, algunos te daban ganas de entrar en la tela y descoser los colores para jugar al elástico, saltar la cuerda, tirarte en una hamaca paraguaya. Otros te ponían la piel de gallina y querías taparte los oídos porque era un canto de lo más estridente. Mamá me dijo que las almas también pueden contagiarse entre sí y empezar a hacer y pensar cosas parecidas. Eso es lo que pasa en los casamientos, en las fiestas, pero más pasa todavía cuando dos personas se quieren mucho. Las almas tienen muchos misterios. A mi sólo me contaron algunos.
A veces las almas viajan de un cuerpo a otro hasta que pueden sentirse a sus anchas. Los cuerpos las extrañan un poco, pero después se olvidan porque tienen memoria de muy corto plazo. Mis manos, por ejemplo, se acuerdan del tacto de las hojas de eucalipto, mi nariz del olor de jazmines en primavera, mi lengua del sabor a Miranda manzana en los cumpleaños que tenía cuando era chica, y así todo mi cuerpo tiene censores con piletas de recuerdos. Pero si mi alma se va, esos recuerdos no durarían mucho. Hay almas transatlánticas, almas nómades, almas verde alga, almas garras, almas descuartizadas. Las hay de todos los tipos. La mía es un alma de cajita musical. A veces se pone caprichosa y deja de cantar. Otras se empantana bien adentro y no hay forma de hacerla salir a dar una vuelta por el papel. Pero nunca quiere dejar el cuerpo.
No es tan fácil que un alma deje un cuerpo, porque por más de que las almas crezcan mucho y, a veces quieran salirse y otras estallen, las almas crecen por el cuerpo. En verdad, las almas le deben mucho a todos los cuerpos en los que han estado y en los que estarán porque los cuerpos les prestan muchas cosas, como estar con otras almas y poder tocar otros cuerpos. No sé cómo se sentirá un alma cuando ya no puede entrar en ningún cuerpo. Eso es algo que nunca se lo pude preguntar a mamá. Mamá tenía un cuerpo hermosísimo y un alma más hermosa todavía. Era un alma vagabunda y le encantaba salir a andar a caballo. Se ponía unas bombachas gigantes y trepaba rápido al lomo sin necesitar estribos. A veces me ponía bastante celosa porque podía estar toda una tarde galopando, acariciando las crines, viendo los caballos sentada abajo del viejo lapacho amarillo. Claro que la mayoría de las veces yo estaba con ella, pero sabía que mucho de su alma no estaba conmigo. Decía que su alma en otros tiempos había sido un unicornio y más tarde, un potrillo azabache, una yegua baya y un pura sangre cabrío. Deberían existir árboles genealógicos de las almas, pero eso sería casi un imposible, porque cuando un alma explota no se le puede seguir el ritmo.
Algunos físicos dicen que es el caos. Y el caos es el misterio. El misterio es no poder saberlo todo porque nuestras almas, para poder ser conocidas, siempre están en algún cuerpo. La física estudia el comportamiento de los cuerpos pero sabe poquitísimo de las almas. Claro que está la metafísica y también están las religiones, la psicología y la parapsicología. Pero eso, en recuento, son muchas historias. Historia dentro historias también. Como mamushkas infinitas que nunca terminan de desnudarse. Nadie nunca vio un alma desnuda. Hay quienes dicen que es porque son invisibles. Yo no les creo. Yo creo que nos acostumbramos a no ver porque no podemos verlo todo, y ver un alma sería casi lo mismo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las personas de hueso

Mi madrina le hablaba a Freddie Mercury. Le hablaba de todo, reía, lloraba y puteaba con Freddie al lado. Me acuerdo que cuando uno decía algo que delataba su ignorancia sobre cualquier cosa, pero especialmente sobre Queen, ella ponía los ojos en blanco, miraba al cielo y tiraba un: “-Ay Freddie, Freddie, perdonalos, no saben lo que dicen”. Bien podría yo decir, que heredé esta aptitud, este don, esta extraordinaria facultad, como quieran llamarle, para hablar con seres de espíritu. Aunque, en mi caso, ya no hablo sólo con amigos invisibles; hablo con la computadora, el teléfono, el microondas, el diccionario, los libros, las canciones, también, claro cómo no, con los cantantes, con los autores, con gente que no conozco pero que me gustaría conocer, con gente que no existe pero estaría bueno que exista. La he superado, sin proponérmelo concientemente.
El punto es que hablo tanto con tantos que cuando estoy frente a alguien de carne y hueso me desconcierto y no sé como empezar a entablar comunicación. Siempre es de lo más sencillo, yo hablo, lloro, me río y mis interlocutores fantásticos entienden absolutamente todo, hasta incluso mis tácitos puntos suspensivos. No es así cuando hay personas de hueso. Las personas de hueso tienen poca actividad mágica. Toda conversación se reduce a un paréntesis dentro de otro paréntesis. Todo hay que aclararlo. Continuamente. Perezosamente. Infructuosamente. Por más que me ejercite en ser una delicada contorsionista de gestos faciales, aún así, nunca acaba de entenderse por completo la idea. Como si el mensaje fuese interceptado por una especie de ruidos-ladrones que secuestran parte del discurso (sea este facial, textual y/u oral). Me esmero, juro poner sudor y lágrimas con los huesos. Cambio el tono de voz, subo el volumen, ajusto la precisión de la mirada, les pongo botox a los acentos, levanto cejas como pesas de 5 kilos, tuerzo la boca como un trapo de piso, agito las manos como si estuviese a punto de padecer un ataque epiléptico y, nada. Sigo ahí. Otra vez, a lo mismo. Que pareciera que cuanto más claro, más oscuro. La sola idea de pensar en hablar y esforzarse una y otra vez por ser entendida por los huesos, me agota.
Así que, en el día a día, lo único que me anima es saber que no estoy sólo con los huesos. A veces los huesos tienen réplicas. Es decir, a algunos huesos les corresponde un clon fantástico con el que hablo desbocadamente, sin parar, toda una hora de corrido. Los clones fantásticos son de lo más útiles sobre todo cuando uno putea a su jefe, por ejemplo. El único problema resultante es la impresión que a menudo se tiene: cuando Hueso Flora aparece, por ponerle un nombre, ya no puedo hablar tan bien como cuando estoy con Clon Flora. La espontaneidad y fluidez de ideas se atora. Hay un cambio y ese cambio se percibe, uno se desilusiona bastante porque sabe de lo que Clon Flora es capaz.
Hoy es el cumpleaños de mi madrina, vieja librana socarrona. Hace mucho que no hablo con Ana, así que me da un poco de fiaca levantar el tubo y ponerme al tanto de todas las peripecias de su existencia. En cambio, hablo con Freddie, con David Bowie, con Michael Jackson más de lo que incluso yo, desearía. Le dije a Freddie que era el cumple de Ana, pero no sé si Freddie va a acordarse de decírselo. Curiosamente (muy curiosamente), a veces los clones se comportan de manera silenciosa, como cautivos. Conmigo jamás. Al contrario, lo más frecuente, es que tenga que pintar toda mi cabeza a rayas multicolores (al mejor estilo película en VHS a punto de comenzar) para callarlos.

martes, 22 de septiembre de 2009

El origen del anillo del Capitán Beto

"Porque si bien la Belleza puede ofrecerse a cualquiera,
ella no pertenece a nadie".
Yukio Mishima


No hay que ser un gran estadista ni gran observador para constatar que, en las grandes metrópolis contemporáneas, muchas criaturas humanas van al supermercado los días sábados. Este comportamiento fácilmente detectable que, quizá en una primera instancia llamaría la atención, se debe a múltiples factores de los cuales no sabría dar cuenta, pero hay dos de ellos popularmente conocidos. Uno es que se dispone de más tiempo para ocuparse de los quehaceres domésticos, aunque rara vez uno tenga ganas de encerrarse en un tumulto de gente luchando por carritos, colapsando el tránsito entre las góndolas y de perder, por lo general, aproximadamente unos veinte minutos preciosos de su día libre, haciendo cola para pagar los productos que desea adquirir. Además de disponer de mayor tiempo, los sábados, hay promociones y descuentos para nada desdeñables en varios supermercados. En un país donde las crisis económicas son el pan de cada día se deduce que la gente hará uso de este beneficio.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Pelicula sordomuda

Yo esperaba que empiece a sonar la música. Estabas vos, el que era el amor (de ese momento) de mi vida y la música no sonaba. En cualquier comedia romántica ordinaria, una banda sonora alimentaria todo ese silencio que se arma entre dos personas que supuestamente (al menos, para la más sencilla y sentimental trama) se aman, una simple musiquita atravesaría ese espacio de intercambio mudo donde hay palabras que no se dicen. Y yo esperaba que la música saliera de las paredes, de la chimenea, del calefón, del balcón, del sillón de cuero sintético pero ni siquiera de los parlantes salía ninguna linda musiquita que viniera a relevar el silencio que rápidamente iba cobrando unas dimensiones descomunales de círculos cerrados. Pensé que me había vuelto sorda. Pensé que algo de la acústica del lugar no estaba funcionando bien. Pensé que eso era un sueño y no realidad. Pura imaginación atrofiada. Pero no. Esa era la realidad y en la realidad hay silencios sin musiquita, la pregunta que entonces surgió (no verbalizada, sino meramente mental) era si podía existir el amor sin musiquita: ¿era eso amor? Pensé entonces que estaba absolutamente equivocada. Que eso no era amor. Que las películas de amor tenían absolutamente toda la razón y que para que el amor fuera cierto y certero y habitable y compartido, deberían haber estado las notas de musiquita colgando de las paredes en vez de los tristes espejos y cuadros que contemplaba. A secas. A secas lo miré y vi que no era un personaje, que no era un escenario, que tampoco había ningún guión y que ese no era el amor de mi vida ni siquiera era el amor de ese momento de mi vida. Era un hombre más que podría ser (o haber sido) el amor de mi vida. Un hombre que trabajaba como cualquier otro cristiano, que se alimentaba, dormía, despertaba, escuchaba la radio, leía el diario, como cualquier ser humano viviente. Un hombre de lo más común rasguñando la treintena, medio arrugado, medio bajo, medio panzón. Y yo era otro medio, pero por alguna razón, en ese momento y, casi en cualquier otro en los que haya términos humanos en cuestión, medio y medio no son uno. Algo de todo lo que estaba pensando encajaba armoniosamente con ese silencio. Si la musiquita apareciera… si la musiquita. Entonces, como repentina iluminación, me di cuenta de que estaba a mi alcance, agarré mi bolso y las llaves, no dije nada, me di vuelta y me enchufé los auriculares. Paul, John, George y Ringo empezaron a cantar y yo empecé a caminar. No a caminar como una simple mortal, empecé a caminar como lo haría una acróbata del Cirque du Soleil, como lo haría el personaje de cualquier cuento de frutillas imperecederas.

lunes, 22 de junio de 2009

Laissez-faire.

me dejaste por liberal
por lila libidinal
por ligeramente lisiada
y por liliputiense literaturizada.

porque el libre comercio
no se aplica al mercado
amoroso sin impuesto:
soy deudora (a)morosa

me dejaste archivada
en sobre de incobrables
y yo que todavía
quería pleito, revancha

oportunidad de sacar
mi trébol de cuatro hojas
resolver el maldito
rompecorazones incompleto

resignar. Otra vez
me vuelvo a mi mirada verde
de puro inmaduro mi limón
en huerta

conviene el limón, el engaño
de un siempre posible futuro
inexacto antes que el rompecabezas
latente, ahí, la ficha que me falta

por jugadora compulsiva
siempre pierdo, por apostarme,
a mi, a la incobrable,
me pierdo.

martes, 2 de junio de 2009

Sonambulismo equino.

alguien aprieta la cincha
por debajo de mi piel pelada
de tanto ajuste quiero decirle
que no estoy para estos trotes

se forman arrugas y ni el apunte
me alcanza tu apunte
el que no me llevas
de paseo en calesita

arriba del caballito de plástico
sueño que soy jinete
que no juguete que no vieja yegua
resignada al capricho de la fusta ajena

que sueño de puro cielo
abierto sin venas ni vainas
ni riendas que sueño
de puro acomode en las espuelas

no corcoveo ni siquiera
caballito desbocado
manso paso que se repliega
en sí misma do

me tiro en mi propia patada
de potrillo testarudo en la memoria
me tiro por donde ya no vuelvo
al galope los cascos repetidos

alguien aprieta la cincha
una tres cinco veces
la cabeza gacha y me miran
igual los dientes

el bozal puesto
sueño sin carreta ni sulky
que soy corcel y no próxima mortadela
entre el resto de los fiambres

que el corralito de mi pequeño pony
está bien cerca que cierro
los ojos de sueño
de l paso cierro al sueño la tranquera

domingo, 3 de mayo de 2009

Cine retro

Tengo un mundo
que me habla de la aa la z, pero ni de la zni de la ahabla

de continentes
desabastecidos

de colores quebrados
mi pincel en la hoja
se retuerce “como un no sé qué
que me nosequea”

a tiempo y destiempo
con agujas oxidadas

Descompuesto,
el rojo carmesí,
inyectado en los ojos
del viejo lobo gris

condensa, en el país de las lilas,
un odioso amor hacia (casi) cualquier especie

de no me olvidestengo un mudo
mundo esperando el
avioncito de papel
al rescate

sobre la nuca,
un pinchazo: despierto
en el banco del colegio
y decir, nada pasó

el recreo está
por venir

domingo, 12 de abril de 2009

Mehldau (make peace)

hay un piano
que cae y rebota
cada mañana
por este rojo tragaluz

sobre mi cabeza, cae,
su cola
espantando mis tiburones
fantásticos

hay un viento
que vibra y respira
mi aliento de buscar
la última gota de sangre

crucificada, en el mar
la noche
anterior, al sueño
despierto de vida
de muerte despierto

hay un silencio
que no hace el tiempo
eterno, que hace el alma
leyendaria

reconcilio lo que no está
pero estuvo, vigil-
antes de nueva generación
humana

hay un piano-mente
que subtitula casi todo
(el) este, sentir-se
despierta

celeste que no, quiero
tiempo, hay para irse
es tiempo, mientras,
de quedarse

sábado, 11 de abril de 2009

Niña en el ojo

Hoy llamamos a los dioses factores
C. G. Jung.
Miserable, nuestras naturales
pupilas
no hacen más que contraerse
ante cualquier eclipse

jueves, 9 de abril de 2009

Homesick

Preferiste quedarte
en casa
ordenando tu colección
de escombros

tu misma colección
te precede y crees que te conforma:
te conforman cómodamente
tus puntillas ordenadas.

miércoles, 8 de abril de 2009

Las mil y una noches

El miedo es
siempre el mismo; hay palpitos
pulpitos de alabanzas
estremeciendo la carne

de gallina
una diatriba cabalgando sobre hombros
de gigantes, sin más riendas
que el cuerpo al galope

una pura ilusión
versátil, mi escarabajo,
en el pecho, frunce
la boca de todos los dioses

es lo que tenemos,
vizcacha de piel helada:
milhojas de invenciones
en cada ojo sangrado.

lunes, 2 de marzo de 2009

de-Ar

[Lo que sigue es trabajo]

Tallo la corteza
de buena madera, un caballito
de Troya para ganar mi guerra,
que es un grito, no una canción

[Lo desbocado del caballo es casi como un imperativo propio]

Busco la témpera templada
y trago la musiquita
entera, para asegurarme
en el epicentro de mi ombligo

[Lo de mientras tanto es lo mío]

Único ser desparramado
uno partes, uno partes
des-parejas, nadie-s-nadie
y no me entiende

[Lo juzgo como si supiera]

Ni él ni ella se hacen
ideas de lo difícil
que es explicarte:
sin palabras

[Lo tan importante no existe, sólo lo tan]

Tengo un día, por eso grito,
corazón, en la boca
tengo escombros de ternura
demolida a plena luz

[Lo poco, en cambio, es el tono de la nota]

Hubo un terremoto, entonces,
hace tanto o tam poco (importa)
te digo: ayudame, tengo un día
para volver a hacerme
un caballito de madera.

jueves, 26 de febrero de 2009

dispersión

viajo al centro de la mosca
expectante, finjo no darme cuenta
de sus antenas y mis radares averiados
finjo una guerra con inteligencia

martes, 3 de febrero de 2009

Ámbar [o Diáspora]

La soga atada a la cintura
de un vestido. El cuerpo
va y viene o viene y va
corriente, en el agua

aguantame: el ancla lejos.

Hay en el océano
más de un lugar donde desa(r)mar-
sé de la pura sed
de mil diabólicos amares

amarillo mi sol: casi amaranjado.

A plena sal, plateada,
abandono un reflejo
que no me pertenece:
en la arena, la sombra

sombrilla aparente: una conquista esforzada

Lo oscuro se hace
propio, adentro
queda la tierra húmeda:
el talismán tragado

traga-monádas: el paladar apenitas oxidado

No vuelvo al puerto,
ni a mi ancla. Una pirata
coja, (casi y ni siquiera)
planchada y nómade
antes que hundida

huida hasta siempre: ni patria ni muerte

Cuando me canso, me trepo
como cangrejo a mi caracol
al fondo voy
y vuelvo, vuelvo y voy al miO

miocardio parapléjico: mira hacia Nunca Jamás

Nunca vuelvo del todo,
vuelvo de todo a mi vulva
informada e informal
eterno retoño de mi ombligo

obligado el exilio: la contradicción inminente

La soga atada a la cintura
de un vestido, el cuerpo
se amolda como agua
para el chocolate

chocolate derretido: a baño maría

Recorro lo que no tengo
tampoco soy, es un decir,
corro ligera y espesa
voy y vuelvo, nunca del todo.