domingo, 11 de diciembre de 2016

Estrategias de un taraxacum officinale


Por ese entonces jugábamos una y otra vez el mismo juego. Lo jugábamos en grupo, durante las siestas de sol húmedo debajo de la sombra del aguaribay; en los días de lluvia y barro, adentro del tinglado; en las noches de mosquitos ávidos de sangre, en la galería que daba al este. Pero más me gustaba cuando lo jugábamos nosotros dos, solos. Más me gustaba porque parecía tener el significado siempre en la punta de la lengua, o al alcance de mis yemas, en la punta de la tuya. Aunque a veces yo deseara que ese significado no estuviera ni en tu lengua ni en la mía, sino justo en el medio. Se desentramara, el significado, en ese espacio vaporoso, vacío y por eso tal vez, omnipresente, entre la punta de tu lengua y la mía.
Se trataba de poca cosa. Como todo lo humano. Tal vez, si hubiésemos sido conejos, la historia hubiese sido distinta. Vos me dijiste que conejear era un verbo, y tu debilidad siempre fueron los verbos, como la mía eran los adjetivos, y conejear era lo que hacían los conejos cuando se enojaban y golpeaban el suelo como tambor con sus patas traseras. Como si lo hubieses visto: que lo hacían siempre exaltados, por enojo, por miedo, o porque las hembras no les dejaban acercarse durante la gestación de las crías. Eso dijiste mientras caminábamos, vos adelante, yo atrás, entre los árboles de araucarias, de eucaliptos, de tipas y lapachos amarillos.