jueves, 17 de diciembre de 2015

Peninsular

1

Quiero ser actriz de telecomedia. No, comedia, no, televisiva. De telecomedia, así como suena. Todo junto. Quiero entrar en un cuadrado litúrgico, adorable, de prendas gratis, de botones quebrados, de horarios al derecho. No por actriz seré otra cosa de lo que soy, seré tal vez rubia no siéndolo, o travesti, o energúmena, o flor de iris, todo eso que soy en germen desde la platea que me observo.
Me imagino locuaz, sátira y descalza. No sé descalza por qué, de pantorrillas finas, las que no tengo, de músculos estilizados que tampoco. Viajando en metro de la mano de un abejorro, líbano, libando el hueco de mi mano, en metros cuadrados que se reproducen en otras casas: mi cara, mis ojos, que no son puntos tricolores -verde, azul, colorado- y una lengua diciendo palabras no mías, parlamento de un personaje, que no invento, lo inventan, como yo a mi a veces.
Tengo sí trescientos gramos de harina –dos montoncitos, digamos– que tiemblan en el torso. En el monitor se sacuden debajo de un vestido de raso amarillo y el abejorro, se deslumbra, no ya en lo cóncavo de la mano, si no en lo cóncavo del metro que se hunde en la tierra. “Como hormigas”, creo, llega a decirme, salgo de la pantalla, temblando como hormiga que se escurre en el pisotón de un hormiguero. 
Tiemblo por un abejorro, negro, grande, peludo, en el hombro dorado del verano. Soplo. Sacudo lo liso de mi pelo y vuelvo a hundir los pies en el agua, las nalgas tibias en los agujeritos de la reposera, que dejan su marca gomosa –geográficamente desprolija– sobre la piel.
Cielo los ojos que imagino de ámbar, me siento miel, actriz de telecomedia, que se muerde la ridiculez de su carne roja, y no le importa, ríe y sabe dejarse libar por un abejorro siestero –cuasi imaginario– sin encandilarse.

martes, 24 de noviembre de 2015

miércoles, 28 de octubre de 2015

domingo, 11 de octubre de 2015

jueves, 20 de agosto de 2015

sábado, 11 de julio de 2015

domingo, 12 de abril de 2015

Carne de mi carne

Algunos dicen que la venganza es un plato que se come frío. El otro día sin ir más lejos cuando Amalia vino de visita me dijo eso mientras cortaba la cebolla y trataba simular las lágrimas. No me parece. O deberé resignarme a no vengarme como es debido. A mí que el plato no se me enfría nunca. Pasan los días y lo tengo calentito, como galletitas de maicena recién horneadas. Esas que tanto te gustaban cuando eras chico.
Amalia también me dijo: “Tendrías que mudarte o reciclar la casa, o tomarte un crucero a las islas de la Polinesia”. Y pensaba que tal vez en la Polinesia las revistas no tendrían tus retratos en primera plana. Ni mi nombre diluido entre todos los chimentos. Después de todo qué soy yo. Una mujer decepcionada. Dejada en ridículo. Expuesta como en vidriera en los banquitos de cualquier peluquería, dispuesta a merced de los dedos ensalivados que pasan una página tras otra reparando apenas en alguna que otra imagen. No más que un entretenimiento de rutina mientras unas se miran el perfil, la tintura, los ruleros, ansiosas de ocupar su tiempo con las vidas de otros, en palabras cortas, justas, sintéticas, interesadas sobre todo en el apretado epígrafe y la foto que te muestra a vos, a ella, a cualquier ella, en cualquier pose.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Ironía

Tomarse el pelo
una y otra vez.
Hasta que el pelo haga un ovillo

o una momia erizada.

domingo, 15 de marzo de 2015

Lobo está

Quiero que despierten. Quiero despertarlos y decirles que papá no va a venir. Que papá no va a traer ningún salvavidas color anaranjado. Que papá no existe. Que papá es una bella palabra y un lindo invento que hasta a veces viene vestido de blanco pero que la palabra pero que los inventos no son reales.
-  ¿Que no son reales?
-  Que son un deseo
-  ¿Que son un deseo?
-  Que son una tela que tapa los ojos
-  Juguemos al gallito ciego
Que al miedo se le soltó la cadena y anda suelto. Que hay que agarrarlo del pescuezo y acogotarlo
-  ¿Al gallito? ¿Al ciego?
-  Juguemos al lobo no está
Que hay que agarrarlo de la cola. No, de los dientes. Y es que el lobo está tan viejo que ni dientes tiene. Pero igual muerde. Que aúlla. Y los veo, que el miedo ya los agarra y se los lleva. A mis hermanos. Y quiero despertarme. Y quiero correr tras ellos. Quiero abrazarlos. Pero papá no existe y el miedo está suelto y yo ando sola. Y sueño. 

lunes, 16 de febrero de 2015

Santos Vega

Nunca vi su cadáver pero me dijeron que murió y como no lo vi morir, y como me lo contaron, me imaginé un final rojo, un final negro, un final terrible, sangriento, lleno de dientes y colmillos atravesando su pelaje fino y pardo, su poca carne, sus vistosas costillas. Se llamaba Santos Vega aunque todos le decíamos solo Santos. Era un galgo con unos ojos negros y mansos que le ocupaban casi toda la cara. El cuerpo alargado, las patas ligeras. Le gustaba salir al campo: cazar zorrinos, cazar liebres, correr perdices. Pero siempre en un radio de frecuencias bajas, de espíritu liviano, como quien sabe que tiene la velocidad ganada. Los otros perros lo ignoraban. No le gruñían ni se le acercaban.
Santos era el preferido del abuelo. El que lo seguía de acá para allá, él que se quedaba quieto en la puerta del escritorio esperando que el abuelo salga, al único que llamaba cuando se iba a recorrer subido al lomo del zaino. Quizá por su temperamento, tan distinto del mío, también era mi preferido. Al que primero le daba de comer, si sobraban huesos o algún pedazo de asado, lo escondía en una servilleta adentro de un bolsillo y se lo daba cuando nadie nos veía. Las noches de verano, en las que las chicharras y los grillos invadían el jardín, nos quedábamos los dos tirados en el pasto, y con él lado, no tenía miedo. En las noches de invierno, lo dejaba entrar a la casa porque tenía la impresión de que con tan poca piel no tenía manera de escaparle a la helada, así que me acomodaba cerca de la estufa a leña y él, al lado mío. A veces también, por pura lástima y para no sentirme mal, lo entraba también a Indio. Solo que Indio era muy ruidoso y en seguida nos dejaba en evidencia no más cruzar la puerta de la cocina. Santos en cambio, no era un perro excesivamente inteligente, en verdad no lo era, pero sí sabía escuchar, y quedarse quieto y no hacer bulla.

sábado, 24 de enero de 2015

Filtraciones

Nunca me mudaría a una casa con techos con humedades. Por más que los dueños se ofrecieran a arreglarlos y dejarla como nueva, no me mudaría. Es de mal augurio. ¿Usted cree que es un caño? No querido, con todo respeto déjeme que le diga que usted no sabe nada ni de casas ni de caños. Despabílese: si tiene goteras crónicas que van y que vienen según capricho, entonces tiene una de ánimos inestables en el piso de arriba; si tiene goteras grandes y repentinas, seguro algún desastre, lágrimas de desconsuelo. Pero peor aún, si aparecen abruptamente y desaparecen en un mismo día, en todas las semanas y durante más de un mes. Agradezca si no vienen acompañadas por vibraciones en los espejos y vidrios, y gritos poco modulados que parecen de tortura, interrumpidos por ahogados silencios. Resígnese a tener un año de perros y todo gracias al recién nacido.
Anselmo Riega, el de la inmobiliaria, me lo reconoció el año pasado. Lo más curioso fue que me invitó a tomar un té a su departamento y en el medio de la visita, la vecina de abajo casi tira la puerta a timbrazos. Ni bien le abrió, la mujer le increpó que el plomero lo había estado esperando toda la tarde para ver la pérdida de la cocina. Que antes cuando Emilia estaba a cargo de la casa, esto no pasaba. Y no más la vecina pronunció el nombre de la difunta esposa, a don Anselmo se le llenaron los ojos de agua. “Una basurita”, dijo, “si me disculpan” y fue a enjuagarse la mirada. A partir de ese día, me visita todas las tardes. A veces vamos juntos al cementerio y damos un recorrido. Cada cual saluda a los suyos. Parece que su vecina ha dejado de quejarse. Parece que el plomero pudo por fin identificar el caño que filtraba y arreglarlo. Yo igual soy una convencida de que las paredes hablan, de que las paredes se quiebran como sus propietarios. No lo digo por Anselmo. Ojalá se le haya pasado la pena. Pero las paredes delatan. Muros de los lamentos, querido, tenemos todos. Algunos más discretos, algunos más elocuentes.