lunes, 14 de octubre de 2013

domingo, 6 de octubre de 2013

Madreselva

El último año en que la vi, Teresa estaba tan ciega que no podría haber distinguido un elefante de un globo gris gigante. Siempre la encontraba sentada en su silla mecedora frente al balcón que daba al jardín. Solía estar en la misma posición: las manos cruzadas y el ceño fruncido, como si alguien la hubiese dejado ahí plantada. Ni bien me acercaba a saludarla, me reconocía por mis pasos y enseguida me decía: “-Al fin querida, alguien sensato. Por favor, abrí la ventana”. Lo único que podía ver era un gran verde. El jardín había sido consumido por una gigante enredadera. Una madreselva que crecía sin prisa y sin pausa sobre toda la extensión del patio. “-Ah si Clara pudiera ver cómo ha crecido su planta. Es una gran planta Bernardita. Decime vos que podes ver mejor sino. Yo, con solo oler su perfume, puedo saber que es una gran planta. Todos los meses siento su concentración, su intensidad. Y la extraño. Vos también la debes extrañar”.
 Teresa había sido amiga de la señora Clara desde que nos habíamos mudado a una de las casas vecinas. Vivíamos en la misma cuadra y si bien, Teresa le llevaba 20 años más, siempre habían tenido una gran amistad. Venía de visita a veces hasta dos veces al día, y por más de que estaba yo y tenía tiempo suficiente para limpiar, ella ordenaba, lavaba e incluso, le tomaba la lección a los hijos de la señora y los ayudaba con los deberes de lengua y matemática. Hacía todo lo que a la señora la tenía sin cuidado. Teresa sabía que a Clarita había cosas que era mejor no pedirle. Clara era un espíritu muy afectuoso pero de más volátil. Tenía un gran amor que era el patrón y otros amores más pequeños que eran sus hijos y su música. Y en la casa siempre reinaba el más absoluto y religioso caos. Todo lo contrario a la casa de doña Teresa que tenía 4 hijos ya mayores, uno más correcto que el otro. Y todo mérito suyo porque su marido había muerto de más joven en un accidente.