domingo, 21 de marzo de 2010

pulseada informativa

Desconozco mi razón
de ser. Tengo sólo un pulso
que va al galope o al paso
según el temporal
se aproxima.

martes, 9 de marzo de 2010

cajita musical (reciclada)

En un ropero desvencijado de la casa de mi abuela, alguien había sepultado una cajita musical. El esmalte que la cubría conservaba algún brillo todavía. Nadie nunca hubiese fijado su atención en esa capa de barniz descascarada e insulsa. De cualquier forma, nadie la miraba. Estaba escondida. Lo supe entonces y lo sé ahora.
Era insignificante para todos, para los demás. Para mi, en cambio, toda gracia se encontraba en un abrir y cerrar de ojos. En un abrir y cerrar esa cajita un poco vencida y destartalada. No era nada especial ha decir verdad. Reconozco que no era nada del otro mundo. Había visto otras que al abrirlas, contenían alguna pareja recién conocida, bailando una piecita de vals un tanto tímida. Capaz no era una pieza de vals eso que bailaban. Capaz sólo estaban jugando a un dígalo con mímica o a la mancha congelada y, por dulce casualidad, habían quedado suspendidos en tales gestos exuberantes. De todas formas cada cual, cada pareja y cada cajita, tenía su propio ritmo y sonido; aunque siempre sospeché que esos muñequitos enclaustrados a la fuerza dentro de la madera, nunca hacían caso del ambiente en que habitaban. Quiero decir, después de todo, realmente parecían desafiar cualquier ley con tales poses majestuosas. Y hasta en ciertas ocasiones, llegué a pensar que ni siquiera la música les importaba, que ellos permanecían en un sueño absoluto donde la sangre y, con sangre quiero decir música, no sacudía las entrañas. Móviles y, sin embargo, incorruptibles al tiempo y al espacio. Así que poco parecía importar, que el rodillo de metal con puntitos en relieve se deslizará o no por las minúsculas teclas. Se detuviera, avanzara o cambiara su velocidad, las parejas permanecían impertérritas en su circulo vicioso. El hecho de que las parejas dejaran de bailar al mismo tiempo que la música dejaba de sonar, parecía ser un evento ajeno, aislado: pura sincronicidad inexplicable.
Cuestión que había cajitas con parejas y sonidos a las que mirar de lejos en algún local de antigüedades. Estaban ahí, reconcentradas, las parejas y los sonidos. Muchas parejas y muchos sonidos unidos por un casi imperceptible silencio. Un espacio que separa y une. Esa era la música y ese era el secreto. Pero la cajita escondida en el ropero con telarañas, por gracia o desgracia –y eso que era mi cajita preferida- no tenía pareja. Ni tampoco tenía esas solitarias bailarinas de ballet todas erguidas sobre un minúsculo pie. Esas eran aún más extrañas. Extrañas, no por ser difíciles de encontrar, quizá, hasta en ese sentido, eran de lo más ordinarias. Sin embargo, uno siempre las veía como embalsamadas en un simple movimiento. Y no siempre era el mismo. Cada cual tenía su porte, su manera de cautivar la mirada ajena. A veces, me daban la impresión de necesitar intensísimos cuidados –esa fragilidad que hacia pensar de un momento a otro iban a caer y quebrarse en mil pedazos de porcelana, no siendo ellas de porcelana– e inspiraban en mí, genuinos sentimientos de ternura melodramática. Otras veces se me aparecían como terriblemente eróticas y seductoras. Esto me llenaba de temor, un pudor desconcertante invadía la escena, tanta seguridad en sí mismas, inhibía cualquier invitación a una mirada curiosa e inmediatamente cerraba la cajita. Pero lo cierto es que, quebrantables o inquebrantables, siempre estaban solas. Y ni siquiera solas y con su alma. Tal vez, el alma de esas exóticas criaturas era la música. La realidad es que nunca me detuve a preguntárselos. Tampoco podría habérselos preguntado si vamos al caso. De todas formas, sólo les “volvía” el alma (nunca a su cuerpo de más esta decir) cuando uno abría la cajita. Eran unas exquisitas solitarias. Eso es o era todo.
En cambio, “mi” cajita sólo tenía un hueco. Un espacio sin habitar. Quizá por eso, era la preferida. Quizás porque, aunque no habitada, era habitable. Quizá porque dejaba pasear mis dedos por esa áspera madera mal lijada. O porque siendo bien chica soñaba ser una liliputiense y meterme dentro, hasta ensordecer toda voz y todo sonido.