lunes, 15 de octubre de 2012

naive


La niña sube, 
escalón por escalón 
y en la cima 
del tobogán, contempla un mundo:
sus infinitas posibilidades
de ser 
ella 
un envión
deslizándose sobre la fibra
de vidrio recién a estrenar.

domingo, 7 de octubre de 2012

Al don Pirulero

Sostengo un corazón de piedra africana
sobre la palma de la mano.

(otros tantos corazones de piedra
dando tumbos en el corazón)

Improviso una payana
y hago equilibrio entre mis débiles espasmos motrices:
en eso consiste el juego
después de todo.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Trivial


La hornalla de mil margaritas enlatadas
se deshoja de repente, y los pétalos azules,
desaparecen como por arte de magia
en esta cocina domesticada.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Oniris

Soñé que pasaba algo
entre nosotros.

No me quedó claro si se trataba de un sueño
de realización de deseo
o de un sueño de angustia

miércoles, 4 de julio de 2012

Corazones de manzanas verdes

Eso sí que extraño.
Transitar la noche como sonámbula
abriendo puertas,
de pasillo en pasillo,
con una manzana verde
palpitante
entre los labios.

domingo, 24 de junio de 2012

Bailarina

La bailarina cansada de sus pasos
se confunde con su traje,
se enreda en el tutú de gasa blanca,
tropieza y cae

con las manos sobre el piso,
con las rodillas sobre el piso,
se asoma al error del abismo
o al abismo del error

recién abierta en el medio del parqué:
una grieta negra

mantiene los ojos bien cerrados,
los puños bien cerrados,
la boca hecha una tumba,
la cabeza gacha,
dejando ver un rodete altivo

mientras, el espejo se derrumba
en sus pedazos, hacia dentro

Volver a levantarse,
a pegar el espejo,
como todas la tardes,
soldando los tropiezos, las caídas,
a una imagen en movimiento
que en el reflejo se escapa.

Atrapar el error, remendarlo de ser posible,
como si se tratara de coser una pálida sombra
por demás irreverente,
a la planta de los pies.

lunes, 11 de junio de 2012

Casco de cristal

Estaba bajo el agua. No sé cómo respiraba, pero sí sé que estaba bajo el agua. Sentía el ir y venir de la corriente, sentía como me llevaba y me traía, me hamacaba. Poco a poco la luz se fue apagando. Como si entrara en un teatro para ciegos y la puerta se cerrara tras de mí. O como si alguien fuera sustrayendo toda la luz de una habitación con uno de esos desiluminadores mágicos. Sin embargo, a pesar de estar a oscuras y tener los párpados bien cerrados, podía ver mi piel cada vez más blanca, casi transparente; mi pelo cada vez más negro, flotando entre mi nariz, entrelazándose en las axilas, los brazos, la cintura, como si fueran unas cintas de seda envolviéndome suavemente. Podía sentir la piel erizada, los pezones hechos un punto duro en cada pecho: el frío del agua y el calor de mi pelo midiendo sus fuerzas opuestas sobre mi cuerpo.
Mientras flotaba escuchaba un leve rumor de cantos de sirenas extraviadas, allá en el fondo del océano. Pensaba en cómo serían esas sirenas, esas mujeres exóticas, llenas de una fuerza tan maldita como misteriosa. No podía distinguir qué era lo que esas voces cantaban, si era un canto de alegría, de pena, de enojo o de calma abisal. En cambio sí, distinguía una especie de llamado o de convocatoria abierta al mundo submarino, como si esas voces no fuesen actuales sino remotas, como si el tiempo y el espacio se hubiesen detenido en esas voces sisificas, perseverantes y ofuscadas. No decían nada o nada que yo pudiera distinguir a ciencia cierta. Sólo eran una reverberación, un eco, un murmullo que venía desde el abismo y se dirigía hacia otro abismo más desconocido aún, si es que eso era posible.
Yo estaba en el medio, dormida o despierta, estaba en el medio. Mi cuerpo se dejaba guiar por esas voces, yendo cada vez más abajo, más hondo: una pluma liviana gravitando en el agua. En determinado momento, aparecían un conjunto de medusas arrastrándose lánguidamente alrededor mío. Medusas negras y azules y rosas, extendiendo y contrayendo sus tentáculos pegajosos. Eran como ocho, nueve o quizá diez. Y me di cuenta ahí, que había llegado al fondo, un fondo cubierto de algas y corales fluorescentes.
Tuve miedo, miedo de despertar en el fondo del océano y ser yo una masa de materia transparente y gelatinosa. Miedo a haber perdido mis rasgos, mis ojos, mi boca, mi nariz, mis manos. Estaba ahí, suspendida, y esa capacidad o sensación de verme a pesar de tener los párpados bien cerrados, de un momento a otro, había desaparecido. Ahora solo podía ver las medusas: sus tentáculos, sus movimientos, de pronto de lo más siniestros y amenazantes, de pronto de lo más sutiles y encantadores.
Creí que estaba a punto de volverme loca. Sentí mi pequeño cráneo de cristal irradiando una energía ajena. Me sentí ajena, como si una pecera minúscula hubiese naufragado en el fondo del mar y todos los peces contenidos dentro, se hubiesen quedado estampados contra las paredes del vidrio frío, mirando hacia afuera con pavor. Exactamente eso, como si los peces dentro de mi cerebro se hubiesen agolpado contra las barandas de mi cráneo. ¿Qué había fuera del cráneo? No exagero si digo que fuera de mi cráneo estaba el universo. Los peces miraban atónitos el universo, como si no se lo creyeran del todo. Su universo. Como peces en el agua, de verdad.
Una medusa empezó a mutar de color azul a violeta a lila a turquesa, manchas pardas alrededor del cuerpo y así todas, primero una, luego otra, empezaron a mudarse sus colores y sus manchas, acompasando el ritmo de lo que parecía ser una respiración de agua, inhalando y expulsando, de arriba a abajo, al costado; inflando su cuerpo y extendiendo y contrayendo cada uno de sus tentáculos. Las algas también se movían, algunas noctilucas largaban un destello de luz, y los corales tomaban nuevas formas fusionándose con las sombras de las medusas. En medio de aquel espectáculo me pregunté cómo es que podía haber sombras en el océano más profundo y cómo habían llegado hasta allá abajo. Tal vez las sombras siempre estuvieron o tal vez, pensé, esas figuras negras se habían escapado del exterior y habían invadido mi sueño para oscurecer las fluorescencias, las luces y los brillos, para mostrarme que mi cráneo de cristal se estaba partiendo y que los peces, mis queridos pececitos amarillos y naranjas, iban a salir disparados dejando mi cráneo en el medio de un vacío estrepitoso.
Seguí así un tiempo más. Las medusas, cada vez más cercanas, empezaron a enrollarme con sus largos brazos, como si fuera una momia de tentáculos azules. Una momia de mar anestesiada entre tanta belleza. Quería dormir y que el veneno se ocupase de calmar mi mente inquieta. Abandonarme a ese mundo desconocido. Partir mi cráneo en dos y empezar a nadar yo también.
El canto de las sirenas se oía cada vez más fuerte. Ahora, parecían querer devorar la tranquilidad del mar. Anidada dentro de los tentáculos, como metida dentro de una caverna, ya no entendía si las voces provenían de afuera o de adentro, y eso en realidad poco importaba. De algún modo, esas voces eran las voces ancestrales de las mujeres que me precedieron. Las voces sofocadas, incapaces de articular palabras con sentido. Capaces de emitir sonidos sí, rugidos y melodías como si fueran un ovillo desenrollándose a través de las venas y arterias del cuerpo. Y pensé que tal vez el ADN, no era más que una melodía no descifrada. Un ritmo que uno baila pero no habla.
Volví a verme pero ahora yo estaba afuera. Es decir, volví a ver mi cuerpo enroscado en un frío nido azul, los labios morados, las cejas negras y el pelo oscuro flotando. El casco de cristal seguía tan intacto como transparente. Pero los peces ya no estaban. Volví a verme y no verme, como si lo único que hubiese quedado de mí, fuera ese manojo de pelo ondulándose rebelde como la cabellera de medusa aunque sin serpientes. Yo estaba fuera.
Eso fue lo que vi mientras soñaba.

viernes, 27 de enero de 2012

Magia blanca

1.


Estoy perdida en medio de un bosque de pinos. Las agujas molestan en los pies, voy descalza. Me dejo llevar por el olor que entra y sale. Entra por mi nariz, sale por nariz. Nunca aprendí a respirar como corresponde. Lo que corresponde es ajeno, es lo externo que no se ajusta a la medida de mi piel. A la medida de mis contornos.

2.


Está atardeciendo. Una tibia humedad flota en el ambiente, como si brotara del mismísimo centro de la tierra. Un poco de brisa suave por aquí, por allá, contrasta, eriza, despierta mis sentidos.

3.


Escucho pasos. Una vieja de pelo blanquísimo camina apoyándose en su bastón igualmente blanquísimo. Me reconozco en la vieja. Va derecha, caminando con calma, mirando como quien quiere ver. Tiene los ojos oscuros bien abiertos, cejas anchas, entrecortadas por el seño fruncido. Intento verla mejor. Lleva un vestido sencillo que se arrastra por la tierra. Pasa por mi costado sin siquiera notarme. Levanta un poco más la mirada, pareciendo ya saber de antemano, cuál es su camino. Yo permanezco hecha un nudo tenso.

4.


Quiero preguntarle a dónde va. Pero la voz no sale de mi garganta. Reconozco está situación: un déjà vu que se repite hasta el cansancio de mis letras. No puedo hablar. Me inquieto más.

5.


La vieja sigue caminando. Yo la sigo por detrás aunque ahora me cuesta respirar. Siento el aire brumoso que se me atasca en la cabeza. Como si en vez de recorrer su circuito habitual, el aire se fuera a la sien, inflando como un globo la frente y el cráneo. Quiero hablar pero mi boca sigue ofuscada.

6.


Camino lo que parece una eternidad. Ya se hizo de noche. De repente, la vieja se para. Escarba con su bastón algo en la tierra. Aparecen unas raíces brillantes, llenas de luz plateada. La luz me encandila y no puedo ver lo que sucede. Caigo. No puedo sostenerme sobre mis piernas gelatinosas. Algo chupa toda mi energía. Me abandono. Un sueño profundo me invade.

7.


Cuando despierto, veo a la vieja agachada al lado mío. Tiene las raíces en sus manos y me las está ofreciendo. La luz sigue siendo muy potente y tengo miedo. Miedo de que al agarrar las raíces me quemen las manos. La mujer me mira con insistencia y calma, parece confusa.

8.


Logro enderezarme y me siento en la posición de loto. No sé por qué hago eso, pero mis piernas reaccionan espontáneamente. Cierro los ojos y extiendo las manos como indicando que estoy dispuesta a sostener las raíces pero no dispuesta a ver mi dolor. No sucede nada. Vuelvo a abrir los ojos y la vieja sigue mirándome. Ahora, interrogativa. Sus manos, no puedo verlas. Están cubiertas por esa madeja de raíces.

9.


Quiero saber cuánto es el dolor de la luz. El dolor del fuego. Me acuerdo del mito y me acuerdo del hígado. E inmediatamente, siento una punzada en mi costado derecho. La miro y me hace un gesto afirmativo con la cabeza. Extiendo las manos, manteniendo los ojos abiertos, y me entrega las raíces. Al sostenerlas, siento una viscosidad fría entre los dedos. Algo se alerta adentro mío, pero a medida de que la savia se va colando entre los dedos y las muñecas, se torna más tibia, más pacífica. Como si estuviese recorriendo una ruta a través de mis brazos.

10.


La savia llega hasta las axilas y se detiene. Escucho un leve chillido asmático que sale del mismo centro de mis manos o también podría ser del mismo centro de las raíces. El chillido no aumenta ni disminuye su tono. Tampoco dice nada. Me pregunto si esas raíces no serán mis pulmones intentando respirar. Me cuesta inhalar el aire cada vez más pesado.

11.


Siento cosquillas en las manos y me doy cuenta de que las raíces se están extendiendo. Crecen hasta envolver mis muñecas, formando un nido. La belleza del nido es exquisita. A pesar de que ahora siento mucho calor en las manos, no puedo soltarlo.

12.


Algo empieza a moverse en el nido. Una masa de raíces se separa del resto. Raíces y ramitas entremezcladas se parten y reparten hasta formar un pequeño pájaro plateado. Beso el pájaro, las suaves plumas y luego el cráneo. Como si me respondiera a las palabras que no logro decir, abre sus alas. Me mira como si todo el conocimiento del mundo se evaporara. Esto. Una mirada animal, silvestre e inocente. Una mirada que acaricia. Siento ganas de llorar pero el pájaro me sigue mirando y me doy cuenta de que la vieja también.

13.


Esta vez soy yo la que hace un gesto afirmativo con la cabeza. Reverencial. Vuela el pájaro, batiendo las alas plateadas. Dejar ir. Soltar. La vieja me da una última mirada y desaparece. Como por arte de magia. Y creo en todo esto, en la magia del arte y en el arte de la magia.

14.



Las raíces van apagándose de a poco. Reduciéndose hasta formar una alianza de plata que coloco en mi dedo anular. Sigo caminando. Un norte transformándose a cada paso.