miércoles, 18 de junio de 2014

Agujeros

Hace un rato enterramos a mamá. El cementerio estaba despejado. No es que sepa mucho de cementerios pero eso me pareció. Había poco tránsito. Solo un par de chinos que iban y venían bajitos y en comitiva. Mi hermano mayor estaba con la mirada perdida, Vanesa, la que le sigue, no paraba de sorberse los mocos aunque todo el mundo estaba de lo más solícito ofreciéndole pañuelos. Paula se refugiaba en su marido sin hacer tanta bulla y Mauricio conservaba su temple de niño mimado sonriéndole al más allá. He ahí toda mi familia, sin contar algunos tíos, sobrinos y primos. Yo estoy tranquilo. Triste, un poco sí. Pero tranquilo. Ya era hora. La pobre mamá se había quedado tan raquítica que uno dudaba de si era un cuerpo vivo o una rama vestida lo que había en la cama en cada visita. Pequeña bien pequeña y consumida.
Ahora la gente va y viene entre los pasillos de la casa familiar. Hay flores, vino, comida, charla, llanto. Hay de todo. Encima de la mesa ratona del living todavía están intactos, sus anteojos sobre el evangelio diario. Ahí, entre los sadwichitos de miga y los vasos de coca con huellas de algún rouge atrevido; entre los vecinos y amigos que se acercan a dejar saludos y consuelos. Por suerte, mis hijos están de viaje con mi ex­-mujer y yo puedo dedicarme a ser yo tranquilamente. Y no tener que actuar de padre compungido y responsable. Así que me vine a mi lugar preferido de la casa que es el escritorio de Padrísimo. Con piso de madera recién lustrada, muebles de roble y sillones tapizados en cuero también brillante de lustre. Y la biblioteca. En los estantes inferiores filosofía, un poco más arriba el derecho, más arriba los clásicos griegos, y más arriba poesía y literatura. En el escritorio, una foto bien vieja, de mamá y papá saliendo de la iglesia.

domingo, 8 de junio de 2014

Las formas perfectas

Nunca me gustó vivir o lo que la gente llama vivir. Sí, así en cursiva refleja mejor ese lirismo tan patético que la gente le imprime cuando te dice: “a la vida hay que vivirla”. Cada vez que escucho a las personas replegarse como ejércitos a sus listas en esa cancioncita me da como calambre y los oídos se me ponen mal, como si escuchara el ruido que producen los cubiertos al rayar un plato.
En sentido estricto, desde que entré en la adolescencia odié la vida. La odié porque nunca funciona como se supone que tiene que funcionar. Como uno espera que funcione, lógicamente hablando. Por eso me dediqué a diseñar cubículos perfectos en mi mente. Verán, uno arma ideas de la vida o de cómo quiere que se desarrolle una secuencia de eventos, pero en sí, la vida, esa cosa que pasa a través y a pesar de nosotros, siempre hace lo quiere. ¿Qué es la vida sino la absurda suposición de eventos fortuitos en los que uno pretende tener un poco de protagonismo?
Cuando era chico siempre me fascinaron los juegos de ingenio. Del mismo modo que adoraba la lógica, despreciaba cualquier juego de azar. Esas partidas de cartas o de dados que nada tienen que ver con el ejercicio, con la disciplina mental, con el sutil equilibrio que emplea, por ejemplo, un ajedrecista al contemplar las infinitas posibilidades de una jugada en su sola mente hasta decidirse por un movimiento. Un auténtico gesto de la voluntad individual, expresado en un único desplazamiento de la mano en el espacio. Jaque. Esa era mi especialidad. Ganaba todas las olimpíadas y campeonatos de ajedrez, era el mejor del barrio, y el mejor de la ciudad para mi edad.